Educar a los marginados, un desafío para aunar esfuerzos
Dirigentes católicos dialogaron con autoridades bonaerenses.
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Los quince minutos de preguntas se convirtieron en sesenta. Y la hora de trabajo en grupos se transformó en dos horas y media en las jornadas sobre "Pobreza, educación y promoción humana", realizadas en el colegio Marín, de San Isidro.
Ayer, ochenta líderes diocesanos bonaerenses de Caritas y de la Junta de Educación Católica contaron mil historias relacionadas con los problemas que enfrentan en el trabajo cotidiano de educar a los marginados al dialogar con el director general de Cultura y Educación de la provincia de Buenos Aires, José Octavio Bordón; el titular de Caritas Argentina, monseñor Jorge Casaretto, y la presidenta del Consejo de Familia, María Zapatero de Ruckauf.
El desahogo parecía lógico. Era la primera vez que las nuevas autoridades provinciales se reunían con quienes hace años vienen trabajando de un modo más informal en educación. El objetivo no fue otro que el de compartir experiencias y aunar esfuerzos.
Hoy, a juicio de los participantes, los esfuerzos corren por caminos paralelos. La cartera de Bordón impulsa, por ejemplo, desde este año, la jornada de escolaridad doble para 150 escuelas. Por su parte, Caritas mantiene desde hace años centros de apoyo escolar. Sólo en San Isidro surgieron en los últimos diez años 30 jardines maternales, 30 centros de apoyo escolar y 18 de formación profesional que atienden a 4000 chicos. Pero explican que no hay coordinación entre ambas instituciones.
"Falta, por ejemplo, un reconocimiento legal de los centros de apoyo escolar diocesanos que funcionan como escuelas paralelas", precisó Casaretto.
Un trabajo conjunto
Ayer el obispo y Bordón avanzaron en este sentido al crear una comisión que desde lo social y lo educativo trabajará en forma conjunta en los próximos tres años, para que los planes de estudio se adapten a las necesidades reales de los chicos más pobres y se flexibilicen las relaciones entre las instituciones. "Quienes trabajan en estos centros escolares diocesanos deben tener título habilitante para funcionar", continuó Casaretto.
Los representantes educativos diocesanos fueron al grano con sus problemas. Estos giraron en torno del poco estímulo que reciben los chicos en la casa y la escuela, los indocumentados y su dificultad para educarlos. También se lamentó la insuficiente cantidad de jardines estatales que hace que surjan más centros asistenciales informales; la falta de capacitación de las mamás cuidadoras y, por supuesto, las apremiantes necesidades económicas.
"Tengo un gabinete de trabajo formidable, con fonoaudiólogas y psicólogas, pero no sé si podremos subsistir", comentó un sacerdote de Merlo. "Hoy nadie pone plata", expresó.
La representante de la diócesis de Quilmes comentó que los centros comunitarios que ella supervisa funcionan todo el año y actúan como escuelas y organismos de promoción familiar. "Nosotros damos apoyo a toda la familia. Si el Estado se hace cargo de estos centros (una de las propuestas consideradas por Casaretto y Bordón), me pregunto si seguirán formando a los chicos con un espíritu comunitario, en un marco espiritual y de apoyo familiar, o se limitarán a la instrucción".
El diálogo se retroalimentaba a medida que avanzaba la tarde. Corrieron las propuestas, los desahogos y las experiencias compartidas. El clima fue intenso. Quizá porque, como dijo Casaretto, "estamos en shock, no nos acostumbramos a tanta exclusión".






