
Por el Dr. Miguel Falasco
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Sucedió una noche de invierno. En la calle no había un alma. El frío congelaba la sangre, cortaba la respiración. Todavía estaba atendiendo en mi consultorio. De repente, una llamada.
El marido de una señora de edad necesitaba que fuera a su domicilio pues su mujer tenía fiebre. Conduje por las calles oscuras hacia la dirección que me había dado y estacioné el coche en la zona más iluminada que encontré, debajo de un farol. Alrededor, la calle era una boca de lobo. Caminé un breve trecho hasta la puerta de entrada del domicilio donde ya me estaba aguardando el anciano marido.
La señora padecía un cuadro gripal severo. Nada más. Le indiqué unos remedios mientras el señor me convidaba un café, que acepté gustoso. Surgió una charla. Era inmigrante italiano, había llegado al país a los 5 años, pero ya nada recordaba de su patria. Ni siquiera recordaba el idioma. Había conocido a su mujer (hija de españoles) en un baile y habían tenido cuatro hijos varones. Una persona de lo más agradable, con una delicada fluidez de léxico. Era una de esas ocasiones en las que un médico de familia puede tender lazos con sus pacientes. Tomé un sorbo de café. Afuera, el viento soplaba.
Me despedí respetuosamente de la enferma y me retiré. Nos quedamos charlando con el esposo un rato en la vereda. Súbitamente, ambos lo notamos: mi automóvil se deslizaba lentamente calle abajo. Con los ojos abiertos como platos admiré, confundido, cómo se desplazaba...
¡Lo que son las situaciones límite! Las reacciones humanas son infinitas y la mayoría de las veces no corresponden a lo que uno se imagina que haría en semejante situación. Yo había quedado pasmado, en el medio de la calle, sin reaccionar. La única idea racional que se me había ocurido fue la de que todavía no había terminado de pagar las cuotas. De fondo y a lo lejos, escuchaba a mi compañero gritando palabras incomprensibles: "Ladri, ladri".
Lo vi correr calle abajo, tras el auto. Dos amigos de lo ajeno que esperaban hacer su trabajo con menos riesgo salieron huyendo. Entonces comprendí que la reacción había sido distinta para mi compañero. Las palabras extrañas no eran producto de mi mente confusa, sino las necesarias para designar a un ladrón en italiano. La lengua materna. En un instante increíble brotaron de sus labios las palabras aprendidas en su lejana infancia.
En los momentos de gran dramatismo, el inconsciente emerge. En el caso del anciano fue su lengua materna, que todavía residía en algún rincón de su memoria.
Se podrá ser el políglota perfecto, pero siempre existirá anclada esa primera experiencia de la comunicación humana que denominamos lengua materna, esa que siempre vuelve en nuestra desesperanza para socorrernos.





