Coronavirus en la Argentina. "Es muy bravo esto": El padre enfermero y la hija médica que pelean juntos contra el virus

Padre e hija: Daniel Maneiro, de 57 años, es enfermero y encargado de la Unidad Coronaria Central en el SAME; Agustina tiene 28, es médica y desde hace un año se desenvuelve en el Sistema de Atención Médica de Emergencias
Padre e hija: Daniel Maneiro, de 57 años, es enfermero y encargado de la Unidad Coronaria Central en el SAME; Agustina tiene 28, es médica y desde hace un año se desenvuelve en el Sistema de Atención Médica de Emergencias Crédito: Gentileza
Ariel Ruya
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29 de julio de 2020  • 10:25

Daniel Maneiro tiene 57 años, nació en Uruguay, se siente "más porteño que el Obelisco", es enfermero y encargado de la Unidad Coronaria Central en el SAME, en donde está desde hace 15 años. Se desempeña en este noble oficio desde 1986. Agustina Maneiro tiene 28, es médica egresada de la UBA y desde hace un año se desenvuelve en el Sistema de Atención Médica de Emergencias. Fue jugadora de voleibol del seleccionado de la UBA y ahora se distiende, cuando puede, con la pelota número 5. No se anotó en los exámenes de residencia, porque no le dan los tiempos. Quería estudiar medicina legal: la decisión quedó en suspenso.

Daniel se levanta 6.15, saca a los perros Teo y Bella para que hagan sus necesidades en el parque de su casa de Vicente López, desayuna un vaso de agua y pasa a buscar a Agustina, su hija, por el departamento al que acaba de mudarse en Belgrano. Van juntos rumbo a la sede de Parque Patricios. El hombre se concentra en los pacientes críticos, los que suelen tener un respirador: los que no pueden esperar un minuto más. Es el encargado de un grupo de valientes. La mujer visita geriátricos, hace hisopados en barrios vulnerables. Y ahora, se encarga de los casos sospechosos. Atiende varios mostradores. Cada uno gobierna su propia trinchera. Los Maneiro son una familia que combate al coronavirus en la línea de largada.

"Es un orgullo. Trabajé muchos años en la terapia intensiva. La sumé, cuando recién se recibió, y al parecer, le pegó esta pasión -cuenta Daniel y se ríe-. Le pude transmitir mi vocación de servicio. Somos los únicos que somos familia de sangre. Aunque, en realidad, el SAME es una familia. Trabajamos con felicidad, no tenemos miedo, solo precaución. Por eso elegimos este trabajo. Empezamos juntos en la Unidad Coronaria. El orgullo lo llevo por dentro, no lo puedo expresar. Yo la trato como si fuera una médica más, a veces la trato de usted. Imaginate. Hay que tener respeto por el otro: mi hija es una compañera de trabajo".

Intenta que esa lágrima contenida se mantenga allí, sin escaparse. Hicieron varios traslados juntos en el primer tramo de la cuarentena. En realidad, comparten todo: hasta River, su otra pasión.

La doctora, a veces, suele sonrojarse. "El primer día de la pandemia mi papá estaba de guardia y entonces fuimos juntos a trabajar, además del conductor de la ambulancia. Es difícil separar las cosas, trato de que lo familiar no influya en lo laboral. Somos compañeros de trabajo, profesionales. Siempre nos joden los demás, yo soy la nena, su hija; al principio de todo esto yo era la hija de... y era así. Ahora, ya me conocen. Trato de no llevar el trabajo a casa. A veces está bueno hablar de ciertas cosas puntuales, porque lo necesitás, pero si no, después, hay que distraerse con otras cosas. Aparte, está mi mamá", cuenta Agustina, que está esperando los muebles de su nuevo hogar.

"Le pude transmitir mi vocación de servicio", dice Daniel sobre su hija
"Le pude transmitir mi vocación de servicio", dice Daniel sobre su hija Crédito: Gentileza

Adriana, la madre, una docente jubilada, de vez en cuando levanta la voz a la hora de la cena. "Mi señora a veces nos dice a la noche: 'de estas cosas no hablen en la mesa'. Pero ya se acostumbró. Se adaptó. Era profesora de sordos y de ciegos, fonoaudióloga, está en la rama. Tenemos códigos; ahora hablamos poco, solo con mirarnos ya sabemos qué tenemos que hacer. Mi otra hija [Lucía] hace tres años que ya no vive con nosotros y estudia el profesorado de bioquímica, anda cerca", cuenta el hombre, que estuvo en el rescate de las grandes tragedias de nuestro tiempo. Los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA, Cromañón, Iron Mountain, la tragedia de Once.

