
Cecilia Roth: "La palabra juventud y todo lo que se genera a su alrededor se transformó en una marca"
Entrevista publicada el 10 de febrero de 2013
"No entiendo mucho qué es la madurez", reflexiona Cecilia Roth (56) de cara a los verdes que tiñen el jardín de la casa de verano que alquila en San Isidro. "Cuando era joven mi papá me decía que era muy inmadura. Y ya no tan joven, también. Inmadura –se detiene–, ¿qué quiere decir? ¿Que no tengo las respuestas definitivas? ¿Que tengo que seguir buscándolas? Ahora que lo pienso, en mi vida personal soy inmadura para muchas cosas, para otras no tanto. Algunas cosas aprendí, otras veces me han cascoteado, pero la vida tiene que ver con eso. Espero que la frescura y la sorpresa no se terminen. No quiero perder la curiosidad. Si la madurez es estar por encima de las pasiones, espero no madurar nunca."
El paso del tiempo y el envejecimiento son cosas distintas. "No creo en la idea de la madurez, pero no puedo negar que el paso de tiempo es real, es orgánico y hay que hacerse cargo de eso, no jodamos." Una risa pícara se le dispara de la boca. "El 100 por ciento de la gente envejece y también todos mueren. Obvio que duele, pero está bueno reflexionar por qué nos duele el paso del tiempo. ¿Por las miradas?"
–¿Qué miradas?
–La del hombre, que ya no es una mirada de deseo como hace veinte, diez, cinco años atrás. Esa mirada de deseo uno la imaginaba como la única que uno puede tener sobre alguien, porque uno necesitaba sentirlo así. Pero la forma de mirar se va modificando. La mirada de uno cambia y la de los otros también. Y con el paso del tiempo no sólo está el envejecimiento. Hoy se habla de juventud como un mérito y de madurez, por llamarlo de alguna manera, como un sinónimo de decrepitud generalizada. No hablamos de una arruga, sino que te sacan del sistema porque tu cabeza ya no da más. A mi entender la palabra juventud y todo lo que se genera a su alrededor se transformó en una marca. Puro marketing. Es un signo de los tiempos.
La vida está hecha de momentos y Cecilia intenta disfrutar de ellos, cada vez más. "Creo que tiene que ver con esto de hacerse mayor –y vuelve a soltar una de esas risas encadenadas que irrumpe en el exquisito equilibro de colores que viven en la casa–. Es por la conciencia de tiempo. Antes saltaba de un lado para otro y con el tiempo empezás a tomar más conciencia del milagro de estar vivo. Por eso prefiero decir que a los momentos no los aprovecho, los vivo. Ya sé, es un lugar común lo que estoy diciendo. Pero es un milagro y por eso me obligo a no dejarme llevar, me obligo a que no me ganen los malhumores. Intento controlar las neuras. Obvio que suceden, pero una los toma con más conciencia. Cuando una es joven es más difícil.
–¿Sobrevivir, de eso se trata?
–Tenía catorce, quince años, cuando tuve por primera vez contacto con la muerte de alguien joven y cercano. La hermana mayor de una amiga, de 17, 18 años. Era bellísima; la que salía, la que tenía novio, la que se vestía con lo más. Admiradísima por mí. Una noche, yendo a una disco con unos amigos, se mató en un accidente. Se mató, se murió. Ahí me di cuenta de lo "accidentable" de la vida. De tomar conciencia que uno no tiene el carnet de sobrevida. Esa muerte fue un shock. Está bueno recordar.
Un sorbo a la taza de té y el suave vaivén de las hojas de los sauces que se alzan como telón de fondo sirven para que se reconforte nuevamente. "Me empujó a ver la fragilidad de la vida –suelta un suspiro profundo–. Tiempo más tarde, sólo unos años después, empezaron a desaparecer chicos de 16, 17 años; y que esto pasara comenzó a tener cierto rasgo de normalidad. Mi generación fue arrasada por la dictadura, por las drogas y por el sida. Nuestras espaldas cargan con muchos muertos. Por eso uno ya tiene incorporada esa idea de que se muere el 100 por ciento de la gente y que uno está incluido."
