
Es fundamental revisar los pactos
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"La soledad es un drama cuando se padece y una suerte cuando se elige. El antídoto más corriente es la elección de un compañero: en ocasiones la existencia es más leve con un cómplice que en soledad. Así, la pareja es el dispositivo mínimo que los seres humanos emplean para construir su vida. Sin embargo, puede enfermar a los cónyuges."
Difícil la encrucijada que intenta desgranar el psicoanalista francés Alain Valtier en su libro La soledad en pareja (Ed. Paidós), al instalar a la pareja en la cornisa que oscila entre la salud y la enfermedad, que es otra forma de decir entre la libertad y la alienación.
Desde una mirada existencialista, Valtier predica que "la travesía -la vida- se efectúa siempre en solitario y el encuentro con un semejante puede aliviar el peso inherente a la gravedad de la existencia". El interrogante es cómo nace una pareja: ¿por la combinación de dos que se funden en uno o la suma de uno más uno?
"Durante la etapa inicial de enamoramiento, cada uno de los integrantes de la pareja cree ser todo para el otro; hay una sensación de completud. Pero esta relación inicial es ilusoria", introduce la licenciada Ana Martínez, de la Fundación Familias y Parejas.
Sin embargo, el mito de las mitades que se unen para formar la pareja ideal ejerce una poderosa seducción: "Hay parejas que funcionan a la manera de siameses: no discuten, tienen los mismos gustos y, aunque ejercen un enorme empobrecimiento de la identidad individual, son socialmente idealizadas", ejemplifica Silvia Rucker, psicoanalista de parejas y familia, también psicóloga del Centro de Salud Mental Nº 3 Doctor Ameghino.
"En el otro extremo, hay parejas que viven discriminadamente y no pueden construir un proyecto compartido por la fantasía terrorífica de perder la propia identidad", contrasta la psicóloga, e instala la posibilidad de la tercera posición: "La pareja sana, para la que predomina cierta cuota de complementariedad en tanto acepta que no existe la completud, porque hay cosas que se comparten y otras que son incompartibles".
Cada pareja teje una red de concesiones y prohibiciones que le permite negociar las diferencias, desacuerdos y disidencias para construir un proyecto. El tiempo imprime cambios y el desafío es transitar el ciclo vital pudiendo repactar con el otro.
Lo ideal es que el pacto no constriña, sino que incluya el máximo de libertad individual. "Es fundamental que el otro te acepte, acepte las diferencias y te reconozca en ese ser que vos querés ser. Gran parte de los conflictos y sufrimientos aparecen cuando el otro se empeña en querer cambiarte." Y la palabra es, en la concepción de ambas psicólogas, una herramienta privilegiada en el camino hacia los acuerdos compartidos.
"Para que haya diálogo hay que aceptar que el otro es otro y no tiene que pensar lo mismo para alcanzar entendimientos", dice Martínez. Y Rucker agrega: "La ilusión es creer que se adivina el pensamiento del otro, pero en ninguna pareja hay un solo psiquismo".






