
Conmemoraron la hazaña de San Martín
Un centenar de estudiantes de distintos puntos del país recorrió los 180 km que separan Mendoza del Cristo Redentor
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A lomo de mula y con un coraje a prueba del frío y de las alturas, un centenar de jóvenes cruzó la cordillera de los Andes para rendir homenaje al general José de San Martín y a su Ejército Libertador.
Durante siete fatigosos días, la columna principal recorrió 180 kilómetros de valles y quebradas y cruzó a Chile a través del paso de Uspallata, el mismo que utilizó la división del general Juan Gregorio de Las Heras en 1817. Simultáneamente, una patrulla de tan sólo cuatro intrépidos realizó el cruce por el paso de Los Patos, por donde San Martín atravesó con el grueso de sus tropas.
Los expedicionarios, provenientes de las ciudades de Santa Fe, Corrientes, Formosa y Buenos Aires, se reunieron el 18 de este mes en la estancia La Canota, situada a pocos kilómetros de la ciudad de Mendoza, convocados por la Asociación Sanmartiniana Cuna de la Bandera.
Luego de recibir un veloz adiestramiento sobre cómo ensillar las mulas, partieron a hacer una breve cabalgata para acostumbrarse. Pero no fue suficiente para habituarse a los dolores de espalda y asentaderas que los acompañarían durante todo el cruce.
Al otro día, luego de desayunar, llegó el momento de poner a prueba lo aprendido sobre las mulas. El resultado fue previsible: aproximadamente dos horas llevó que los jinetes pudieran arreglárselas con la cabezada, la cincha, el pretal, la baticola, la matra, la sobrematra y otros tantos elementos que forman parte de la montura.
Sin duda, el momento más difícil de toda la operación fue la colocación de la baticola, una cinta de cuero que debe pasar por debajo de la cola de la mula para evitar que la montura se deslice hacia adelante al descender una pendiente. La dificultad se extremaba debido a los dichos acerca de las mulas que corrían por la expedición.
Es sabido que estos animales, a diferencia de los caballos, tienen mal carácter y la capacidad de patear hacia adelante si alguien los molesta. Sólo los audaces fueron capaces de poner la baticola; la mayoría decidió pedir ayuda a los baqueanos e ir intentándolo poco a poco en el transcurso de la marcha.
El primer día transcurrió con un sol agobiante que acompañó al grupo rumbo a Aguas de la Cueva. El objetivo, para muchos, fue ganarse la amistad de la mula. Para ello, algunos apelaron a recursos como hablarles, cantarles canciones o abstenerse de comer el postre para dárselo a su cabalgadura. Como hizo este enviado de La Nación .
Las mulas tienen un andar cansino que, según muchos expedicionarios, resulta muy doloroso para el jinete inexperto. Sin embargo, este tipo de ganado fue utilizado por San Martín debido a su mejor desempeño en la montaña.
Al llegar a Aguas de la Cueva, aproximadamente a las 19, los expedicionarios advirtieron que un nuevo desafío se cernía ante ellos: pasarían la noche a la intemperie. Las bajas temperaturas y los vientos helados que soplaron esa noche no fueron impedimento para disfrutar del inmenso cielo estrellado, tan cercano allí, en la precordillera.
Al otro día, el trayecto fue en descenso, rumbo al valle de Uspallata. Allí, todo el pueblo salió a la calle, emocionado, a recibir al grupo. Uno de los expedicionarios más aplaudidos y admirados por la gente fue Hugo, un ciego valiente e infatigable que decidió unirse al cruce luego de escuchar hablar a uno de los integrantes de la asociación sanmartiniana por la radio. "Estábamos en mi casa escuchando la radio con mi mamá y ella me dijo: ¿por qué no vas?"; eso solo bastó para que emprendiera el viaje".
Esa noche y todo el día siguiente el grupo descansó en el Regimiento de Infantería de Montaña 16, donde recuperó fuerzas para enfrentar la gran muralla que se erguía sobre el Oeste: la cordillera de los Andes.
Guiso, vino y fogón
El día 22, la expedición partió rumbo al casi extinto pueblo de Polvareda. Después de 12 agotadoras horas de marcha, los jóvenes llegaron a la vieja estación de tren, donde pasaron la noche. Para combatir el frío y la fatiga, marchó la insuperable receta de todas las noches: guiso, vino y fogón.
Al despertar, la tensión y el nerviosismo ganaban a todos: ese día debían atravesar uno de los desfiladeros más peligrosos del cruce: el paramillo de Vacas. Sobre la ladera de una montaña se extendía un angosto paso de mula. A la derecha, una pared de piedra, y a la izquierda, el precipicio; entre ellos, sólo 50 centímetros para que pasaran las mulas.
"¡No miren para abajo!", gritaban los baqueanos. "Aflojen la rienda y que la mula haga lo que quiera. No se va a suicidar", era el consejo que daban, pero con cada paso las palpitaciones de los expedicionarios y de las mulas se aceleraban. Las caras petrificadas de los asustados jinetes sólo se distendieron cuando salvaron el desfiladero.
El último día fue, sin duda, el más emotivo, pues tras seis horas de marcha se llegó al Cristo Redentor, situado a más de 4200 m sobre el nivel del mar.
Apenas llegaron, las lágrimas de alegría brotaban de los expedicionarios, que se abrazaron con las pocas fuerzas que les quedaban.
Ni el frío ni el cansancio impidieron que los jóvenes festejaran haber cumplido, por fin, el sueño de imitar al Padre de la Patria.