Antes de llegar a Madrid, Roth conoció algunos de los secretos de la Paternal para luego instalarse en un departamento en Belgrano. Allí disfrutaba de sus amigos y de sus idas y venidas con su hermano, Ariel –músico, miembro de Los Rodríguez junto a Andrés Calamaro–. De las charlas con mamá, la cantante y pedagoga Dina Rot, y de las observaciones de papá, el periodista Abrasha Rotenberg, quien trabajó en el mítico diario La Opinión junto a Jacobo Timerman. Pero llegó el 76 y por precaución armaron las valijas y se marcharon a España, a esa tierra que se despertaba de la pesadilla franquista y donde Cecilia, cinco días después de su llegada, cumpliría los 18.
"La idea era irse por un año, sólo eso. Pero se prolongó. Agradezco no haber estado aquí en esa época tan siniestra, pero del otro lado se sufría el dolor del exilio. Una cosa es irte a vivir a otro lado por elección y otra porque no te queda otra."
Madrid fue para Cecilia un lugar de enorme crecimiento. "En ese entonces me quise rearmar española –reconoce–. Buenos Aires y Madrid estaban repletas de contrastes, como si una fuera en blanco y negro, y la otra estuviera cargada de color."
Fue en esa ciudad que despertaba, en esa España efervescente, que Cecilia pisó el acelerador y empezó a redescubrirse de todos los modos posibles, ya sea en las clases de teatro, en las fiestas, en los bares, en las insaciables búsquedas de la movida underground en la que se toparía con Pedro Almodóvar, con esas "largas noches madrileñas" cargadas de excesos y descontrol. Y también allí se enamoraría de un fotógrafo vasco, Gorka Duo, un guapo y doloroso tropezón.
De aquella época son también las películas, Las verdes praderas, de José Luis Garci, y De fresa, limón y menta, de Miguel Ángel Díez; y Arrebato, de Iván Zulueta, hoy un film de culto, una durísima historia que refleja el universo de muerte, drogas y amor de los jóvenes de entonces. "Fuimos una generación golpeada, de un lado y del otro lado del océano, y por razones diferentes."
Otro sorbo de té silencia el momento.
"Aún me siento muy española. Tengo un espíritu nómade –reconoce–. Parte de mi familia vive allá: mi hermano, mis sobrinos, mi cuñada. Soy argentina, pero Madrid y España son mi segundo lugar."
Con el exilio atrás quedó su militancia secundaria, en el Liceo Nº 1. "Me involucro con todo lo que pasa, pero de otra manera. Lo que sucede en España me sofoca, no lo puedo creer –dice con exacerbación–. El nivel de corrupción –sus brazos comienzan a moverse de un lado para otro, como si exorcizara la bronca–. España no está viviendo una crisis, está viviendo una estafa. Es un vergüenza, no pensé que iba a llegar a tanto."
Cuando habla de esta España resulta inevitable retrotraerse a la crisis que atravesó la Argentina en 2001. "Hemos pasado por tanto. La dictadura del 76, la década infame de los 90, la crisis de 2001. Hoy creo que estamos bien, que vamos bien y está bueno decirlo. Tenemos que tener conciencia que desde ese 2001 sólo pasaron 12 años y lo que atravesamos es enorme. Es un trabajo que hicimos como sociedad. Falta mucho. Un tema crucial es la inclusión. Todos tenemos los mismos derechos –dice en voz alta y con ironía–, pero algunos, no. La inclusión es para todos. Basta de hablar de las dos Argentinas. Éste es un momento que llama a la reflexión. Hay que hablar, pero desde otro lugar, no desde el enojo y la crispación, sino desde la participación."
–¿Desde un lugar partidario?
