
Arminda no sabe de luchas políticas
En este pueblo, de 400 habitantes, desde hace diez años los partidos se turnan para gobernar
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ARMINDA, Santa Fe.- Mientras los principales candidatos políticos se desvelan en campañas por la sucesión de la presidencia del país, los encuestadores hacen sus acostumbrados sondeos y -en esta provincia- la gente habla de Reutemann y Usandizaga, existe un pueblo que no sabe de pujas, de muestreos, de compulsas ni, mucho menos, de la incertidumbre por saber quién manejará sus destinos a partir de diciembre próximo.
Así es porque en Arminda hace tiempo que todos se ponen de acuerdo antes de llegar a las urnas y, otra vez, ya saben de antemano quién será su futuro jefe. En este caso se tratará de Juan Selek, un agrimensor y productor agropecuario de 70 años que, como sus antecesores, no tuvo la necesidad de pintar paredes ni colgar pasacalles. Un hombre que, al igual que aquéllos, no necesitó de discursos, de promesas, de salir a caminar las calles para hablar con los vecinos ni de gastar un céntimo en proselitismo.
En Arminda, la remanida y dudosa afirmación de "pueblo chico, infierno grande" no tiene lugar, al menos en el terreno político.
Situada a 55 kilómetros al sudoeste de Rosario, Arminda cuenta con 400 habitantes dispersos en sólo siete manzanas, un club social y deportivo, una vieja estación de servicio, una capilla, una almacén, una sala de primero auxilios y la carnicería de El Pochi.
Primero, el pueblo
Por sus calles camina el jubilado Hugo Pigliapoco, de 67 años, el actual presidente de la comuna, quien además de ocuparse del pueblo todavía se dedica a algunas tareas rurales, que por estos lados tienen que ver con una buena producción de soja, maíz y trigo.
El fue uno de los hombres que en una mañana de hace diez años se planteó: "Este es un pueblo chico con demasiadas disputas. No puede ser, tenemos que tratar de unirnos". Muchos creyeron lo mismo y, así, justicialistas, radicales y demócratas progresistas conformaron una alianza que con el tiempo atrajo a los independientes y derivó en una comisión vecinal.
Más allá de los partidos, la gente apostó a su pueblo, los vecinos pujaron por el beneficio de Arminda y no por los colores políticos y personales, de manera que período tras período un integrante de cada partido se fue turnando por consenso en la sucesión de la jefatura comunal.
"La comisión vecinal la integramos doce hombres y mujeres, que acordamos una lista única. Normalmente gana por el 80 por ciento de los votos, ya que hay que tener en cuenta a la gente que a veces no puede sufragar o quienes lo hacen en blanco", cuenta Pigliapoco, quien explica que los tres principales cargos -presidente, vicepresidente y tesorero- son ocupados por un hombre de cada partido. "En el próximo período serán para un demócrata progresista (Juan Selek), un justicialista (Adriana Páez) y un radical (Julio César Corsalini), en ese orden."
El actual jefe recuerda el comienzo del sistema: "No tenía objeto que nos descalificáramos por un voto. Aquí nos conocíamos todos y, entonces, hubo un rápido consenso. Ahora, Arminda no tiene desocupación ni gente sin viviendas, porque el mandato representa al pueblo entero".
El único que cobra un viático de 325 pesos, para gastos de representación, es el titular de la comuna. Esta se encarga de administrar la electricidad y el agua potable, de disponer un colectivo para llevar a los alumnos secundarios a estudiar a un pueblo vecino y de mantener con diversas máquinas el estado de las calles y de 60 kilómetros de caminos de tierra que la circundan.
Los domingos, desde Villa Mugueta, viene el padre Ricardo a dar misa y todos los días, la médica Ana María Mozzi llega al pueblo para ocuparse del dispensario de salud.
Los más grandes se reúnen en el centro de jubilados y el resto, en el bar del club social, lugar que cada tanto convoca al pueblo para grandes asados, bailes y espectáculos folklóricos.
La estación del ferrocarril sólo asiste el paso de trenes cargueros, y sus dos típicos carteles en los que se lee Arminda recuerdan que hubo dos mujeres con ese nombre que, vaya a saber por cuál, se bautizó así al pueblo. O por la hija del fundador o por la señora de Ortiz, familia que todavía conserva 600 hectáreas en la zona: la estancia Los Eucaliptos.
No importa, aquí nadie discute si fue por una u otra de las damas, como desde hace tiempo tampoco lo hacen por la política.



