
Con su carisma, el Dalai Lama logró desbordar un teatro
Gran interés: ayer, el público colmó las butacas del Gran Rex para escuchar su conferencia sobre felicidad y paz.
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El carisma, la voz profunda y la risa fácil del mítico Dalai Lama, líder político y religioso del Tíbet, que vive en el exilio desde que los chinos ocuparon su tierra hace medio siglo, lograron el milagro de llenar el teatro Gran Rex en plena mañana.
Ante varios cientos de personas, este monje de 63 años explicó durante más de una hora cómo lograr la felicidad y la paz en un mundo convulsionado, y comenzó así a despedirse de la Argentina, país que hoy abandona con rumbo a Chile.
Minutos antes de la conferencia, el ex secretario de Culto Angel Centeno lo presentó recordando su anterior visita a la Argentina, en 1992, y lo comparó con Juan Pablo II y Chiara Lubich, por su trabajo en favor del diálogo entre culturas.
Calidez con el público
"Antes de empezar a hablar, tengo que ver a quién estoy dirigiendo mis palabras", dijo entre risas el lama (maestro, en tibetano), tratando de vislumbrar los miles de rostros entre las luces de los reflectores.
El Dalai se dirigió al público con la calidez y las inflexiones de voz de un abuelo que relata un cuento a sus nietos, casi dibujando sus palabras con las manos. "He pasado por muchas experiencias dolorosas, y cuando miro atrás me doy cuenta de que la paz mental fue la que me dio la confianza y la alegría necesarias para enfrentar los problemas", señaló. Una gran pantalla, a su izquierda, reproducía su imagen.
Envuelto en su manto ocre y bordó, aseguró que la felicidad no es la ausencia del sufrimiento, porque el dolor es propio de la naturaleza humana. "Pero hay gran cantidad de problemas que nos creamos nosotros mismos y que podemos reducir", dijo el maestro budista.
El Dalai explicó que, cuando la persona se concentra mucho en sí misma, hasta el más pequeño problema se le hace difícil de afrontar. "Si uno piensa más en el bienestar de los otros, entonces los problemas propios se hacen llevaderos", dijo.
Las barreras mentales
También se refirió a las "barreras mentales", como el odio y la sospecha, que entorpecen el diálogo con el otro. "Si uno las tiene, dondequiera que vaya conseguirá enemigos y quedará finalmente solo."
La solución, aseguró, está en el diálogo honesto, en el que una parte comprende también los problemas del otro y finalmente llega a un compromiso con su prójimo. "Yo lo llamo el desarme interior", dijo.
Agregó que "en la escuela debería existir la materia de diálogo y compromiso con el otro , para que luego transmitan esa actitud a sus padres. La paz en el mundo no depende de los gobernantes, sino de la paz interior de cada individuo".
A la salida, Lancaiji, de 60 años ("chino y marxista", como él mismo se definió), y su esposa, Yang, de 55, contaron a La Nación que fueron al teatro para escuchar al líder tibetano con aire crítico.
"Vinimos para ver qué dice. Pero el Tíbet no es un país, como él predica, sino una región autónoma de la República Popular China -aseguró Lancaiji -. Ahora está mucho mejor que en 1949, cuando sus habitantes todavía eran esclavos del Dalai Lama. Decir que los chinos los invadimos es una calumnia."
Pablo Pinkowski, un salteño de 27 años, valoró que, más allá de las religiones, el Dalai predica el retorno a los valores humanos.
Maysie O´Farrell, estudiante de psicología de 21 años, confesó: "Me interesa él, como persona, su simpleza y la naturalidad con que se ríe".
Con acento inglés, dos abuelos de Olivos, Ernest y Charlotte Parsons, intentaron acercarse al Dalai Lama con una biografía del líder, para que se la firmara, después de haber seguido con interés su vida durante más de 30 años.
Hoy, a las 8.30, el Dalai Lama se despedirá de la Argentina en el teatro Gran Rex (Corrientes 857), con una conferencia sobre "Sabiduría y compasión, la esencia de la enseñanza de Buda".




