Acercan la salud y la educación a los aborígenes del Chaco
El trabajo de Unicef logró reducir 10 puntos la mortalidad infantil en la provincia
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CASTELLI, Chaco.- Pobreza, analfabetismo y desnutrición. Tres males que van de la mano y aquí arremeten contra la salud y la educación. En una localidad donde prima la población aborigen, las diferencias culturales no hacen más que aliarse con el hambre y la falta de trabajo para arrasar con las esperanzas. Pero hoy se trabaja para que no las sepulten.
Castelli tiene el sello que la pobreza extrema sabe imprimir: el 70 por ciento de los que viven en zonas rurales no alcanza a satisfacer las necesidades básicas, las tasas de mortalidad infantil superan el promedio nacional, los niveles de analfabetismo van más allá del 20% y miles de chicos desnutridos sólo conocen lo que es un plato de comida gracias a los comedores escolares.
Una gran mayoría es buena conocedora del hambre, pero ignora por completo lo que es la vivienda digna, el agua potable, la luz o el gas. Condiciones sanitarias que no son, para ellos, más que una expresión de deseo. Para hacerla realidad es que allí trabaja Unicef, con el apoyo financiero de Visa (que invitó a LA NACION a conocer el proyecto) y la colaboración del gobierno provincial.
Educación y acceso a la salud son los pilares de los programas que llevan adelante. Uno de sus grandes logros fue reducir la tasa de mortalidad infantil de 32 por 1000, en 1995, a 22 por 1000, en este año. Aún falta bajar cinco puntos para recién alcanzar el promedio nacional, de 17,5.
El idioma es uno de los principales escollos para salvar las diferencias culturales. En esta localidad de 30.000 habitantes, situada a 280 kilómetros de Resistencia, conviven criollos, gringos y aborígenes, en su mayoría tobas.
La falta de comprensión era, años atrás, una constante en la relación médico-paciente y uno de los motivos que mantenían a tobas y a wichis alejados de los centros de salud. Para paliar las diferencias, Unicef buscó trabajar sobre dos frentes: luchar contra el analfabetismo y preparar agentes sanitarios aborígenes, que acercaran a su gente a los hospitales.
Con el mismo código
Dalmacio Soreire, de 38 años, es uno de ellos. Vive en el barrio Curisi, una zona paupérrima en las afueras de Castelli, donde pueden verse casillas de barro que imitan los nidos de horneros, apenas un hueco para guarecerse de un sol cizañero. La tierra y el pasto reseco a más no poder evidencian la falta de lluvias, un bien que la naturaleza regatea por estos lares. De hecho, hace más de cuatro meses que aquí no cae una gota de agua.
Son estos caminos, en los que se levanta polvo a cada paso, los que recorre a diario Dalmacio. Es el encargado de ir casa por casa, revisar a chicos y a grandes y mandarlos al puesto sanitario. O de buscar a las embarazadas que no cumplen con sus controles prenatales. O de vacunar. Y de una serie de tareas imprescindibles para que no se pierda el contacto entre la comunidad y el sistema sanitario.
"Antes no había traductores, entonces era más difícil que fueran a un hospital. Pero yo hablo su idioma, conozco y comparto sus costumbres. Ellos me tienen confianza", aseguró.
No se busca avasallar la cultura aborigen, sino respetarla. Fortalecer los aspectos positivos y minimizar los negativos. El trabajo que han realizado con las comadronas es un claro ejemplo de ello. La tradición supo darles un papel preponderante en la comunidad: el de traer a sus chicos al mundo.
Nadie pretende ocupar ese lugar, pero sí garantizar que lo hagan en condiciones de higiene. "Las convencimos de que trajeran a las parturientas al hospital. Su tarea es valiosa y acompañan a la mujer en todo momento, pero cuando nace el bebe hay un médico que se asegura de que todo esté bien", dijo Gustavo Angulo, director de la Zona Sanitaria VI.
La educación desempeñó aquí un papel preponderante, ya que hubo que erradicar mandatos culturales que atentaban contra la salud: las comadronas, por ejemplo, tenían la idea de que ciertos alimentos, como el hígado, eran los causantes de enfermedades o malformaciones en los bebes.
El 30% de la población vive con menos de 20 pesos por mes por persona. La desnutrición se ha vuelto crónica y más del 60% de los menores de dos años sufría de anemia hace un año. "Logramos bajar ese porcentaje al 40%. Insistimos en la necesidad de una buena lactancia materna y en los controles de las embarazadas y los chicos para suministrar hierro, del que se compraron toneladas para abastecer a toda la provincia durante dos años", contó María del Cármen Morasso, responsable del área de nutrición de Unicef.
La manera en que el hambre y el analfabetismo están emparentados fue descripta en forma cruda por Noemí Bedogni, directora de la escuela EGB 802: "El niñito que tiene hambre viene triste y el 60% de nuestros chicos sólo come en nuestros comedores. A la noche toma un mate cocido y se va a dormir con la panza vacía. Es lógico que haya diferencias en el aprendizaje del que está bien alimentado y el que no".
No es extraño, entonces, que haya altos niveles de deserción escolar. "El 20% de la población de Castelli es analfabeta. Las escuelas son bilingües, porque muchos chicos vienen sólo sabiendo toba", aseguró Elena Duro, responsable del área de educación de Unicef.
La tradición nómade de los tobas se alimenta hoy de la necesidad de ir tras la cosecha. Muchos forman parte de una población golondrina que se mueve en busca de trabajo y no pocos chicos abandonan el colegio para acompañar a sus padres.
La falta de agua hace mella en la población y es más dramática en las zonas rurales. Bidones en mano, María Delgado, de 21 años y del barrio Curisi, camina cuadras y cuadras hasta llegar a una canilla, única proveedora de agua potable. A su lado va Dalmacio Soreire, dispuesto a no parar hasta que lleve a su hijo Alexis, de 2 años, al puesto sanitario de la zona.




