
Como cabalgar en el paraíso, pero en Cariló
Montar un caballo manso y ensayar el papel de vaquero por dunas y bosques es otra opción en esta playa lindera a Pinamar
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CARILO.- La idea madre es la playa. Arena, mar y sol es el conglomerado alrededor del que giran las vacaciones de no menos de 150.000 argentinos en este 2003, que arde de turistas. La playa manda, sí, pero no es lo único.
La sobredemanda turística desarrolló la industria del ocio. Si variantes hacían falta, pues ahora variantes se ofrecen. Para hacer algo de ejercicio, por ejemplo, en este paraíso boscoso situado a no más de 20 minutos de Pinamar pulieron las ofertas de cabalgatas. El paseo deja inevitablemente agotado al aventurero de turno, pero resulta una atracción tan entretenida como para, al menos, obligar al más inexperto a hacer la prueba.
Máximo ocio, riesgo mínimo
Dos horas y media es la excursión máxima que dura un paseo por los bosques y las playas de Cariló o Pinamar.
La experiencia advierte que cabalgar puede resultar duro. Peligroso, incluso, si la montura cae en manos de un novato. Excusas, en definitiva. No hay por aquí matungo que se resista a las peripecias de un jinete con ganas de divertirse en vacaciones. Con paseos en manos de profesionales y equinos adiestrados para lidiar con inexpertos, el riesgo, en verdad, es mínimo.
"El otro día vino una mujer de 70 años; quería que le enseñáramos a montar. Decía que se aburría porque en su familia todos sabían andar a caballo, menos ella. Lo dudamos un poco, pero al final decidimos que valía la pena subirla a un caballo. No te imaginás cómo se divirtió la señora", contó Marta Acosta, que es, junto con Patricia San Felice, una de las expertas de P&M, escuela ecuestre que, con la de la Estancia Dos Montes, funciona en el Hípico Cariló. Acosta también organiza los paseos y las cabalgatas que resultan una delicia en las tardes.
La cita, como cada día, es a las 19 (las clases para aprender a montar o a saltar se ofrecen por las mañanas). Con el sol ya sereno y un paisaje de fábula, la excursión de "no más de 12 personas, para ofrecer mejor atención y cuidado", arranca entre medio de inmensos árboles. De movida parece sencillito. Casi una bobada. Qué va...
Los médanos comienzan a complicar una tarea que se presentaba fácil. El equino, más vago que manso, amaga con tropezarse. Peligro inminente. No, nada. Hace equilibrio y todo vuelve a la imagen del principio.
El entorno favorece. No hay ruidos molestos (ni autos, ni 4x4, ni motos, ni mucho menos ómnibus) ni mugre en el ambiente que impidan generar la idea de que éstas, sí, son unas vacaciones soñadas.
-¿Puedo galopar? -insiste uno.
La instructora lo estudia. Sabe que el chico conoce. Lo deja.
-Como quieras.
Lo siguen de cerca, de todas maneras, mientras el resto trata de dominar al paso al maula que le tocó en suerte.
El tramo por el bosque, sin embargo, no atrae tanto por las corridas eventuales, sino por el subibaja natural que se forma entre los médanos. Las subidas y bajadas obligan a mantener el equilibrio y a sostener el nivel de concentración para no pasar papelones en los segmentos más empinados, que son unos cuantos.
Cada tanto, al caballo se le da por comer, además. Se frena, estira el cogote y muerde hojas de los árboles, mientras el resto del grupo avanza y se aleja. "Eso depende de cada jinete. Uno tiene que imponerse y no dejar que el caballo haga lo que quiere", desafía Acosta. Qué fácil...
La verdad es que si no fuera porque los organizadores están siempre cerca y ayudan, la experiencia de domar al equino aún no hubiera terminado.
La cuestión es que, tras algunas deliberaciones con el propio animal, a éste se le ocurre que ya es hora de unirse al resto de la excursión. "No hay que preocuparse. Los caballos están entrenados. Nunca se van a perder", tranquiliza la instructora.
Luego de una hora de dunas, árboles y algunos desacuerdos entre los montados expertos y los veraneantes inexpertos -obviamente, para los entendidos estos dilemas no existen-, el grupo llega a la playa. Ancha como pocas. Con mar de un lado y montañas de arena del otro. Aquí sí que hay espacio y ganas para galopar.
Los que saben se adelantan. Amazonas y jinetes arrancan fuerte para un lado. Después para el otro. Juegan en la orilla. Los demás miran o tratan de insinuar un trotecito tibio que, aunque a los del galope les parezca exagerado, resulta tan adrenalínico como las bajadas de los médanos.
De lejos, el sol ya casi ni se ve. Pinta el horizonte de naranja mientras empieza a hacer frío. Aunque alguno pretenda resistirse, la única manera de combatir el clima es con un poco más de adrenalina. Otra vez al trote o al galope, entonces.
Después de esquivar a las pocas 4x4 y a las parejas atrapadas por el romanticismo que aún permanecían en la playa, la cabalgata ingresa en la ciudad. Unos minutos después regresa al punto de partida. El cuerpo pide un descanso urgente. Le duele todo. Pero no importa. Nadie le quitará el placer de una excursión fascinante, en el medio de un paraíso.
Cómo, cuándo y dónde
Cabalgata extensa: son 30 pesos por una cabalgata de dos horas y media, por el bosque y la playa, en Cariló; lo mismo cuesta 20 pesos en Pinamar. No es necesario saber montar.
Cabalgata normal: cobran 15 pesos por la excursión de una hora, sólo por el bosque de Cariló.
Los grupos: las excursiones sobre una montura no llevan más de una docena de intrépidos, para ofrecer mejor atención.
Lugar de partida: en Cariló, salen del Club Hípico local, en Zorzal y Cedro.
En Pinamar, el punto de reunión es el Palenque El Amanecer, sobre Shaw pasando el golf.
Las clases regulares: para aprender a montar o a saltar, el curso cuesta $ 150, se dicta por la mañana y consta de cinco clases. Se dicta en Cariló.
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