Coronavirus. Un crudo relato en primera persona: "Mis dos tíos se murieron y parece un chiste de mal gusto"

"Darío y Susy los queremos": así se llama hoy el grupo de WhatsApp familiar
"Darío y Susy los queremos": así se llama hoy el grupo de WhatsApp familiar
Sebastián Gurvitsch
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29 de abril de 2020  • 07:39

"Estoy muy preocupada por Darío, hace cuatro días que no come y se escapó al lavadero". Mi mamá me mandó ese mensaje el 25 de marzo. Fue el inicio de una película de terror. De una historia que solo pensaba que podía ver en una de esas de cine catástrofe que tanto me gustan. Darío era mi tío. El segundo de seis hermanos. Un personaje con espíritu rebelde y anarquista, a quien no le gustaban las reglas ni soportaba el encierro. Darío, sería el que días después, junto a su mujer, mi tía, engrosaría la cifra de muertos por coronavirus en la Argentina.

Somos una familia muy unida pese a no vernos muy seguido. Algunos dicen que nos movemos como un clan. Mi hermana, su marido y sus hijos viven en Barcelona. Otro de mis tíos y su nene viven en Israel. Estamos en contacto todos los días. Y que ellos estén de ese lado del mapa nos trajo noticias sobre el Covid-19 un poco antes que los medios. La situación en España es dramática y nunca la subestimamos. Siempre fuimos conscientes del peligro de romper la cuarentena, sabíamos que había que tomarlo en serio, pero también sabíamos que permanecer encerrados tampoco iba a ser fácil.

Un día, mi mamá me llamó y con la excusa de preguntarme cómo estaba me contó asustada que Darío tenía algo. Era coronavirus. Pero hasta ese momento no teníamos mucha información. Lo único que sabíamos es que había estado dos o tres días deprimido en la casa, que se sentía asfixiado, que estaba sin comer y un poco deshidratado y que había salido dos veces, ambas a su negocio. Él tenía un lavadero de ropa a unas 30 cuadras de su casa. Una vez fue en taxi y otra, en colectivo. La última, no volvió. Mi tía Susana se preocupó y llamó a mi prima, que vive a dos cuadras del local. Ella salió a buscarlo, le tocó el timbre, golpeó la puerta, lo llamó, pero Darío no abrió. Llamaron a la policía, así pudieron abrir y lo encontraron en una silla semidesvanecido.

Una ambulancia trasladó a Darío al Sanatorio Los Arcos. Su hija -mi prima- no pudo ir con él. De ahí en adelante empezó una secuencia que uno imagina lejana cuando otro la cuenta: nadie podía visitar a mi tío. Él estaba en terapia intensiva, así que tampoco podíamos comunicarnos por teléfono. No sabíamos si lo íbamos a volver a ver. Las únicas noticias que teníamos de él eran las de los partes médicos, que eran muy escuetos. Mi prima, mi tía y la mamá de mi tía, que vivía con ellos, debían controlarse la temperatura todos los días y prestar atención a la aparición de síntomas. Susana, mi tía, los tuvo. Se contagió, pero entró caminando al Sanatorio Agote y no necesitó, en un principio, asistencia respiratoria.

Mientras tanto, el resto de la familia se unió en un grupo de Whatsapp al que denominamos "Darío te queremos". Ahí compartíamos anécdotas e intercambiábamos información. Debatíamos qué política era mejor y nos unía la esperanza de pensar que mi tío se iba a recuperar y que en unos meses nos íbamos a reír de esto en un asado, o en una fiesta de disfraces, como a la que fue vestido de pirata. Sin embargo, las noticias que llegaban no eran buenas: tenía líquido en los pulmones, había que darlo vuelta cada doce horas y no mejoraba. No podía respirar solo y estaba intubado. Pero había algo que los médicos subrayaban, una idea vaga de ilusión a la que todos nos abrazamos: "No mejora, pero tampoco empeora", nos decían. Y de esa mitad de oración es de la que nos agarrábamos para seguir creyendo.

El escenario era oscuro. "Está mal, está mal, está mal", nos decían una y otra vez. Pasaban los días y no mejoraba, pero nosotros nos aferrábamos a la idea de que después del transcurso del tiempo el virus se iba a ir y él se iba a recuperar. Eso no pasó. El 6 de abril, alrededor de las 11.30, se nos fue. Fueron once días de lucha. Esa misma tarde, mi tía se descompensó de golpe y pasó a terapia intermedia. Ella supo que su marido había fallecido. Cuando se lo dijeron no reaccionó, pero con el transcurso de las horas su cuadro le pasó facturas. Empeoró cada vez más, pasó a terapia intensiva, tuvo fallas en algunos órganos, necesitó oxígeno, transfusiones, le hicieron una traqueotomía. Nada alcanzó, el sábado 25 su cuerpo dijo basta. En dos semanas, dos personas buenas, llenas de amor, que nunca hicieron mal a nadie, fueron víctimas de este virus agresivo como pocos.

Es difícil describir la tristeza y el enojo. Cuando se lo conté a algunos amigos pensaron que les estaba haciendo un chiste. Parece eso, un chiste, pero de mal gusto. Dos años atrás murió mi papá, fue otra sorpresa, también algo inesperado y tampoco pude despedirlo, pero de alguna manera fue diferente. Llegué un día más tarde al entierro, pero pude abrazar a mi hermana y a mi tío. Acá no. Y es lo que más quisiéramos: abrazarnos, besarnos y estar juntos.

Cuando internan a un ser querido con Covid-19 quizás nunca más lo veas
Sebastián Gurvitsch

Todo eso se reemplaza con las pocas herramientas digitales que tenemos. El grupo de Whatsapp, que ahora se llama "Darío y Susy los queremos", funciona como una suerte de Muro de los Lamentos. Ahí lloramos, compartimos fotos, anécdotas, videos y hasta algún meme. El nombre que lleva es lo más parecido al mensaje que se le dedica en las placas a quienes ya no están y los abrazos son por videollamada. Muy kafkiano todo.

En el medio del dolor se cuela algún reclamo: ¿por qué salió?, ¿por qué no respetó la cuarentena?, pero el encierro es difícil y nadie puede recriminarle eso. Cuento esta historia con el deseo de que pueda servirle a alguien, de que ayude a tomar conciencia. Quedarse en casa es, por ahora, la única certeza que tenemos para combatir a este enemigo invisible. Es el único camino que nos acerca a poder abrazar a esas personas que tanto extrañamos. Es lo que nos puede evitar que la última imagen que nos quede de nuestro familiar sea en una ambulancia. Cuando internan a un ser querido con Covid-19 quizás nunca más lo veas.

Me parece raro, macabro, ver todos los días en la televisión ese gráfico de tres columnas en el que muestran cantidad de infectados, recuperados y fallecidos. Al día de hoy son menos de 200 muertos y cuatro mil infectados en un país de más de 40 millones de personas. Y dos, son mis tíos.

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