"Esto es distinto a todo. En esos instantes, actuamos directamente sobre las víctimas, en cambio el Covid es un enemigo invisible, te podés contagiar en cualquier momento. Eso es lo lamentable: no tenemos armas para combatirlo. Es muy bravo esto", sostiene.

-¿Se protegen con una coraza imaginaria?

-Hay que ser frío. Si vivimos algo duro, lo charlamos unas horas después. Hay que hacer catarsis. Sobre todo, si metimos la mata, porque no sale todo perfecto. Esto es vocación pura, si no, no podés trabajar. Yo tengo que decidir en segundos, ser compinche del médico, extremar las precauciones.

-Un paso mal dado y.

-. cometés el mínimo error y te contagiás. Hay cosas que ya no se pueden hacer con respecto a un paciente, ahora hay que tomar muchos recaudos. Trabajo hace muchos años: antes poniéndote los guantes, bastaba. Hoy, en un choque, lo primero que tenés que hacer es ponerle un barbijo y unos guantes al paciente, porque no sabés a quién vas a atender. Hay que tener mucha precaución.

-¿Qué se siente estar tan cerca de la muerte, en todo momento?

-Lo más doloroso es cuando sabés qué pasa, porque por tu experiencia ya sabés que es muy difícil que salga y tenés que separar a un infectado de su familia. Hay que pensar en el otro. Es posible que esa familia no lo pueda ver más. Es posible que luego de unos días, reciban el llamado para que vayan a recibir el cuerpo. Eso es lo más doloroso. Tenemos un grupo de psicólogos que nos contienen, hacemos terapia de grupo.

Agustina se saca, por un instante, el armazón. "Uno puede tener miedo, es normal. Y si lo hablo en casa, en familia, es mucho mejor. La contención es todo. Me acabo de mudar, necesitaba estar sola, tener mi espacio, pero nuestra relación es más fuerte que nunca. Nos vemos todos los días. Los amigos me mandan mensajes de fuerza. Pero nosotros no somos héroes, estudié esto porque quería aportarle algo a la sociedad, ayudar a los demás, a los que más lo necesitan. Pero no me considero superior a nadie. Estos momentos hacen que la gente sienta que sos importante, aunque hubo otras veces que la gente nos decía de todo; puede pasar. Pero es lindo el cariño. Yo me expongo, porque no muchos quieren salir, pero no estoy exenta de contagiarme. Nos gusta ayudar a la gente", describe la médica, que se levanta a las 6.30 y espera el llamado de su padre.

Desde las 8, está en un grupo de hisopados. La cuarentena tuvo varias capas. Primero, anduvo con los repatriados en los hoteles. Más tarde, en geriátricos. Ahora, anda en ambulancia con pacientes con sospecha o ya infectados de Covid-19. Ya no hace las guardias en el Hospital Pirovano por precaución.

"Antes de la pandemia hacía auxilios de código rojo, los que tienen urgencia de vida, como choques, incendios, paro cardiorrespiratorios, dificultades de ese estilo. Ahora hay que tener mucho cuidado con la bioseguridad. Antes de ponerse los guantes, hay que sumar barbijos (los N95), una máscara facial, unas antiparras, el traje blanco con el que parecemos astronautas, arriba va un camisolín, botas. Una suma de cosas que no pueden fallar. Al principio te sentís inseguro, pero te vas acostumbrando. Cuando llegás a casa, es una descarga emotiva", cuenta Agustina.

Según su padre "tomó una experiencia en este tiempo como si hubiesen sido diez años". El hombre es un experto en el diagnóstico certero: "Todos los médicos crecieron como profesionales y como personas con esta pandemia".

La vida, en estos días, no solo se divide entre infectados y sanos. Hay que aprender a escuchar, a abrazarse sin siquiera rozarse. "Nos pasa que nos llaman por urgencias porque hay mucha gente que dice que no puede respirar y resulta que tuvieron una crisis de angustia, entonces llegás y lo que tenés que hacer es charlar. Los pacientes son personas. Y tengo que aprender a tratarlas, y tratarlas bien, escucharlas. Hay situaciones que no son muy lindas de vivir, te tocan, te pegan. Son fundamentales los compañeros y la familia. Sobre todo, la familia", rubrica Agustina, que está esperando que llegue su padre para compartir otro día de aventuras, siempre juntos, detrás del mismo enemigo.

Por: Ariel Ruya

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