
Desde los ventanales de su pequeño café, en Las Flores, Laura Aciar ve cambiar la cordillera todos los días. En las tardes de viento Zonda, cuenta, las montañas se vuelven rojas; de noche, alcanza con abrir la puerta de su casa para encontrarse con un cielo lleno de estrellas. En este rincón del departamento de Iglesia, en San Juan, encontró el lugar donde quería vivir y, después de trece años, abrió el café que había imaginado al llegar.
Hoy recibe a los viajeros con pastelería hecha con recetas de su abuela y una invitación: tomarse el tiempo para observar alrededor. “Que disfruten, que tomen aire, que miren la cordillera”, dice.
Esa invitación es la misma que ella recibió cuando llegó a este lugar luego de conocer a su marido y de haber vivido en Mendoza. Allí trabajó durante casi cinco años con Francis Mallmann. Empezó como moza eventual y fue sumando responsabilidades hasta ocuparse de la administración del restaurante; también trabajó en la posada que el chef estaba armando en Garzón, Uruguay. “Hoy Iglesia es mi lugar en el mundo”, explica.

Atelier Las Flores tiene apenas tres mesas y está sobre la RN 150, camino a Chile. Laura lo puso en marcha con una cafetera de filtro, una mesa prestada y las tazas de su casa. Es uno de los doce emprendimientos que integran la Ruta de Mujeres de Montaña, una propuesta de turismo sustentable que permite conocer Iglesia a través de sus anfitrionas, sus oficios y sus producciones.
Una ruta que se construye en comunidad
Mujeres de Montaña nació de una inquietud compartida: cómo organizarse para atraer más visitantes y fortalecer los negocios que cada una había puesto en marcha. Sus integrantes participaban de Mujeres en Red y son acompañadas por una ONG dedicada al turismo rural y sostenible.
Durante casi dos años, el proceso combinó talleres grupales y trabajo con cada emprendimiento. “Lo grupal se fortalece con los proyectos individuales”, explica Graciela Gallo, fundadora de la organización, que acompaña el desarrollo turístico rural en la Argentina desde hace más de veinte años. El objetivo es que las integrantes puedan gestionar la ruta de manera autónoma.
Para el visitante, el recorrido conecta propuestas gastronómicas, artesanales, productivas y de alojamiento. También permite combinar esos encuentros con caminatas, cabalgatas y otras salidas que las anfitrionas coordinan con prestadores de la zona. Según Gallo, sus propuestas funcionan durante todo el año y amplían las opciones turísticas del departamento. Aunque los proyectos están liderados por mujeres, también participan sus familias. “No hay desarrollo rural sin la familia rural”, sostiene.
Un pasaporte turístico suma una dimensión lúdica: los viajeros reúnen sellos en los distintos emprendimientos y acceden a beneficios. Además, es transferible: quien no llegue a completar el circuito puede entregárselo a otra persona para que continúe el recorrido.
Saberes que pasan de generación en generación
Las recetas que Laura recupera en su café tienen un hilo en común con los tejidos de Raquel Varela: ambas aprendieron de las mujeres de sus familias. En Rodeo, Raquel volvió al telar después de retirarse de la docencia y encontró una manera de dar continuidad a ese aprendizaje.

Tenía siete años cuando, durante la siesta sanjuanina, jugaba a ser artesana mientras los demás dormían. Su mamá le preguntó si quería aprender y comenzó a enseñarle: primero, las partes lisas de las colchas; después, los pequeños secretos para ajustar la trama. Al jubilarse, retomó los procedimientos de su madre y sus abuelas, se perfeccionó y buscó recuperar técnicas que también se habían practicado en Iglesia, pero que se habían perdido.
Trabaja principalmente con lana de oveja y obtiene colores de las plantas de la zona. En sus talleres, los visitantes pueden tocar las fibras y conocer cómo se transforma la materia prima en un tejido. “Para mí es seguir preservando parte de nuestra historia, nuestra cultura, los saberes que nos han dejado”, dice y cuenta que sus productos pueden encontrarse en las diferentes paradas de la ruta.

