Da Vinci, el robot que transformó la cirugía del cáncer de próstata en mínimamente invasiva y despejó algunos de sus posibles riesgos
LA NACION pudo observar la operación a un paciente de 69 años con este revolucionario método; el sistema amplía la visión del cirujano, replica sus movimientos con precisión y, como resultado, se transforma en un aliado para evitar daños en las funciones prostáticas y urinarias de los pacientes
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En el quirófano 4 del Sanatorio Finochietto, la escena cambia de golpe a las 7.43. Las luces blancas se apagan y todo queda teñido de verde para mejorar el contraste visual. La cirugía ya está en marcha y la tecnología toma el centro de la escena.
El paciente, un hombre de 69 años con cáncer de próstata, está dormido desde las 7.23. Su abdomen fue insuflado con dióxido de carbono para crear espacio dentro del cuerpo y permitir que los instrumentos se muevan con más comodidad. También fue inclinado, para que las vísceras se corrieran hacia atrás y despejaran el campo de trabajo. En el medio del quirófano, el robot da Vinci despliega sus cuatro brazos envueltos en fundas estériles. A su alrededor, el equipo se mueve con la precisión de una coreografía.

Lo que hacen no es una cirugía de próstata más. Se trata de una prostatectomía robótica Retzius-sparing, una técnica en la que el cirujano no entra por adelante —es decir, por la zona ubicada entre la vejiga y el pubis, en la parte frontal de la pelvis—, como en el abordaje clásico, sino por detrás, a través de la parte posterior de la pelvis.
En términos simples, en vez de desmontar primero el soporte frontal de la vejiga, se la rodea por la zona posterior para preservar ese andamiaje anatómico que ayuda a sostener la vejiga y la uretra. Esa es la gran apuesta del procedimiento: tocar menos las estructuras que participan del control urinario y, al mismo tiempo, cuidar mejor los nervios y vasos sanguíneos vinculados con la erección.

El otro dato novedoso llega después: 12 horas más tarde, el paciente recibe el alta. Esta es probablemente, según Norberto Bernardo, el cirujano a cargo del procedimiento, la primera cirugía ambulatoria de este tipo en América Latina.
La cirugía robótica es la evolución de la técnica de la laparoscopía, explican desde el Santorio Finochietto. Este es uno de los centros médicos que en los últimos años, en consonancia con los avances en robótica quirúrgica mundiales, han incorporado la tecnología de avanzada del Robot Da Vinci Xi para distintas intervenciones. El sistema puede utilizarse para cirugías en el esófago, el riñón, el colon y el tórax, entre otras. En el caso de la operación que observó LA NACION, se utilizó para intervenir la próstata.

“Realizamos la prostatectomía robótica Retzius-sparing, en la cual se entra por vía posterior por el fondo de saco de Douglas. La vejiga queda en su posición anatómica original”, explica Bernardo, que es urólogo, director médico del Centro Argentino de Urología (CDU) y jefe del Servicio de Urología del Hospital de Clínicas y de la Clínica San Camilo. Después contrapone esa lógica con la técnica convencional: “En la técnica anterior, la clásica, se entra por el espacio prevesical y se disecan estructuras anteriores. La vejiga ‘cae’ posteriormente luego de la cirugía”.
La escena impresiona porque el cirujano principal no está sobre el paciente. Está a unos metros, sentado en una consola, con la cabeza metida en un visor tridimensional. Desde ahí opera Bernardo. Lo que sus ojos ven está ampliado 16 veces. Lo que sus manos hacen sobre los controles se transforma, en tiempo real, en movimientos finísimos dentro del cuerpo. Por un micrófono integrado, su voz se escucha en todo el quirófano. “Limpien las cámaras de los brazos”, ordena en un momento. Después: “Un poco más de aspiración”. No habla mucho. No hace falta. Cada indicación es breve y precisa.

Las primeras incisiones ya están hechas. Son pequeñas. Por ahí se introducen los puertos, unos cilindros de titanio que funcionan como puertas de entrada para la cámara y los instrumentos. “Utilizamos cuatro puertos robóticos y dos puertos accesorios de 5 y 12”, detalla Bernardo. En este abordaje, agrega: “Ingresamos en la cavidad abdominal y dentro de ella abrimos el peritoneo a nivel del fondo del saco de Douglas para acceder a las vesículas seminales y la próstata”. Lo que se evita tocar, explica, es justamente lo que vuelve atractiva a esta técnica: “Se preservan intactas la fascia endopélvica, los ligamentos puboprostáticos, el complejo venoso dorsal y el soporte anterior vesicouretral”. O dicho de otro modo, se intenta no desarmar el sostén natural que ayuda a que después la vejiga y la uretra funcionen correctamente.
El robot da Vinci no opera solo. Tampoco toma decisiones. Es, más bien, una extensión sofisticada de la mirada y de las manos del cirujano. Uno de sus cuatro brazos lleva la cámara, que tiene dos lentes y construye una imagen en 3D de alta definición. En otro, manipula una pinza de coagulación que ayuda a controlar el sangrado. El tercero tiene una pinza de tracción, que sostiene y desplaza tejidos, y el cuarto, una tijera con energía monopolar, que corta y separa estructuras.

Más adelante, ese mismo brazo cambiará de instrumento: la tijera saldrá y entrará un portaagujas para realizar la sutura final entre la vejiga y la uretra. Todo eso ocurre con instrumentos de apenas 8 milímetros, que se mueven con una libertad mayor que la de la muñeca humana y con un temblor filtrado por la máquina.
Los brazos robóticos se inclinan sobre el paciente sin tocarse entre sí. En la pantalla se ve el interior del cuerpo agrandado, nítido, casi irreal. Lo que para el ojo sería una profundidad oscura e inaccesible, en la consola se vuelve un territorio visible, delimitado, ampliado. La cirugía sucede ahí, en una especie de paisaje rojo y brillante, recorrido por pinzas diminutas y movimientos que parecen mínimos, pero que cambian el curso de una vida.

“Primero se liberan los conductos deferentes y las vesículas seminales. Después se liberan las caras laterales y posterior de la próstata. Luego se libera el cuello de la vejiga y la cara anterior de la próstata hasta seccionar la uretra. Y finalmente se sutura la unión entre el cuello de la vejiga y la uretra colocando una sonda”, detalla Bernardo.
Lo dice como una secuencia limpia, pero detrás de esas frases hay una operación de alta complejidad que exige delicadeza, visión y coordinación absoluta. La lógica de esta cirugía no es solo sacar una próstata enferma. Es hacerlo sin arrasar con lo que la rodea. Ahí está su diferencial.

“Este abordaje impacta en la continencia inmediata al retirar la sonda”, dice Bernardo. Y suma otro punto decisivo para la calidad de vida: “Permite preservar las bandeletas que conducen los nervios y vasos sanguíneos involucrados en la erección, favoreciendo la conservación de más funciones”.
Eso explica por qué el alta a las 12 horas adquiere tanta relevancia. No es solo un dato llamativo, es la síntesis de una forma de trabajar. “Se pudo resolver con el alta a las 12 horas por un trabajo en equipo que permite la preparación previa del paciente, trabajar con baja presión de dióxido de carbono, que disminuye la distensión del abdomen, y por la duración de la cirugía”, explica Bernardo.

Cuando la cirugía termina, el da Vinci se repliega. Los brazos se elevan y se apartan del campo. Las luces verdes se apagan, vuelven las blancas y la escena cambia por completo. Baja la tensión, empiezan a escucharse otras voces y el quirófano deja atrás, de a poco, la concentración milimétrica de la operación.
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