El "actor" del Maipo que no salió a escena
El zumbido de las explosiones aún vibraba en el aire. La Plaza de Mayo, humeante, testimoniaba la furia de las bombas. Y una revolución -la Libertadora- comenzaba a definir el destino del país. Unas cuantas cuadras hacia el Norte, en la calle Esmeralda, Norberto Campana intentaba hacer frente a lo que venía. Como siempre, iba a tener que resolver problemas -esa era su función como administrador del teatro Maipo-, pero en estos estaba el destino de un hombre en juego: el de su jefe, el director de cine y dueño de la sala, Luis César Amadori.
"Campana queda a cargo", le dijo antes de exiliarse en Madrid, perseguido por el nuevo gobierno, que lo culpaba de su simpatía con el peronismo. Desde ese momento, dejó de ser un hombre de números, de debes y haberes, y de balances que siempre cerraban. Ya no sólo iba a llevar la contabilidad del teatro Maipo; ahora, en sus manos quedaba la responsabilidad de coordinar todas y cada una de las actividades del edificio de la calle Esmeralda.
Así, Campana se deshizo de sus planes: puso por delante la lealtad y la amistad que lo unía a Amadori, y renunció a la sensación de seguridad que le inspiraba su trabajo como empleado del Banco Municipal, que hacía simultáneamente al de administrador.
Esa es la introducción que hace a su vida, ahora a los 89 años, en la oficina que ocupa en el cuarto piso del Maipo, donde comenzó a trabajar en 1950. Hoy, con la experiencia a cuestas, se desempeña como asesor de la sala.
Su escritorio es un despojo de toda modernidad: no hay una computadora y, menos aún, un teléfono celular; sólo un mar de papeles y una gran carpeta negra. Está ocupado, un tanto apresurado: intenta tramitar un pasaporte para un actor. Hasta el momento no lo consigue, pero no se da por vencido.
Tesón no le falta. Forma parte de una generación en la que, como dice, "el trabajo mantenía cautiva a la gente". Así que en su vida lo que más hizo fue trabajar: no tenía horarios, ni francos ni, a veces, vacaciones porque cuando se abría el telón todo podía pasar y los imprevistos -sus grandes enemigos- estaban ahí, demasiado tangibles, como esa noche de la década del 70.
"¿Cómo que se fue?", le escucharon decir dos hombres que le fueron con la historia de que la vedette Nélida Lobato había suspendido la segunda función del domingo, porque su compañero de baile se había luxado un pie. "Sin él no puedo hacer los trucos", recrearon los hombres la excusa de una de las grandes de la revista porteña.
Campana tomó su escudo y enfrentó el problema. Condujo desde Adrogué, donde vivía, hasta la Capital. En plena medianoche, recorrió en vano todos y cada uno de los restaurantes que frecuentaban la mujer. Al día siguiente, a las 9, más calmado, pero sediento de explicaciones, se acercó a la casa de la vedette. Nada. Ni siquiera el teléfono le atendía. Sólo el martes, dio con ella.
-Me dijeron que me estabas buscando -le dijo con un tono relajado que lo puso aún más furioso.
-Hace dos días que te estoy buscando. Quiero saber si hoy vas a hacer la función.
-¿Y quién te dijo que no? Andá, que esta noche nos vemos -le dijo, horas antes de aparecer en el teatro como si nada hubiera pasado.
¿De nervios y de caprichos de actores le van a hablar a él? ¿Justo a él? "Para mí, los artistas no son seres especiales, sino gente común, como uno", dice. Y da fe: "No tengo ninguna foto junto a ellos". Por eso, no lo sorprendió cuando la actriz Tita Merello se sentó frente a él, café de por medio, para llenar los silencios con las noticias del día, con sus finanzas y con los asuntos cotidianos. "Estaba muy sola; sólo quería compañía y hablaba, hablaba sin parar", cuenta, para describir ese ritual diario que se mantuvo durante años. Tita monologaba como si estuviera en un escenario frente a una multitud hasta que iba a su camarín, adonde Campana le llevaba un caramelo, antes de cada función. Uno de esos pequeños gestos que hacían que, al menos por unas horas, se sintiera plena y extinguiera esa llama melancólica que la quemaba por dentro.
A Campana, la soledad de Merello le era demasiado familiar. La había sentido por primera vez en su infancia, allá por 1929, cuando su padre murió de cáncer. Con el luto aún sin cicatrizar y con las finanzas hechas trizas, su madre debió tomar una decisión: lo inscribió como pupilo en un colegio de Almagro, mientras ella se fue a trabajar como radióloga a un hospital de General Rodríguez, en la provincia. Ninguno fue feliz durante los dos años que vivieron separados, aunque la mujer lo visitaba dos veces al mes, "cautiva" de ese oficio que se le había impuesto por la fuerza.
