La toma de rehenes que paralizó al país: un fotógrafo con un arma en la cabeza y una maniobra relámpago que resolvió todo
Ocurrió el 14 de junio de 2000 y las imágenes se recuerdan hasta hoy; lo que empezó como robo escaló en una situación de tensión absoluta
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El país entero quedó suspendido en una imagen: un joven fotógrafo con la mirada fija, el cuerpo rígido y el caño de una pistola apoyado en la nuca. Del otro lado, un delincuente desencajado que gritaba, exigía y negociaba frente a cámaras de televisión que transmitían en vivo. No era ficción. Era el 14 de junio de 2000, y Argentina asistía, casi sin respirar, a una de las tomas de rehenes más impactantes de su historia reciente.
Todo había comenzado horas antes, como un episodio policial más. Cerca de las 11.30 de la mañana, tres delincuentes —Diego Walter “El Sucio” Guardo, José Luis Palacios y Jorge Luis Martínez— irrumpieron armados en la metalúrgica Carrocerías El Quinto, en Luján. El golpe fue rápido, casi improvisado: apenas 600 pesos, que en aquel contexto de convertibilidad equivalían a 600 dólares. Un botín exiguo para lo que vendría después.

La huida se dio en un Fiat Duna, a toda velocidad por la avenida Gaona, con varios patrulleros pisándoles los talones. La persecución se extendió por varios kilómetros y tuvo un primer quiebre cuando un patrullero chocó contra un árbol. Pero la presión no cedió. Un camión de Infantería retomó el seguimiento, y lo que había sido un escape se transformó en un intercambio de disparos.
En ese contexto caótico, uno de los asaltantes resultó herido y fue detenido. Los otros dos continuaron la fuga hasta que tomaron la colectora del Acceso Oeste y descendieron en el cruce con la ruta 28, en General Rodríguez. Allí, casi sin margen, irrumpieron en la estación de servicio EG3 y se refugiaron en el sector administrativo. El escenario cambió de inmediato. Ya no era un robo: era una toma de rehenes.
Adentro quedaron atrapados un empleado, un camionero y un albañil. Afuera, más de 100 efectivos de la Policía Bonaerense rodeaban la manzana. Entre ellos, el Grupo Halcón, la unidad táctica especializada, desplegada con uniforme de combate. Y también estaban los medios: cámaras, micrófonos, fotógrafos. Todo a escasos metros. Todo en vivo.
La tensión escaló cuando uno de los rehenes, el camionero, sufrió una descompensación cardíaca. Los captores accedieron a liberarlo, pero exigieron algo a cambio: chalecos antibala. En una escena que marcaría el desarrollo del caso, quien se encargó de acercarlos fue un joven fotógrafo del semanario local. Se llamaba Martín Filpo.
Así, lo que parecía un gesto circunstancial se convirtió en una trampa sin retorno.
—Vos te quedás acá —le dijo Guardo.
En segundos, Filpo pasó de cubrir la noticia a protagonizarla. El delincuente lo sujetó del cuello con la mano izquierda —cargada de pulseras de oro, reloj y una alianza— y apoyó la pistola en su nuca con la derecha. Así permanecería durante más de dos horas, expuesto a la vista de todos.

