
La lucha contra la obesidad está repleta de espejismos. “Bajá de peso rápido y fácil” fue, tal vez, la promesa más incumplida de una larga lista de productos “milagrosos” que terminaron en decepción. Pero algo distinto puede estar ocurriendo. Más de un millón de personas comienzan cada semana un tratamiento con agonistas del receptor GLP-1, una familia de medicamentos desarrollada originalmente para la diabetes que luego demostró ser eficaz para reducir el peso corporal.
Según el Atlas 2025 de la Federación Mundial de la Obesidad, el 73% de los adultos argentinos presentan exceso de peso; de ellos, el 39% vive con obesidad. El informe proyecta que para 2030 más de 26 millones de personas en el país tendrán un índice de masa corporal elevado y que la obesidad severa podría casi triplicarse.
En paralelo, la red global de científicos NCD Risk Factor Collaboration realizó un estudio publicado por Nature en el que mostró que la epidemia global ya no avanza al mismo ritmo en todos los países, aunque América Latina sigue entre las regiones donde la curva continúa creciendo.
Los investigadores atribuyen estas diferencias a factores estructurales, como sistemas de salud y políticas de prevención más desarrollados en algunos países, frente a una rápida urbanización, mayor consumo de ultraprocesados y sedentarismo en otros. Por ahora, los autores señalan que el impacto de los nuevos fármacos sobre estas tendencias es difícil de medir. Sin embargo, las próximas estadísticas podrían ofrecer las primeras señales de un efecto poblacional, especialmente en aquellos sistemas de salud con mayor capacidad para financiar y sostener estos tratamientos. La pregunta inédita que se impone entonces es: ¿podrán estos medicamentos acorralar la obesidad?
En Europa, Francia registró una leve disminución de la obesidad en adultos en los últimos años, mientras que Alemania se estabilizó cerca del 24%. En América Latina ocurre lo contrario: las curvas siguen en ascenso en la Argentina y Brasil, entre otros países, con porcentajes por encima del 30%. En Asia, aunque las cifras continúan siendo más bajas, la tendencia también crece: China pasó de menos del 1% en 1980 a cerca del 9% en 2024.
Los hallazgos comenzaron mucho antes de que los nombres Ozempic, Wegovy o Mounjaro se volvieran omnipresentes. “Estos medicamentos tienen por lo menos tres décadas de investigación detrás”, explica Juliana Mociulsky, médica endocrinóloga, investigadora en ensayos clínicos y directora de la diplomatura en Obesidad de la Sociedad Argentina de Diabetes. El descubrimiento de las incretinas, hormonas intestinales que participan en la regulación del apetito y el metabolismo, abrió el camino para desarrollar fármacos como liraglutida y luego semaglutida y tirzepatida.
Así aparece uno de los conceptos más interesantes surgidos alrededor de estos medicamentos: el llamado food noise o “ruido alimentario”. Muchos pacientes describen una experiencia similar. No solo comen menos. También dejan de pensar constantemente en comida.
“Durante muchos años la obesidad se interpretó como un problema de voluntad. Hoy comprendemos que existe una alteración biológica en los sistemas que regulan el hambre, la saciedad y el metabolismo”, sostiene Mociulsky. En otras palabras, estos fármacos modifican los mecanismos fisiológicos que determinan el hambre y la recompensa.
Alejandro Andersson, director del Instituto de Neurología de Buenos Aires, cree que parte de la revolución de los GLP-1 ocurre en el cerebro. “Más que apagar el deseo, estos fármacos parecen modular circuitos vinculados a la recompensa, el craving [impulso difícil de controlar para consumir], la motivación y la conducta. No reemplazan la voluntad, pero reducen la presión biológica contra la que muchas personas con obesidad luchan todos los días", resume.
La novedad no radica solamente en su capacidad para reducir el apetito. A medida que se acumulan pacientes tratados en todo el mundo, se estima que son más de 16 millones de personas, siguen apareciendo efectos inesperados: menor riesgo cardiovascular, protección renal, posibles beneficios sobre ciertos tumores, cambios en circuitos cerebrales vinculados al deseo e incluso señales prometedoras en el campo de las adicciones.
Para algunos investigadores, los agonistas del receptor GLP-1 se están convirtiendo en uno de los mayores experimentos biológicos en tiempo real de la medicina moderna.
Límites y plazos de tratamiento
Pero esta historia no está escrita únicamente en clave de beneficios. Pueden aparecer efectos adversos gastrointestinales, como náuseas, vómitos, diarrea o constipación, aunque también persisten interrogantes sobre la recuperación de peso tras la suspensión y la pérdida de masa muscular. Para Mónica Katz, médica nutricionista, esta última preocupación suele sobredimensionarse: “Toda pérdida de peso implica pérdida de masa libre de grasa. Lo importante es que la reducción de grasa es muy superior”. Por eso, recomienda acompañar el tratamiento con ejercicio de fuerza y una adecuada ingesta de proteínas.
