
Caso Schoklender: trágico precedente
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La referencia al caso de los hermanos Schoklender se volvió ayer inevitable cuando el asesinato del gerente de Techint y la orden de detención de sus dos hijos varones se hicieron públicos.
La crónica de ese crimen, en la que nunca faltaron los puntos oscuros, comenzó el domingo 31 de mayo de 1981, cuando los cuerpos del ingeniero Mauricio Schoklender y de su esposa, Cristina Silva, fueron encontrados salvajemente golpeados y estrangulados en el baúl de un Dodge Coronado.
Poco tiempo después, todo el país se estremeció cuando sus hijos Sergio (23) y Pablo (20) fueron acusados del doble crimen. A partir de entonces, las revelaciones sobre la turbia vida de la familia estuvieron a la orden del día: la adicción de la madre al alcohol y las drogas, sus insinuaciones sexuales a Pablo, la presunta homosexualidad del ingeniero y su vinculación con el tráfico de armas escandalizaron a la opinión pública.
En marzo de 1985, la jueza Marta Lopardo condenó a Sergio a prisión perpetua, pero absolvió a Pablo, quien quedó en libertad después de más de tres años en la cárcel.
Pero en 1988, la Corte Suprema revocó ese fallo y aplicó a Pablo idéntica pena que a su hermano mayor. No obstante, la captura sólo pudo concretarse seis años después. Durante todo ese tiempo, Pablo vivió en la clandestinidad, en Bolivia, hasta que en 1994 se reencontró con Sergio en la cárcel de Caseros.
Pero ciertas circunstancias que nunca fueron aclaradas alimentaron todo tipo de sospechas. El hallazgo de plancton en los pulmones de las víctimas, por ejemplo, aún tiñe de misterio a este horrendo crimen.
En sus años de reclusión, los hermanos Schoklender atrajeron nuevamente la atención pública al protagonizar huelgas de hambre en reclamo de mejoras para la población carcelaria y promover la fundación del primer centro de altos estudios carcelarios.
Tras obtener la libertad condicional, en noviembre de 1995, Sergio comenzó a trabajar junto a las Madres de Plaza de Mayo. Pablo todavía sigue preso en Caseros.
Hasta el día de hoy, los hermanos Schoklender jamás admitieron su culpabilidad. Y Sergio prometió que algún día contaría "su verdad".
Desconcierto en la casa de los abuelos
"No te puedo decir nada. Sólo estoy cuidando la casa mientras vuelve algún pariente", dijo, entrecortada, la voz femenina que atendió las llamadas realizadas ayer a Antonio Da Bouza, padre del gerente de Techint asesinado. Sólo se identificó como una amiga.
Durante la primera comunicación, lograda antes de la detención del hijo menor, la mujer explicó que el dueño de casa había dejado temprano el hogar.
-¿A qué hora lo podré encontrar?
-No tengo idea. Me quedé para recibir novedades, pero no sé nada todavía.
-¿Conoce el lugar donde velarán a Ramón?
-¡Nooo! Todavía el cuerpo está en la morgue; hasta que no lo entreguen...
-¿Usted lo trataba?
-Sí, claro. Soy amiga de la familia.
-¿Cómo está el hijo herido?
-Tampoco lo sé. ¿Por qué no te comunicás más tarde? Creo que a la nochecita va a venir un hermano de Ramón.
-¿Por quién pregunto?
-Disculpame, yo leo La Nación y respeto muchísimo al diario, pero no puedo informarte eso porque me dijeron que no diera datos.
El segundo contacto fue mucho más breve, después de la detención de Manuel Da Bouza. Respondió la misma mujer, presa de una crisis nerviosa.
-¿Hay alguien de la familia?
-No, no... te puedo... decir... nada. Voy a... anotar que llamaste -dijo, y colgó sin dar tiempo a otra pregunta.
Competencia y rivalidad
"Siempre existe un cierto grado de competencia y rivalidad entre padres e hijos, pero es muy extraño que esta situación llegue provocar por sí sola el odio extremo que supone un hecho como éste", aseguró a La Nación María Isabel Díaz, psicóloga y perito del Cuerpo Médico Forense.
De acuerdo con su experiencia, en las situaciones de extrema violencia contra los progenitores, es usual que previamente exista por parte de ellos abandono, desvalorización permanente y abuso de autoridad.
"Estas familias sufren generalmente una mezcla de valores y una actitud contradictoria de los padres, que hace que los chicos intenten cortar con ellos de cualquier manera", dijo.
Andrés Mega, psiquiatra y médico forense en causas penales, afirmó por su parte que "el resultado de una actuación criminal nunca es consecuencia de un único factor". Ciertas figuras paternas "resultan asfixiantes e impiden el crecimiento de los hijos. Pero a ello debe sumarse una personalidad con predisposición psicopatológica, que no encuentra otra salida que la de la eliminación física".
Integró el equipo de Sourrouille
Ramón Antonio Da Bouza fue el hombre clave en las negociaciones realizadas con el Banco Mundial durante la época en que Juan Vital Sourrouille era ministro de Economía de Raúl Alfonsín -a mediados de los años ochenta- y era difícil gestionar créditos para nuestro país.
Desde hace siete años, trabajaba como gerente de Análisis Financiero de Nuevos Proyectos de Techint SA, donde ganaba "alrededor de 5000 dólares mensuales más beneficios", según contó un ex empleado del grupo que ocupó un cargo similar.
Techint SA es una compañía del holding que encabeza Roberto Rocca, cuya principal actividad son las obras de ingeniería y construcciones.
Como su puesto actual lo indicaba, Da Bouza era un experto en el arte de planificar y analizar posibles negocios. Las grandes decisiones corrían por cuenta de ejecutivos de mayor rango del Grupo Techint, el conglomerado industrial más grande del país, con ventas de 5600 millones de dólares al año.
Por su condición de técnico, Da Bouza no era muy conocido en el ambiente industrial.
Por eso, ayer, en ninguno de los pisos del edificio situado en Alem 1067, un verdadero búnker de la industria (ocupan pisos la UIA, el INTI y el Grupo Techint, entre otras organizaciones fabriles) nadie especulaba con que su crimen estuviera conectado con cuestiones vinculadas con la organización.
Da Bouza comenzó a trabajar a los 19 años, cuando ingresó en Cordeu Benedit y Cía., una agencia de corredores de Bolsa. Así costeó sus estudios de Economía en la Universidad de Buenos Aires, de donde egresó en 1980.
Desde entonces, se desempeñó en la administración pública, siempre en cargos técnicos, donde su especialidad fue analizar y planificar proyectos. Peregrinó durante 15 años por distintos organismos públicos.
Estuvo en el Banco Interamericano de Desarrollo, en la Secretaría de Planificación de la Nación y fue director de Política Económica y Financiera Externa en el Ministerio de Economía de la Nación, cargo que dejó en 1990 para ingresar en la organización Techint.






