
La Quebrada de Humahuaca, declarada patrimonio mundial de la Unesco con más de diez mil años de historia, invita a mucho más que contemplar sus paisajes y disfrutar de su buena gastronomía. Un grupo de familias originarias de la región formó una red de turismo rural y sostenible llamada Saberes de la Quebrada, que invita a vivir la experiencia desde adentro, con el conocimiento ancestral que atesoran. Las propuestas son variadas e incluyen desde trekkings y cabalgatas para descubrir petroglifos escondidos hasta la posibilidad de cocinar y degustar platos tradicionales, entre muchas otras actividades.
Haciendo base en Humahuaca, es posible armar un itinerario de al menos tres días para disfrutar de paisajes inolvidables y realizar muchas experiencias vivenciales.
Trekking y cerámica
Viajando desde Humahuaca 30 kilómetros al nordeste por la ruta provincial 14, se llega a Rodero, una de las comunidades más grandes de la Quebrada. “Somos unas 50 familias distribuidas en 9 parajes y nos sentimos omaguacas, como los habitantes preincaicos de la región”, cuenta con orgullo Diego Paredes, que comparte con su hermano Hugo el emprendimiento de cabalgatas Renaciendo Costumbres. Ellos estudiaban Ingeniería Mecánica y Arquitectura respectivamente en la Universidad Nacional de Tucumán, pero cuando su mamá se enfermó, volvieron y se reconectaron con el campo y los caballos.
“Hace seis años nos capacitamos con ingenieros y veterinarios del INTA y, después de la pandemia, empezamos a recibir a los turistas. Aunque la señal de internet es nula o poca, estamos organizados y ofrecemos las actividades en conjunto con los otros emprendedores de la comunidad”, explica Diego, el representante de Saberes de la Quebrada.
Por la mañana se realiza un trekking o una cabalgata para descubrir petroglifos prehispánicos e hispánicos a la vera del río Grande, un antiguo molino hidráulico y la vieja estación de tren. “Otra posibilidad es ir a caballo a ver las vacas que están pastando, las cambiamos de lugar, les ofrecemos bloques de sal para mantenerlas gordas y guapas, y les damos biberón a los terneros”, dice Diego. Y agrega que una de las imágenes que le tomó la fotógrafa Natalia Favre sobre el lomo de su caballo Lobuno fue elegida entre las cien mejores del año 2025 por National Geographic.
Al mediodía, el almuerzo regional se disfruta en Inti Wasy, donde Mariela Calapeña y su familia enseñan a preparar comidas con maíz, como humita, tamales, locros, picante de cordero o de mote (un maíz duro). Para la hora del té, se buscan y cortan hierbas de la zona como rica rica, mula mula, cedrón o menta, que despiden una deliciosa fragancia.
A la tarde se desarrolla el taller de cerámica Manos a la arcilla a cargo de Apolinar Yurquina, quien enseña cuáles fueron sus usos en la era incaica y en la actualidad, su preparación y su amasado, y cómo realizar una artesanía. Al finalizarla, los turistas la firman con su nombre.
Si la quieren conservar, Apolinar se las enviará por correo después de cocerlas en horno, pero también pueden elegir las obras del maestro o de otras personas como recuerdo. Para disfrutar de la noche repleta de estrellas, una opción tan tranquila como cómoda son las habitaciones de piedra y adobe con paneles solares de Inti Wasy, aunque también se puede regresar a Humahuaca.
Entre andenes de cultivos de piedras y adobe
Otra propuesta es recorrer 9 kilómetros al este por la RP 14 hasta la comunidad de Coctaca, que alberga uno de los mayores sistemas agrícolas prehispánicos de la región andina, colgados en las laderas de la sierra de Aparzo, entre 3150 y 3650 metros de altura. Los andenes de pirca con acequias y canales, donde se cultivaban calabazas, ajíes, porotos, papas y cereales, se recorren con el guía baqueano Sergio González, de Wayra Nort.
Después se sigue el camino hasta la comunidad de Ocumazo, ubicada en el Valle Escondido, cerca del río Grande, donde gracias a su fertilidad hay plantaciones de árboles de manzanas y duraznos con los que producen sidra, dulces y frutos disecados que pueden degustarse en la Finca La Ollada, de Trini Flores.
Para la tarde habrá varias opciones: la experiencia rural El conocimiento ancestral de la Nonita, donde Andrea Flores y su familia comparten las actividades agrícolas, el tostado del maíz, el molido del trigo o la preparación de dulces y sidra; y caminatas o cabalgatas guiadas por Paulino Flores, de La Bonanza, o Daniel Argamonte, de Rumi Marka. Antes de regresar a Humahuaca, lo ideal será merendar con dulces e infusiones de yuyos locales preparados por Palmira Martínez en la Casa de Té La Calandria.
Recorrido por sitios arqueológicos y visita a las abejas
A través de la RP 73 y caminos rurales panorámicos se pueden visitar las comunidades más alejadas de Humahuaca, como Hornocal, a 65 kilómetros y al pie de las serranías del mismo nombre. Después de recorrer los sitios arqueológicos que dan nombre al lugar guiados por Armando Liques, es hora de un rico almuerzo regional en Al Corazón del Hornocal, en la finca de doña Guadalupe, al pie del Cerro de los 14 colores. Por la tarde se puede caminar al mirador y el cañadón oculto o atravesar la quebrada hasta el pie de la serranía guiados por Fermín Zapana, donde las vistas son abrumadoras por su belleza, para finalmente visitar el apiario de Refugio del Inca, donde las abejas preparan la miel con las flores de la región.

Para completar la jornada, se puede dormir en los hospedajes Las Yaretas, en Cianzo (donde Laura Reinaga prepara deliciosas comidas regionales); Patria Grande, al pie de las Sierras de Zenta (al amanecer pueden recorrerse con Liberato Mendez), o Ronque Estancia, en Chorcán (por la mañana pueden compartirse tareas de ordeñe, pastoreo, siembra o cosecha).
“Estos emprendimientos forman parte de Saberes de la Quebrada y se adaptan a todas las familias, según cuán aventureras sean. Según la época del año, se pueden hacer los viajes en auto, por caminos de ripio habilitados si no llueve, o en transporte público, que tiene poca frecuencia”, asegura el bonaerense Pedro Cruz, un técnico universitario en turismo rural graduado en Agronomía de la UBA que dejó Azul para enamorarse de Humahuaca y acompañar a las comunidades aborígenes en este proyecto.