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El 28 de febrero de 2024, Thomas Eugene Creech estaba acostado y sujeto a una camilla dentro de la Institución de Máxima Seguridad de Idaho. Tenía 73 años y llevaba casi medio siglo preso. Del otro lado de las paredes, el Estado había preparado todo para aplicarle la inyección letal. Adentro, el procedimiento se demoraba por una razón mucho más elemental: el equipo encargado de la ejecución no conseguía encontrar una vena por donde introducir las drogas que debían matar al convicto.