–No lo digo de forma partidaria. No existe ser apolítico, el ser humano es inherentemente político. Mi compromiso es con la realidad que me rodea, siempre fue así, tengo un compromiso como ciudadana y siempre lo ejercí desde mis trabajos, que son una forma de indagar [uno puede pensar en Un lugar en el mundo, Martín (Hache), Kamchatka o Mujeres que no callan]. El arte te permite tirar una piedrita en el agua, una piedrita que puede transformarse en una ola que podés ver o no. Yo tengo la necesidad de seguir tirando piedritas. Está en mí.
Fue en el verano de 1991, cuando Fito Páez y Cecilia se encontraron. Estaban en Punta del Este, en una fiesta de disfraces. Ella, vestida de deshollinadora; él, de músico de rock. Fito venía de una relación con Fabiana Cantilo. Ella, de ocho meses de casada con el empresario Gonzalo Gil. Una frase, sólo una, cambiaría sus vidas para siempre: "Nena ¿me servís vino?"
El amor de Fito y Cecilia se hizo disco, y no cualquiera. El amor después del amor, con 700.000 copias, se convirtió en el álbum más vendido de la historia del rock local. Siete años después, adoptaron a Martín (Rey sol está dedicado al pequeño) y se casaron. Ella protagonizó Vidas privadas, él la dirigió. En 2002 se separaron y Fito volvió a hacer canción ese triste adiós en "Naturaleza sangre", una declaración de amor marchito.
"Hay relaciones que se han perdido, diluido con el tiempo, pero con Fito, no. Las relaciones no son fáciles, todos somos neuróticos y tenemos impulsos para decir cosas que no deberíamos decir. Son muy frágiles las relaciones humanas. A Fito lo adoro. Nuestra relación como pareja no funcionó, pero sí funciona desde muchísimos lugares, como padres, como amigos, como hermanos. Como consejeros mutuos, como escuchas, como pilares. Hay que hacerle honor a esos encuentros, a esas relaciones, como la que tengo con Pedro [Almodóvar]. No siempre uno tiene la suerte de encontrarse con alguien que te va a marcar la vida, que va a dejar un sello, que va impregnar tus pensamientos, tu manera de ver."
Martín tiene 13 años. "Se me está haciendo difícil –se sincera Cecilia frente a la madre de otro adolescente–. Tengo en claro que se tiene que diferenciar, que tiene que marcar sus distancias. Me digo que esto no es personal, que no es conmigo, que en realidad no soy un horror ni mala ni tonta, que él necesita decírselo a alguien. Mi madre intenta consolarme con que yo era bravísima, que me encerraba en mí misma, que los ninguneaba, que me parecían unos imbéciles y que se los hacía ver –respira profundo y una carcajada fresca la sacude por completo–. Todos pasamos por esto, ahora es el turno de Martín y tengo que bancármelo, ponerme en otro lugar. Está creciendo, tengo que correrme, es inevitable. Intento tomármelo con humor. Es la ley de la vida."
Sobre todo, Roth quiere que su hijo sea feliz. "Por supuesto es necesario que atraviese el sufrimiento porque así es la vida, pero va a estar acompañado. Es importante que sepa que estás ahí."
–Ser madre empuja a crecer de golpe, a madurar.
–Madurar [de nuevo una carcajada]. Ser madre te hace volver atrás, hacia tu propia historia, y está buenísimo. No sé si la palabra es madurar; al contrario, creo que te empuja a que estés lúcido todo el tiempo, a estar consciente, rejuvenecida, en contacto con alguien muy joven que te pide una mirada diferente. Permanentemente te pide recambio, te lleva a seguir buscando cosas, a descubrir nuevos universos. De esa manera te involucrás, lo acompañás y no te quedás mirando todo de afuera. Obviamente las diferencias están. Cuando mi hijo me dice Mamá, vos no entendés nada, tiene razón.
–No entendés nada de tecnología?
