
Crece la obra del padre Mario, a seis años de su muerte
González Catán: mucha gente acude al mausoleo del sacerdote, que creó colegios y centros de atención para bebes, niños y ancianos.
1 minuto de lectura'

"El vivió como a la sombra de los demás", dice Carolina Ramos, coordinadora del Centro Materno Infantil Nuestra Señora del Hogar, una de las muchas obras que el padre Mario Pantaleo impulsó en González Catán.
Se refiere al padre Mario, que está presente en cada rincón de esos 20.000 m2 cubiertos donde se atiende a chiquitos de 45 días y a ancianos de cerca de 80 años. Está presente en sus retratos, en los edificios, pero sobre todo en las personas que curó, que orientó o que impulsó a trabajar por los otros, que lo recuerdan a cada momento, cuando han pasado seis años de su muerte.
Carolina está en el Centro Materno Infantil a las 6 de la mañana y a las 7 recibe el primer timbrazo de las mamás que van a trabajar a la Capital y dejan a sus chiquitos hasta la tarde. Son 70 chicos que juegan, aprenden nociones de higiene, almuerzan cada día en el centro. Todo es luz y alegría. Hay un vagón de subte, lleno de juguetes y pintado de colores vivos, que el padre Mario recibió de regalo y trajo una noche por la ruta 3. "No sabemos cómo hizo para entrarlo", confiesa Carolina.
El padre Mario se estableció allí en los años sesenta. Era un descampado. Andaba en bicicleta. En los setenta, levantó la capilla Cristo Caminante, que tiene dos ángeles pintados por Soldi, y después estableció la guardería infantil. Siguieron el jardín de infantes, las escuelas primaria y secundaria, el instituto terciario (en total, asisten 1300 chicos y jóvenes).
Y la policlínica, muy barata, y donde no se cobra a los que no pueden pagar; un salón de usos múltiples para 1000 personas, el centro para ancianos, donde unas 70 personas almuerzan todos los días y realizan actividades que incitan a mantener vivas la memoria y la percepción; la escuela para discapacitados, donde 100 chicos aprenden oficios en una panadería industrial enorme, una huerta, una carpintería, etcétera. Cada mes se distribuyen 1200 bolsones de alimentos del plan Asoma y 1100 del PAMI.
Con esfuerzo y oración
"Vimos hacer todo", recuerda Yolanda Leiva, que acompañó al padre Mario como voluntaria desde 1970. "Agradecemos haberlo conocido y que él haya elegido González Catán para hacer su obra.
"No hay nada inventado. Es todo real", comenta al recordar el don que tenía para diagnosticar, para advertir las dolencias sin tocar a las personas, para curar, para vislumbrar lo que iba a pasar. Hacía imposición de manos; cientos de personas hacían cola para verlo y a nadie le decía que no fuera al médico. Yolanda conoce de primera mano muchas historias. Algunas le tocan muy de cerca. Como la de su nuera Patricia, embarazada, cuya bolsa se había desprendido; el padre Mario le dijo que se iba arreglar. Una nueva ecografía mostró una realidad distinta y el médico no podía creerlo "porque las bolsas no se pegan jamás". El padre Mario murió el 19 de agosto de 1992 y Araceli, la nieta de Yolanda, nació sin problemas en noviembre.
Mucha gente sigue acudiendo hoy al padre Mario para pedirle con fe su curación o favores espirituales. Ante el mausoleo que custodia sus restos, Olga Gorosito, de Cabildo y Lacroze, espera para pedir por su marido, que "está enfermo de los huesos". Ella lo conoció y con su ayuda dejó de fumar, hace doce años. "Tengo mucha fe", dice. Su hermana. Elba, lleva unas radiografías, para pasar sobre la tumba.
Noemí Núñez vino de Cañuelas, haciendo una hora y media de viaje en el micro 218 para pedir por su hermano Daniel, que la acompaña. Al lado, Betty, una vecina, llora. Tiene una foto de su papá, que tiene un tumor. "Quedate tranquila, el padre te va a ayudar", la calma Yolanda.
El padre Pío y Patoruzú
Un poco más allá está el museo del padre Mario. Su cama, con un retrato del famoso padre Pío de Pietrelcina, que tenía los estigmas de Cristo y fue su confesor en Italia, y un Patoruzú, que le gustaba leer, en la mesa de luz. El escritorio, con sus títulos de profesor en Filosofía y Letras de la UBA y de psicólogo de la Universidad Kennedy. Sus dos sotanas (una negra, de invierno, y otra beige, de verano), casullas, cuadros y tallas de singular valor y buen gusto, todos regalos que fue recibiendo durante su vida. Y la pequeña capilla personal, donde celebraba la misa a las 4 de la mañana, antes de atender a la gente.
Unas cuadras más allá está el centro para ancianos. Hay un jardín bien cuidado y adentro todo brilla. Una psicóloga, Marisa Parreira, atiende a esas 70 personas, que asisten a cursos y talleres, almuerzan y cada noche son llevados en ómnibus a sus casas.
Al lado está la Escuela de Formación Laboral Especial Santa Inés. Cien jóvenes de 14 a 30 años, con discapacidades mentales o motoras, reciben formación en oficios. Pero no hacen "como si" fuera la realidad. La panadería industrial es inmensa y tiene los hornos más modernos; produce pan y facturas y va a agregar una fábrica de galletitas que dará trabajo a siete ex alumnos. Otros trabajan en la carpintería o en la huerta (todos los productos se los llevan los chicos). Mantener la escuela laboral resulta muy caro, pero el 40% está becado. "Tengo orden de tomar a cualquier chico que no pueda pagar", dice la directora, Noemí Sinestro.
Junto a su despacho hay un cuadro del padre Mario en distintos tipos de madera. Y una leyenda escrita por una alumna: "Pero lo que no sé ni me explico es cómo un alma tan grande pudo caber en un cuerpo tan pequeño".
1
2Petosemtamab: la prometedora terapia contra un cáncer que causa casi 500.000 muertes al año y se compró por €7000 millones
- 3
Entrevista: el intendente de Pinamar revela cifras auspiciosas de ocupación para las Fiestas y una meta para todo el año
- 4
Hay alerta amarilla por tormentas para este domingo 4 de enero: las provincias afectadas