La escena, transmitida en directo por Crónica TV, capturó la atención de millones de personas. El rating televisivo se disparó. En cada hogar, la sensación era la misma: angustia, incertidumbre, miedo. La reciente masacre de Villa Ramallo –grave episodio político-policial que ocurrió el 17 de septiembre de 1999 con un intento de robo en la sucursal del Banco Nación- aún estaba fresca, y el temor a un desenlace trágico era inevitable.
Guardo, de apenas 23 años, se mostraba errático. Gritaba, amenazaba, disparaba al aire. Exigía un vehículo para escapar.
—¡Quiero ese Peugeot 306 marrón! ¡Tráiganmelo!—reclamaba.
También pedía garantías judiciales: un juez, un abogado. Mientras tanto, su cómplice negociaba por teléfono con los mediadores. La policía, por su parte, desplegaba una estrategia cautelosa. Francotiradores se ubicaban a unos 70 metros, listos para intervenir, pero la orden política era clara: evitar otra tragedia.
Desde Nueva York, el entonces gobernador bonaerense Carlos Ruckauf seguía minuto a minuto la situación. La consigna era que todos salieran con vida.
El tiempo corría. La tensión crecía.
—Hagan las cosas bien si no quieren que pase lo de Ramallo—lanzaba Guardo, en alusión directa al recuerdo que paralizaba al país.
Por momentos, su discurso oscilaba entre la amenaza y una extraña necesidad de justificar sus actos.
—No quiero matar a nadie, pero tampoco que me maten—decía, mientras pedía a los camarógrafos que registraran sus movimientos desde atrás.

El desenlace comenzó a gestarse casi sin que nadie lo advirtiera. Cerca de las 15.12, Guardo volvió a disparar al aire. Pero esa vez ocurrió algo distinto: la recámara de su pistola quedó abierta. Era una señal inequívoca. Se había quedado sin balas. El detalle no pasó desapercibido para los especialistas del Grupo Halcón. Entre ellos, un oficial infiltrado entre los periodistas, disfrazado de camarógrafo: Daniel Abaca. Lo que siguió ocurrió en cuestión de segundos.
Mientras Guardo, nervioso, miraba hacia atrás, descuidó el frente. Fue ese instante mínimo el que cambió todo. Abaca saltó por el ventanal y se abalanzó sobre él. Al mismo tiempo, otros efectivos irrumpieron tras romper una puerta de vidrio. Se escucharon disparos, gritos, corridas. Una bomba de gas estalló en el interior. Los rehenes se cubrían la cabeza. La escena era de caos absoluto.
—¡Tirá el arma!—gritaban los policías.
En pocos segundos, todo terminó. Contra los pronósticos, no hubo muertos. Los rehenes sobrevivieron. El país, que había contenido la respiración durante horas, finalmente exhaló.

Meses más tarde, la Justicia dictó sentencia. Guardo fue condenado a 13 años de prisión por una serie de delitos que incluyeron robo agravado, privación ilegítima de la libertad y coacción. Su cómplice recibió 15 años. Pero la historia no terminó allí.
En 2008, ya con el paso del tiempo, se produjo un reencuentro cargado de tensión: Guardo y Filpo volvieron a verse en un programa televisivo. El delincuente le pidió perdón. El fotógrafo fue contundente:
—Jamás podría aceptar tu perdón.
Para entonces, Filpo ya había dejado el periodismo. Aquella jornada lo había marcado para siempre.
Guardo recuperó la libertad el 23 de julio de 2010. Lejos de reinsertarse, volvió rápidamente al delito. Su nombre reapareció vinculado a hechos de extrema violencia, entre ellos el intento de robo a un camión blindado en Escobar, donde murieron dos policías. El final llegó menos de un año después.
En febrero de 2011, tras una persecución en el partido de Malvinas Argentinas, Guardo volvió a quedar acorralado. Escapó a pie, se parapetó, disparó contra la policía y, en un giro que parecía repetir su propia historia, tomó nuevamente un rehén. No hubo negociación posible. Recibió al menos tres disparos: en el mentón, en la axila y en el pecho. Murió en el lugar, rodeado de vainas servidas. Tenía 34 años.
Así se cerraba el recorrido de quien, una década antes, había mantenido en vilo a todo un país frente a una pantalla. La misma lógica que lo había llevado a aquel episodio —la violencia, la huida, el límite— terminó definiendo su propio destino.
La toma de rehenes de la estación EG3 quedó grabada en la memoria colectiva no solo por su dramatismo, sino por haber expuesto en tiempo real la fragilidad de una línea invisible: la que separa la vida de la muerte, la decisión del error, el control del caos. Todo, en apenas tres horas que parecieron eternas.
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