–[Risas] Me llevo como puedo. No me gusta que me chupe mucho tiempo. No tengo Facebook ni Twitter porque no soporto la agresión, no es algo que pueda incorporar de manera natural. Prefiero quedarme con lo que la gente me devuelve en el teatro o lo que pasa en una sala de cine. La actuación es una elección, una necesidad, no tengo alternativa. Es algo que se me hace necesario –intenta explicar–. Y cuando decido hacerlo me entrego por completo. Puede salir bien o mal, pero la entrega es total. Asumo el compromiso de lo que se está narrando.
A ella los personajes no le tocan. "Los elijo, tengo la fortuna de poder hacerlo. Busco aquellos que me sorprendan, que me llenan de enigmas, que me permiten darlo todo, como el que estoy haciendo en el teatro", ejemplifica con referencia a Una relación pornográfica, la obra que interpreta en el Paseo La Plaza, con Darío Grandinetti. "Me encanta. Es un conjunto de preguntas sin responder. Javier [Daulte, el director] tiene la capacidad extraordinaria de dejarte en la parada que vos elijas."
No es la primera vez que se topa con esta obra del escritor belga Philippe Blasband, llevada al cine en 1999 y protagonizada por Sergi López y Nathalie Baye. Una pieza que realmente deseaba protagonizar. "La película me había encantado", reconoce Roth, que por esas cosas de la vida en el festival de la Academia de Cine Europeo compitió con Baye por el galardón como mejor actriz. "Lo gané yo [por Todo sobre mi madre], pero la película y la actuación de Nathalie me habían parecido fascinantes."
La cara de Cecilia se ilumina por completo cuando habla de él, de aquel muchachito inquieto, lleno de ideas que trabajaba como empleado en la telefónica. Cecilia se descontractura, se libera, rejuvenece cada vez que se refiere a Pedro. "Es parte de mi familia. Lo amo, lo amo –no se cansa de repetir–. Lo amo. Lo nuestro es una hermandad, es mucho más. Tenemos una relación de añooos [hace que las oes sean eternas]. Lo admiro."
El lazo con Pedro comenzó en Pepi, Lucy y Bom y otras chicas del montón, allí era la protagonista de la campaña publicitaria de bragas Ponte, una participación corta pero inolvidable. "Recuerdo aquella época, esos años de plenitud donde lo aprovechabas todo y hasta te dabas el lujo de perder el tiempo, porque si hay un momento para perderlo es ése."
Después llegaron Laberinto de pasiones (1982), Entre tinieblas (1983), ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984) y Todo sobre mi madre (1999), una película bisagra en su vida. No solo ganó el Goya a la actriz principal y acompañó a Almodóvar a los Oscar, donde recibió el premio a la mejor película extranjera, sino que el deseo de ser madre se hizo tan real que con Fito decidieron adoptar a Martín.
Con los años la relación con Almodóvar se fue fortaleciendo y hoy no duda en afirmar que "le diría que sí a cualquier guión" que Pedro le ofreciera. Así llegó Los amantes pasajeros. "Fue maravilloso, impactante y de un día para otro", reconoce.
Todo lo que sucede, sucede por una razón, dice una frase que a Cecilia le gusta repetir.
"Tantos años –pone una pausa casi obligada y aclara–. Soy muy poco melancólica, nostálgica. Tengo tendencia a hacerlo, pero intento correrme, porque vengo de familia de rusos melancólicos y la verdad es que no quiero sumergirme en ese estado. Prefiero pensar que, siempre, lo mejor está por pasar. Ya sé que es un lugar común, pero siempre lo mejor está por pasar."
Bio
Profesión: Actriz
Edad: 56 años
Hija de Abrasha Rotenberg (escritor y periodista, trabajó con Jacobo Timerman) y de la cantante Dina Rot, es una de las grandes actrices de su generación. Además de sus seis trabajos en films de Almodóvar (Todo sobre mi madre), fue aplaudida por crítica y público por sus trabajos en el cine (Un lugar en el mundo) y la televisión (Trátame bien).
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