
Darse cuenta de que un título no es hoy sinónimo de trabajo
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El día que Fernando de la Rúa subió al helicóptero y dejó la Casa Rosada, Adriana Paccosi estaba más preocupada por saber si su hijo Enrique iba a poder casarse por civil. Así empezaron las corridas para seguir adelante con una boda celebrada en el día más caótico de los últimos años.
Desde esa fecha, esta médica y terapista de Banfield no volvió a tomarse vacaciones. Y su vida adquirió un ritmo impensado de la noche a la mañana. "Algo cambió. No sé bien qué fue, pero desde ese día no paré de correr. Y la administración de mi tiempo es otra. Si antes dedicaba una cuarta parte del día al descanso o a hacer las cosas que me gustan, ahora le dedico una milésima parte", asegura.
Cada vez es más el tiempo que pasa en consultorios. Son más las obras sociales que atiende... y son menos las horas que pasa en su casa. "El esfuerzo es mucho mayor, pero el resultado es inferior. Y ese tiempo extra de trabajo se lo resto a mi familia", cuenta.
El miércoles último, por ejemplo, atendió a sus pacientes con la escarapela puesta. Porque trabajó, a pesar del feriado. del 9 de julio.
"Antes, iba al country todos los fines de semana. Ahora voy algunos. Por los costos del viaje y porque tengo que estar disponible a toda hora", explica. Aunque no todo fue negativo. Adriana, que es parte de la Asociación de Mujeres Profesionales de Recoleta, rescata que la crisis dejó el mensaje de que un título profesional no es sinónimo de empleo.
"Cambió la creencia de que un título da trabajo. Eso, mis hijos lo tienen muy en claro después de esta crisis: uno termina la facultad y con eso no hace nada. Para tener trabajo, tenés que generar una situación productiva. Los jóvenes están más atentos a generar pequeños emprendimientos que produzcan y no sólo a estudiar una carrera. Y eso es muy positivo", dijo.
"No es fácil"
El día de Graciela Brandariz empieza a las 8 y no termina hasta las 24. Es especialista en gestión ambiental y trabaja por las mañanas en investigaciones para la Asociación de Mujeres Arquitectas e Ingenieras y, por la tarde, para el Instituto de Medio Ambiente de la Universidad del Salvador. Y, como si eso fuera poco, por la noche la esperan cursos de actualización profesional.
Desde la época en que el paddle hizo furor en Buenos Aires, los partidos con sus colegas eran un ritual que no podía faltar en la vida de Graciela, de 48 años. Su familia sabía que ese día y a ese horario, no había cosa más importante. Pero, desde hace un año y medio, ya no pudieron volver a combinar los horarios para coincidir cuatro en una misma cancha.
"Tengo días muy largos. Son una maratón de logros. Tengo que lograr hacer todo. Hacer las compras, visitar a mis amigas y dejar todo organizado para que en la semana todo marche sobre ruedas. No es fácil", asegura.
Días eternos
Aunque se pasó la vida entre planos y grandes obras civiles, Martha Alonso Vidal, arquitecta, nunca había dejado pasar un día sin dedicar una hora y media a sus caminatas al aire libre. Ni se había notado su ausencia en ninguna exposición de arte. Ni se había perdido las obras de teatro de las que hablan sus amigas. Hasta hace un año y medio.
La crisis alocó las cosas. Se metió con sus horarios. "Mis días tienen 18 horas hábiles, aunque con un menor rendimiento económico. Tengo un cansancio tan grande por el trabajo que tampoco tendría fuerzas para retomar las caminatas. Quiero reacomodar mi día. Pero simplemente no se cómo hacerlo", asegura.
Entre las diferencias con su vida antes de la crisis, Martha enumera que ve menos a sus afectos. Que en un año y medio casi no fue al cine. Sin embargo, la reconforta saber que el trato con sus pares se volvió más solidario.
"La crisis acabó con la idea de que la profesional feroz es la que trabaja mejor. Creo que las profesionales se hicieron mucho más compañeras. Y eso es muy valorable", dice.





