
El adiós a un Quijote de los Andes
Se acentúa la admiración por las proezas cordilleranas del desaparecido andinista
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Apenas pasado el mediodía de ayer, en el cementerio Jardín de Paz de la bonaerense localidad de Del Viso, y coincidente con las exequias de su entrañable amigo y compañero de andanzas en montañas -Germán Sopeña, secretario general de Redacción de La Nación -, un desbordante grupo de desgarrados familiares, amigos y personalidades siguió las ceremonias de inhumación de los restos de José Luis Fonrouge; de su esposa, María Elena Tezanos Pinto, y de su hija Carola.
Todos caídos en el accidente aéreo de anteayer, que tronchó el plan de plantar una bandera argentina en las cercanías de El Calafate.
Fonrouge recibió los honores de granaderos en su calidad de integrante del directorio de Parques Nacionales.
José Luis había nacido el 22 de marzo de 1942 y en el verano de 1955 apareció en las montañas del Parque Nacional Nahuel Huapi. Tenía 13 años y el sueño adolescente de ser un andinista imbatible. Muy pronto nos superó a los más veteranos. Admiramos inmediatamente sus condiciones para la escalada y su voraz manera de engullir: los alimentos de su mochila desaparecían rápidamente detrás de la formidable empalizada de sus dientes.
Resultó sagaz para cumplir su cometido y encaramarse en laderas verticales con absoluto desdén por los abismos. Y lo puntualiza en su libro "Los horizontes verticales de la Patagonia".
Pronto se ganó las simpatías y la admiración de Dinko Bertoncelj, un eximio escalador y esquiador esloveno asentado en Bariloche. No importó la diferencia de edad. Formaron un dúo que venció todas las cumbres cercanas.
Entre los recuerdos de quien escribe surge una carrera en subida hasta el refugio del López. La protagonizamos a fines de enero de 1960. Pocas semanas después, José Luis y Dinko treparon por los 90 grados de la pared del Campanile Esloveno del Catedral Sur.
Siguió una ráfaga de este tipo de hazañas que no tienen tribunas ni aplausos. "Sencilla fue la reunión en la cumbre; desapercibida diría yo", contó del Campanile en el anuario del Club Andino Bariloche. "Dejamos una bandera, comimos unos caramelos, sacamos fotos", relató en el informe de su mayor proeza (Fitz Roy, 16 de enero de 1965). El Aconcagua, el Himalaya y otras moles se le opusieron como al Quijote, pero no eran molinos.
Eso no le bastaba y ya hombre maduro decidió el vértigo de vencer las aguas blancas, bajar por los ríos de montaña. Había pasado los más grandes peligros, por lo menos hasta el amanecer de anteayer, en que la fatalidad lo llevó hacia otras alturas, acompañado del amor cercano.





