
La música, la voz y la vibración pueden influir sobre la respiración, la atención, el sistema nervioso y distintas respuestas fisiológicas vinculadas con el bienestar
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Hay días en los que necesitamos silencio. Otros, una canción. Y a veces alcanza con tararear, cantar o sentir un mismo sonido para sentir que nuestro estado empieza a cambiar.
¿Qué hay detrás de esa experiencia? ¿Qué ocurre en nuestro cuerpo y nuestro cerebro cuando escuchamos, sentimos o producimos sonido?

La pregunta acompaña desde hace más de veinte años a Patri y Nico, creadores de Frecuencia Sonido. Dejaron Buenos Aires y Rosario y se instalaron con sus tres hijos en las sierras de San Luis, con la intención de alejarse del ritmo de la ciudad para acercarse al ritmo de la naturaleza. Llegaron prácticamente desde cero, construyeron su casa con sus propias manos y comenzaron a fabricar instrumentos de manera autodidacta.
Y ocurrió algo inesperado: dejaron de sentir tanta necesidad de escuchar música, pero apareció otra, hacerla.
En medio de la naturaleza comenzamos a experimentar la música de otra manera. No como algo que necesariamente había que estudiar o interpretar correctamente, sino como una forma espontánea de expresión humana.”
— Nico y Patri de Frecuencia Sonido
Haciendo música con sus propios instrumentos comenzaron a descubrir, a través de la experiencia directa, las posibilidades del sonido sobre su bienestar y el de quienes compartían esos encuentros.
Frente a una época de estimulación acústica casi permanente, también redescubrieron el valor del silencio. La naturaleza, dicen, fue su primera gran maestra: para aprender sobre el sonido, primero había que aprender a estar en silencio.
Con los años, aquellas experiencias empezaron a transformarse también en preguntas. Comenzaron a investigar sobre musicoterapia, sonoterapia, vibroacústica, meditación y neurociencias para comprender mejor aquello que primero habían experimentado intuitivamente.

Y descubrieron que no existe una única respuesta. El sonido puede influir por distintas vías:
- a través de la escucha
- la respiración
- la vibración corporal y la participación activa.
Por eso puede ser, al mismo tiempo, una experiencia auditiva, nerviosa, respiratoria, emocional y corporal. Estos fueron algunos de los aprendizajes que fueron incorporando.
El sonido puede modificar respuestas relacionadas con el estrés
Las primeras pistas no llegaron de un laboratorio, sino de lo que empezaban a observar alrededor suyo.
Personas que se acercaban a compartir experiencias sonoras con ellos se relajaban profundamente y, en talleres realizados en escuelas, chicos con dificultades para sostener la atención en clase, podían concentrarse dentro de la experiencia sonora y terminar más relajados.

Pero no siempre hacía falta un instrumento. La voz era otra puerta de entrada.
Sostener una vocal, tararear o cantar puede modificar el patrón respiratorio. En un estudio experimental, la vocalización prolongada llevó la respiración de los participantes a unas seis respiraciones por minuto.
Producir sonido con nuestra propia voz puede cambiar nuestra manera de respirar y, a través de ella, nuestro estado fisiológico.
El sonido no solamente se escucha: también se siente
Uno de los primeros instrumentos que fabricaron fue el didjeridoo. Su sonido grave y continuo no solamente se escuchaba: se sentía físicamente en el cuerpo.
Después comprendieron que la vibración puede estimular piel, músculos, fascia y otros receptores corporales conectados con el sistema nervioso.

En una investigación del Hospital Universitario de Regensburg, en Alemania, realizada con 34 participantes y cuencos apoyados sobre el cuerpo, se registraron cambios en la actividad eléctrica cerebral y en la frecuencia cardíaca, junto con una mayor percepción subjetiva de bienestar.
Con el tiempo apareció otra observación: no solo se relajaban. Mientras hacían música con sus propios instrumentos, Patri y Nico comenzaron a encontrarse espontáneamente en estados meditativos profundos. La continuidad, la repetición y la escucha podían convertirse por sí mismas en un punto estable para la atención.
Aquello que había comenzado como una experiencia intuitiva terminó convirtiéndose en una idea central de su trabajo: el sonido también puede ser una forma de permanecer en el presente.
Hacer música no es lo mismo que escucharla
Y había una diferencia que fue haciéndose cada vez más importante: escuchar no era lo mismo que hacer música.
Cuando cantamos o tocamos, además de escuchar, respiramos, coordinamos movimientos, prestamos atención, producimos un sonido y respondemos a él. Esa participación activa suma dimensiones que la escucha por sí sola no tiene.
Una investigación del Max Planck Institute for Human Development encontró que la respiración y la variabilidad de la frecuencia cardíaca se sincronizaban entre los integrantes del coro durante el canto, y que esa sincronización era mayor cuando cantaban al unísono.
La música compartida puede coordinar algo más que sonidos.
De aquellas preguntas a los instrumentos que hoy definen su trabajo
Más de veinte años después de aquellas primeras experiencias, buena parte de esa búsqueda terminó tomando forma en dos instrumentos centrales de Frecuencia Sonido: la tampura y el monocordio.
Ambos trabajan con sonidos continuos y ricos en armónicos, aunque desde dimensiones diferentes. La tampura genera un sonido pedal estable, característico de la tradición musical india, que permite permanecer dentro de un mismo campo sonoro.

El monocordio suma además la dimensión corporal: sus numerosas cuerdas producen una vibración que, al entrar en contacto con la persona, se escucha y se siente al mismo tiempo.
Hoy ambos condensan buena parte de aquel recorrido: sonido continuo, atención, meditación y vibración.
Seres musicales, no necesariamente músicos
Esa búsqueda también dio forma a una intención: desarrollar instrumentos que puedan ser utilizados por personas sin formación musical y les permitan experimentar su propia musicalidad de manera intuitiva.

Para Patri y Nico, el objetivo no es convertir a las personas en músicos, sino recuperar nuestra capacidad de ser seres musicales.
Hoy continúan viviendo y trabajando en las sierras de San Luis, fabricando artesanalmente instrumentos musicales holísticos y herramientas sonoras que viajan a distintos lugares de Argentina y del mundo. También realizan talleres, retiros y comparten investigaciones y experiencias sobre sonido, música, meditación y vibroacústica a través de web y sus redes donde se fue formando una gran comunidad.
Siguen creyendo que musicalizar nuestra existencia puede ser una forma de encontrarnos con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza y con aquello que nos trasciende.

