De fármacos esenciales a promesas antiage: qué hay detrás del boom de los péptidos
A partir de los avances de los péptidos en diabetes y obesidad, estas moléculas comenzaron a promocionarse con fines estéticos y deportivos, aunque muchas veces sin autorización sanitaria ni respaldo científico; cómo identificarlos; posibles riesgos asociados
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Los péptidos pasaron en muy poco tiempo de ser un concepto técnico, casi reservado al lenguaje médico, a convertirse en una palabra de moda. Hoy aparecen en tratamientos para obesidad y diabetes, en suplementos, en propuestas de wellness y en publicidades que prometen desde rejuvenecimiento hasta aumento de masa muscular.
Sin embargo, unificar todo en un mismo concepto es un error. Algunos péptidos cambiaron la práctica clínica y tienen evidencia sólida, mientras que otros se promocionan mucho más de lo que realmente se demostró científicamente.
Los expertos coinciden en que los péptidos no son una categoría “buena” o “mala” en sí misma, sino un universo muy amplio que incluye desde moléculas naturales del cuerpo hasta fármacos validados y productos sin respaldo suficiente.
La diferencia central radica en tres variables: si existe evidencia científica robusta, si el compuesto está aprobado por agencias regulatorias y si su uso tiene una indicación médica concreta. Cuando esas condiciones se cumplen, pueden ser herramientas muy valiosas. Cuando no, existe el riesgo de confundir ciencia con marketing.

Un péptido es una molécula formada por la unión de aminoácidos, los mismos “ladrillos” que componen las proteínas, aunque con una estructura más sencilla. Liliana Medvetzky, médica especialista en Nutrición del Servicio de Endocrinología, Metabolismo, Nutrición y Diabetes del Hospital Británico de Buenos Aires, explicó a LA NACION que estas moléculas actúan como mensajeros que intervienen en el equilibrio hormonal, el apetito y la reparación de tejidos”.
Osvaldo Ponzo, médico del Servicio de Endocrinología del Hospital Alemán, sumó otra descripción: “Un péptido es una secuencia de aminoácidos de una longitud no muy larga, con una estructura más sencilla que una proteína”. Y aclaró que, aunque muchas veces se usan ambos términos como sinónimos, “la proteína es un péptido que tiene una estructura más compleja”.
Los péptidos no son ajenos al organismo ni una invención reciente. El cuerpo los produce de manera natural y muchos cumplen funciones clave. Medvetzky mencionó como ejemplos a la insulina, el GLP‑1 y la hormona de crecimiento, todas con efectos bien establecidos en el metabolismo.

Sobre esa base, la biotecnología logró desarrollar versiones sintéticas o análogas que prolongan su acción o potencian sus efectos. El uso de péptidos con evidencia clínica ya transformó algunos tratamientos médicos.
“Los péptidos con evidencia sólida son la insulina y los análogos de GLP-1 utilizados en diabetes y obesidad”, afirmó la experta del Hospital Británico. En esos tratamientos, señaló, no solo mejora el control metabólico, sino que también pueden verse efectos sobre la saciedad, el peso corporal e incluso variables cardiovasculares.
Ponzo señaló que muchas de estas moléculas naturales fueron modificadas por la industria para actuar “por mucho más tiempo y en una forma más potente”, lo que permitió pasar de compuestos de acción breve a formulaciones de efecto más prolongado y práctico. Es decir, no se trata solo de que “existan péptidos”, sino de que algunos fueron estudiados, reformulados y probados en forma rigurosa hasta convertirse en medicamentos reales.
Un efecto dominó preocupante
El problema, señaló Medvetzky, es que ese éxito validado generó un efecto dominó. A partir de los avances comprobados en diabetes y obesidad, comenzaron a promocionarse otros péptidos con fines estéticos o deportivos que no cuentan con autorización de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología (Anmat).
En ese mercado se incluyen los llamados “péptidos antiage”, los destinados al aumento de masa muscular, la recuperación física o la supuesta “quema de grasa”, difundidos con fuerza en redes sociales, gimnasios y circuitos de wellness, pero sin un respaldo comparable en términos de evidencia.
Sobre ese punto, la médica fue especialmente concreta al describir cómo detectar que hay más promesa que evidencia. “Promesas amplias como ‘antiage total’, ‘regeneración celular’ o ‘quema grasa sin dieta’ son indicadores de marketing más que de ciencia”, advirtió. También mencionó otras señales de alerta: venta por Instagram o gimnasios, productos importados sin registro sanitario, combinaciones caseras y ausencia de datos básicos, como dosis precisas, indicaciones claras o estudios citados.

Ponzo complementó esa mirada con otro criterio igual de importante, que es el recorrido que debería haber atravesado cualquier compuesto antes de venderse como solución eficaz. Recordó que un fármaco serio pasa por varias etapas de investigación, desde los estudios iniciales sobre la molécula hasta ensayos en humanos y controles posteriores a su aprobación.
“Muchos no tienen estas fases de estudio que avalen no solo las propiedades del péptido como fármaco y su efecto biológico efectivo, sino también la probable aparición de efectos adversos”, indicó Ponzo.
Posibles riesgos
Y el riesgo no es solo teórico. Medvetzky advirtió que ya se detectaron productos adulterados, con sustancias distintas a las declaradas e incluso mezclas con anabólicos, además de efectos adversos que pueden incluir náuseas, vómitos, fatiga, retención de líquidos o alteraciones hormonales.

Ponzo, por su parte, señaló que incluso compuestos con uso médico legítimo pueden volverse problemáticos cuando se utilizan sin control ni indicación profesional. Como ejemplo mencionó la hormona de crecimiento, usada en algunos ámbitos deportivos, y subrayó que “tiene un efecto diabetogénico”, es decir, puede elevar la glucemia y favorecer el desarrollo de diabetes. En la misma línea, citó la eritropoyetina, indicada en medicina para situaciones específicas, pero utilizada sin supervisión para mejorar el rendimiento físico.
Entonces, ¿cómo chequear si un péptido cumple de verdad el efecto que promete? La respuesta de ambos especialistas apunta en la misma dirección. Primero, ver si existe una enfermedad o condición concreta para la que esté indicado. Segundo, confirmar si se trata de un fármaco aprobado por agencias regulatorias, como la Anmat. Tercero, revisar si hay estudios clínicos sólidos y guías médicas que respalden ese uso. Y cuarto, evitar cualquier producto que se venda por fuera del sistema de salud, sin indicación profesional ni seguimiento.
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