
Desde el comportamiento de las células hasta el cine romántico, nuestros motores emocionales responden a sus rayos
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Hay unas horas, al comienzo del verano, en las que el sol golpea implacable contra el ventanal de abajo. Empieza por el centro y después se acomoda en un rincón donde inevitablemente también se instala alguno de nuestros tres gatos aunque sea verano. Es sabido que los gatos tienen un detector milimétrico de sol y podrán contornearse de manera tal de conseguir la mayor proporción de calor acariciándoles el lomo. Siempre me recuerdan a mi madre en los años setenta, boca abajo, libro en mano, migrando intermitentemente su lona buscando los últimos pedacitos de sol en nuestra casa de Olivos. Terminaba acomodada en un pequeño triángulo de pasto cerca de una palmera en el fondo del jardín. Cuando la devoraba la sombra se levantaba ágil como una bailarina, doblaba la lona, se colocaba sus anteojos como vincha y caminaba hacia adentro sacando algún yuyo por el camino como quien cumplió una tarea importante y se da por satisfecha.
Preocupada por el cuadro que cuelga justo en esa pared donde pega el sol y para disgusto del gato de turno, corro las cortinas de un tirón, siempre pensando que de alguna forma estoy arruinando esa hora dorada. En estos meses de invierno en los que el sol tiene un recorrido tan miserable y me despierto y regreso a casa en una noche casi cerrada, me encuentro extrañando ese rato durante el que toda la casa parece estar hecha de oro.
Somos criaturas moldeadas por la luz de una estrella. No es solo una metáfora poética; es una verdad biológica inscrita en nuestro ADN. El amanecer y el atardecer no son simples espectáculos visuales, sino los directores de orquesta de nuestra química interna.
Cuando los primeros rayos del sol rompen la línea del horizonte, el cielo se tiñe de un azul de longitud de onda corta. Nuestros ojos, incluso cerrados, la captan a través de unas células fotorreceptoras en la retina. Las células ganglionares fotosensibles no se encargan de “ver” el mundo, sino de medir el tiempo, y actúan como una suerte de interruptor del día: con esa luz azul envían una señal directa al núcleo supraquiasmático, el reloj maestro de nuestro cerebro, disparando una suerte de cascada química de reacciones. La orden es clara: frenar en seco la producción de melatonina (la hormona del descanso) y liberar cortisol, que al amanecer no es la hormona del estrés sino más bien el combustible que nos dice que estamos vivos y el mundo espera. Exponerse a la luz de la mañana parece ser el ancla más poderosa para sincronizar nuestro reloj biológico, mejorando el estado de ánimo, la agilidad mental y la energía durante todo el día.

A medida que el día avanza, el sol se inclina y la atmósfera filtra la luz, transformando el azul brillante en una paleta de fuegos dorados, tonos siena y violeta. Científicamente esto es la dispersión de Rayleigh, pero para nuestra biología es una canción de cuna visual que va preparando la tregua de nuestro cerebro. Las ondas azules van desapareciendo, dándole lugar a los tonos cálidos y ese bicho primario que aún nos habita interpreta que la jornada de caza y recolección va llegando a su fin y es seguro empezar a bajar la guardia. Esa ausencia de luz azul es la señal que estaba esperando para empezar a liberar melatonina en forma gradual, y mientras el cielo se oscurece el torrente sanguíneo se va inundado de esa química, preparándose para el viaje hacia el sueño.
Esas mañanas que dejo mi casa de noche, el amanecer me sorprende justo cuando estoy manejando más cerca del río. Mi defectuosa brújula interior no se rige por el Polo Norte magnético sino por la ubicación del Río de la Plata y por lo tanto el este. El río a mi izquierda deja el norte a mis espaldas y el oeste a mi derecha. Hacia el final de la Avenida Lugones el sol ya está subiendo. A simple vista, un amanecer y un atardecer podrían parecer la misma pintura: el mismo sol bajo en el horizonte, los mismos tonos cálidos perforando el cielo. Sin embargo, para la física de la atmósfera, la naturaleza y nuestros propios sentidos, son dos fenómenos completamente distintos. El amanecer llega tras silencio helado de la noche, filtrando su luz por un aire limpio, con un espectro de dorados transparentes y rosados pálidos, casi tímidos. El atardecer, en cambio, se topa con una atmósfera cansada y tibia, cargada del polvo, viento y el calor que se fue acumulando durante el día. Por eso el sol que se pone se despide ardiendo en un fuego denso de violetas, magentas y naranjas profundos.
El director de cine Richard Linklater retrató algo fundamental en su famosa trilogía Antes de: las grandes y pequeñísimas historias humanas que tienen lugar en ese espacio medio urgente que hay “antes del amanecer” o “antes del atardecer”. Los protagonistas Celine y Jesse, interpretados por Ethan Hawke y Julie Delpy, se conocen y enamoran en una noche en Antes del amanecer (1995). Se reencuentran nueve años más tarde y tienen un día de caminatas por Paris en Antes del atardecer (2004), en las que verán si eso que sintieron como veinteañeros sigue ahí, y volvemos a verlos una vez más en Antes de la medianoche (2013) para saber lo que pasó con ese amor. Soy casi contemporánea a los personajes, o dicho de otra forma: hemos envejecido a la par. Suelo preguntarme qué fue de ellos. Linklater parece no tener planes de contármelo. Mientras, manejo con el sol a mi izquierda ya alto en el horizonte. Estoy llegando tarde.