Las cosas mejoraron y la madre de Campana logró que la trasladaran a la Capital. Se mudaron a un departamento: una habitación, una cocina y un baño. Y sólo fueron ellos dos. Ni siquiera en Navidad o Año Nuevo lograban que la ecuación cambiara. Se refugiaban en el cine y, cuando la función terminaba, después de la medianoche, de regreso al departamento, oían el tintinar tardío de las copas ajenas que chocaban.
Al terminar el secundario, Campana planeó a largo plazo, que en esos tiempos, significaba de por vida, y se empleó en el Banco Municipal. Iba a ser bancario hasta que se jubilara. Pero en el plan se entrometió su amigo, Alberto González, quien le sugirió a Amadori, el hombre que estaba casado con su hermana, la actriz de cine Zully Moreno, que lo contratara como administrador para poner en orden la contabilidad de la sala. Así llegó al Maipo, el 15 de mayo de 1950.
La sala, en esa época, era sinónimo de lo prohibido, un espacio donde había vedettes que mostraban más allá de lo permitido, y capocómicos que decían lo indecible. Y detrás del escenario, en los camarines, las cosas, a veces, se mantenían en cierto estado profano. Una noche, una bailarina que, por su bravura, era apodada "Pepita la Pistolera", corrió con un revólver al director de la obra en la que actuaba. Otra, dos coristas se agarraron de los pelos por un hombre, uno de los tantos que esperaban a las chicas a la salida de las funciones, y Campana debió intervenir para que las cosas no pasaran a mayores.
"Este no es un lugar inmoral", le impuso su no más de metro setenta a un policía de la comisaría 1a. una noche de 1956. Lo habían llevado detenido por una mera distracción: un niño de 12 años había ingresado en el teatro para ver una obra prohibida para 15. El papel que Campana debía rubricar revelaba que había cometido una infracción al permitir que un menor estuviera en un lugar inmoral. "No lo firmo, por respeto a mí y a mis compañeros. El Maipo no es un lugar inmoral", dijo firme, antes de irse de la seccional.
¿De qué inmoralidad le hablaban, si en el teatro conoció a "señores con mayúsculas" como Tato Bores, cuando el gran cómico aún era un veinteañero? Todavía no se había convertido en leyenda; aún sufría por amor. Se lo confesó a Campana en busca de un oído amigo.
-El padre de Berta [la que con los años se convertiría en esposa del cómico] no quiere saber nada con que me le acerque -le contó, luego de haberla visto en una plaza, para evitar así la mirada inquisidora del señor Szpindler, que no estaba de acuerdo con que su hija se casara con un artista.
-Calma, Tato, que ya va a transar. En el peor de los casos, fugate -le decía en broma.
De a poco, su oficina se convirtió en un espacio donde los artistas se confesaban. Allí, el cómico José Marrone le contó su rutina de amante públicamente clandestino: pasaba la noche en su casa con su mujer "legal" y a la mañana temprano partía a ver a su otro amor, a la bailarina Juanita Martínez. "Una vez me llevó a conocer a la esposa, a «la Gorda», como la llamaba. La tenía como una reina", cuenta Campana. En esa oficina, escuchó de boca de Alberto Olmedo un "Te lo prometo". Las tres palabras le revelaron lo que sospechaba: el cómico era "un señor". La destinataria de la frase era la vedette Susana Brunetti, que días antes de morir, le pidió al actor que trabajara en el Maipo porque nunca lo había hecho. A la semana del fallecimiento de la actriz, en 1974, Olmedo se puso delante de Campana y le dijo para conmoverlo: "Vine a cumplir lo que le prometí a Susana. Vengo a firmar un contrato con el Maipo".
Dos décadas antes de esa revelación, en la casa que Campana había construido en Adrogué, conoció a Clelia Magdalena, una paciente amiga de su madre. Después se la cruzó en el tren. Ahí empezaron a conversar. Una frase llevó a la otra, y todas, a una gran verdad: lo de ellos era amor. En 1959, se casaron y con el tiempo llegaron sus hijos, Alejandra y Aníbal. Finalmente, cuando nacieron sus dos nietos, que hoy tienen tres y ocho años, Campana exhaló aliviado y se dijo a modo de legado: "En ellos, tengo continuidad de vida".
Ahora, en su oficina, el hombre que escuchaba a las estrellas habla casi sin respiro como si el tiempo se le entrometiera para deshilar los 60 años de historia del espectáculo argentino que tiene para contar.
NORBERTO CAMPANA
Asesor del teatro Maipo
- Quién es : desde 1950 hasta mediados de este año, se desempeñó como administrador del teatro Maipo. Conoció a íconos del espectáculo argentino, como Tita Merello, Nélida Roca, Nélida Lobato, Alberto Olmedo, Jorge Porcel, José Marrone, Luis César Amadori y Zully Moreno, entre otros. Hoy, a los 89 años, fue nombrado asesor de la sala. Está casado, desde 1959, con Clelia Magdalena, de 84. Tiene dos hijos y dos nietos.
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