Nancy Muñoz también aprendió de chica, mirando y escuchando. Tenía siete u ocho años cuando observaba a su mamá preparar tabletas iglesianas mientras su abuela, que había perdido la vista en un accidente, le indicaba cómo hacer la masa y el dulce de alcayota. Lo que entonces se cocinaba para recibir a los familiares que llegaban de la ciudad se convirtió en una fuente de ingresos. Hace casi veinte años, Nancy inició Arco Iris, su propio emprendimiento.
La tableta iglesiana tiene dos tapas de masa dulce y puede llevar relleno de alcayota, membrillo o dulce de leche. Nancy participa de todo el proceso: siembra, cosecha, prepara los dulces y hornea las tapas en un horno de barro a leña.
Desde que integra la ruta, más viajeros llegan a su casa. Allí les muestra los cultivos de alcayota, los duraznos y el membrillo, y comparte la historia que acompaña a lo que elabora. Ver que una receta de su abuela y de su mamá llega a otras provincias e incluso a visitantes de Chile le produce orgullo y la impulsa a seguir creciendo. “Yo les digo a los turistas que vengan a visitar la ruta, que no se van a arrepentir. Porque se van a llevar un producto, un regalo, pero también se van a llevar una historia”, dice.

Vivir y trabajar en la montaña
En Rodeo, Lala García lleva adelante El Viejo Carretón, una apuesta que comenzó en 1999, cuando ella y su marido decidieron construir cabañas mientras se desarrollaba el dique Cuesta del Viento. Hoy el complejo ofrece también habitaciones y un comedor. Sus hijos se incorporaron con el tiempo: Valentino a la gastronomía y Pilar a la comunicación del proyecto.
Para Lala, la identidad común de las integrantes de la ruta nace de compartir la vida en ese entorno: “Vivir en la montaña, vivir en el campo al pie de la cordillera con toda la inmensidad que eso conlleva, con las cosas hermosísimas, pero también con el viento, con las inclemencias climáticas”, detalla.

También en Rodeo, Carla Meglioli está al frente de Finca El Martillo, que su padre inició hace treinta años al dejar su actividad en la ciudad de San Juan para instalarse en el campo. Los frutales dieron lugar a la elaboración de mermeladas; las colmenas, a la producción de miel; y el arroyo que bordea la propiedad, a un criadero de truchas. Con el tiempo se sumaron un espacio de venta y un restaurante donde este pescado y el concepto “de la huerta al plato” son los protagonistas. “Lo que nosotros pretendemos es cuidar y resaltar lo que cultivamos”, explica.
Hoy trabaja con sus tres hijos: una hija lleva las redes sociales, el mayor se ocupa del restaurante y el menor, de los animales y las pasturas. Antes de renovar el proyecto, les preguntó si querían seguir allí. La respuesta fue que sí. “Eso es lo mejor, hacerlo en familia”, dice. Para ella, esa continuidad también explica la identidad de la ruta: “Cada una vive en su emprendimiento y cada una lleva muchos años haciendo lo que hace”.
El recorrido se completa con los tejidos de Artesanías Mis Dos Estrellas; la gastronomía y panadería de Luly; el comedor de campo La Roca; las tabletas de Delicias Tita; las propuestas de mosaicismo, reciclado y diseño de Rincón de Sueños; los jabones artesanales de Gea Biocosmética y el servicio de remís de Maggui Durán. Distintos oficios y servicios que amplían las maneras de conocer Iglesia.
La conexión entre ellas también se sostiene en intercambios cotidianos. Carla cuenta que se recomiendan visitantes y se ayudan cuando alguna necesita algo: “Tenemos el apoyo permanente entre nosotras”. Esa cercanía permite que cada emprendimiento sea, además, una puerta hacia los demás. Para quien llega, el viaje puede empezar con un café y continuar en una finca, frente a un telar o escuchando la historia de una receta familiar.