Respecto a efectos secundarios más complejos, fueron descriptos cuadros severos como pancreatitis, que durante años fue una de las principales preocupaciones en torno a los agonistas del receptor GLP-1. Sin embargo, las evidencias más recientes resultan tranquilizadoras. Un estudio realizado por investigadores de varias universidades estadounidenses, publicado en Cureus, analizó datos de casi un millón de personas con diabetes tipo 2 y no encontró un aumento del riesgo de pancreatitis aguda asociado a estos tratamientos. En la misma línea, una revisión de la Cleveland Clinic señala que múltiples metaanálisis y grandes ensayos clínicos no detectaron diferencias relevantes frente a placebo. Según los especialistas, muchos de los casos observados podrían explicarse por factores propios de la obesidad y la diabetes, como los triglicéridos elevados, la enfermedad biliar o la rápida pérdida de peso, más que por un efecto directo de los medicamentos.

Otra gran pregunta es cuánto tiempo deberán utilizarse estos tratamientos. Adolfo Vega, médico especialista en diabetología y obesidad y coordinador de la carrera de Medicina de la Fundación Barceló en La Rioja, considera que la obesidad es una enfermedad crónica y que, si bien no todas las personas tendrán que usar estos medicamentos de por vida, muchas probablemente necesiten estrategias prolongadas de mantenimiento, igual que ocurre con la hipertensión o la diabetes.
César Casavola, jefe de Nutrición y Soporte Nutricional del Hospital Alemán y presidente de la Sociedad Argentina de Médicos Nutricionistas (Samenut), tiene una mirada algo distinta. Considera que estos medicamentos pueden utilizarse para alcanzar objetivos concretos, consolidar hábitos y que luego hay que evaluar cómo seguir. Aunque señala que la recuperación de peso tras la suspensión es frecuente.
Desde la comisión de cirugía bariátrica y metabólica de la Asociación Argentina de Cirugía advierten que la irrupción de los GLP-1 no debería conducir a una mirada farmacocéntrica de la obesidad. Destacan que la llegada de estas drogas amplió de manera significativa las opciones terapéuticas, pero no desplazó a la cirugía en determinados pacientes. Personas con obesidad severa o con enfermedades asociadas, como diabetes tipo 2 o apnea del sueño, pueden seguir obteniendo mejores resultados con una intervención quirúrgica. “No existe una competencia entre tratamientos”, señalan, sino distintas herramientas que deben indicarse según las características de cada caso.
La nueva carrera y la barrera del precio
La competencia entre laboratorios aceleró todavía más la carrera científica. Ozempic y Wegovy son dos nombres comerciales, ambos de Novo Nordisk, para un mismo principio activo: la semaglutida.
Los estudios que respaldaron la aprobación de la semaglutida para el tratamiento contra la obesidad mostraron pérdidas de peso promedio cercanas al 15%. Sin embargo, nuevos análisis sugieren que en determinados grupos los resultados podrían ser aún mayores. Días atrás, durante el Congreso Europeo de Obesidad, Wegovy exhibió una pérdida de peso promedio del 22,6% en mujeres premenopáusicas con obesidad.
Posteriormente apareció la tirzepatida, también como medicamento inyectable de aplicación semanal, comercializado como Mounjaro y desarrollado por Eli Lilly. A diferencia de los primeros tratamientos, que imitaban la acción de una sola hormona intestinal (GLP-1), la tirzepatida actúa sobre dos señales biológicas al mismo tiempo: GLP-1 y GIP, hormonas que el organismo libera después de comer y que ayudan a controlar el apetito, mejorar la sensación de saciedad y regular el metabolismo.
Y la carrera está lejos de terminar. Cada vez con más frecuencia, compañías farmacéuticas presentan estudios sobre nuevas moléculas y formulaciones, desde comprimidos orales hasta inyecciones de aplicación mensual.

El entusiasmo científico convive con una barrera difícil de ignorar: el precio elevado de las inyecciones. En un mercado cada vez más competitivo, Novo Nordisk ofrece descuentos que permiten acceder a la dosis inicial de Wegovy por alrededor de $109.000, mientras que los tratamientos con tirzepatida oscilan entre $500.000 y $800.000 mensuales, según la dosis y la cobertura disponible. Aunque, al igual que Novo Nordisk, Mounjaro cuenta además con un programa de soporte al paciente que puede otorgar descuentos de hasta el 30%. A esto se suma la aparición de versiones locales de semaglutida.
La brecha económica queda en evidencia en las dispares posibilidades para acceder a estos tratamientos y también es un factor a atender a futuro en relación a la lucha contra la obesidad.
La pregunta ya no es solamente cuánto peso permiten perder estos medicamentos. La verdadera incógnita es si lograrán frenar una de las epidemias más importantes de las últimas décadas. Tal vez todavía sea demasiado pronto para hablar del fin de la obesidad. Pero para muchos investigadores sí parece claro que la medicina metabólica acaba de entrar en una nueva era.


