
El Desdémona, un buque destinado a naufragar
Una embarcación encallada invita a navegar por el tiempo en Tierra del Fuego; Chile, un paso obligado; la cuarta de las historias en el inicio de la fascinante Ruta 40, en el santacruceño Cabo Vírgenes
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Aburrido de tanta soledad el buque Desdémona duerme su sueño de navegante frustrado. En su cuna de arena, la lluvia, el sol y el viento le van corroyendo sin pena ni prisa sus entrañas de hierro rojizo. Atascado en la playa del Cabo San Pablo verá pasar las horas lentas hasta que, tal vez, alguna tarde de alta mar vuelva en forma de chapa a su vida marinera.
Sucedió en una mañana fría del invierno de 1983; un gigantesco buque encallaba en las orillas del Mar Argentino, más precisamente entre las desembocaduras de los ríos Ladrillero y San Pablo, en uno de los rincones más fascinantes de la provincia fueguina.
Tiempo atrás transportaba todo tipo de cargas, aunque con él murieron cientos de bolsas de cemento que en su interior descansan como momias petrificadas. Habitualmente prestaba servicios desde la costa de Campana hasta Tierra del Fuego, pasando por los puertos de Comodoro Rivadavia y Río Gallegos. Se cree Que la encalladura se debió a una fuerte sudestada y a una posterior gran bajante. Sin embargo, según algunos testimonios de los lugareños fue la propia compañía naviera quien ordenó al capitán de la embarcación encallar en las playas australes con el objeto de cobrar el seguro por accidentes.
Tiempo atrás transportaba todo tipo de cargas, aunque con él murieron cientos de bolsas de cemento que en su interior descansan como momias petrificadas.
Desdémona es una palabra de origen griego que se podría interpretar como "desdichada". También fue ese el nombre que le puso Shakespeare a la bella mujer de su obra Otelo; en las páginas del clásico inglés se relata la historia de un amor trágico. Desde el día en que los directivos de Líneas de Navegación Cormorán S.A. bautizaron la embarcación, parecen haberle asignado un destino dramático e ineludible. Atascado ahora en una desolada orilla del sur, tal vez ya haya aceptado con resignación la sentencia del destino.
Más allá, en lo alto de un morro cercano, como un héroe de cien batallas, un viejo faro ladeado intenta morir de pie. Hace más de cuatro décadas un terremoto casi lo tumba. A unos metros de allí otro faro más joven, subestimando los peligros, le hará más tarde un guiño a la noche.
Mucho más que un punto en el mapa. Más adelante, apuntando la proa con rumbo norte por la Ruta 3 está Río Grande. En las afueras de esa ciudad un hombre viejo camina por la playa con un bolsito y una caña de pescar. Busca el mejor lugar y sueña con que la suerte lo acompañe. Detiene su marcha, se pone en cuclillas frente al mar y atraviesa con esmero el anzuelo a la carnada, mientras muerde su lengua en señal de concentración. "Tal vez saque un róbalo, a estas horas están subiendo del mar hacia al río", comenta sin levantar la mirada.
Detrás de un banco de arena está la ciudad: en el aire hay un aroma a estufas de leña. Las calles son grises, casi sin árboles y las casas chatas, blancas de cal. Alguien deambula con las manos hundidas en los bolsillos mientras un escándalo de perros persigue su larga sombra. A esa hora la gente sale a la calle a sentarse, a ver pasar el pueblo que saluda bajando solo la cabeza para no enfriar su regreso. En el suburbio se marea un cardo ruso. Más allá están las chacras y aún más lejos el desierto... el inabarcable desierto patagónico.
Chile, un paso obligado. Si alguien deseara cruzar en vehículo desde Tierra del Fuego a Santa Cruz, o viceversa, está obligado a pasar por Chile. Aunque sea difícil de concebir -tratándose de dos provincias argentinas- aquellos que quieran unir por vía terrestre esos distritos deberán pasar inexorablemente por Chile. A pesar de los inconvenientes que esto pueda ocasionar, habrá que ir más allá y mirar la naturaleza, el mapa amputado y, sobre todo, la conflictiva historia bilateral.
Si alguien deseara cruzar en vehículo desde Tierra del Fuego a Santa Cruz, o viceversa, está obligado a pasar por Chile.
El transbordador o "balsero", como le dicen aquí, viaja hacia la noche chilena, que espera del otro lado. Muere el día y el mar se levanta de a poco. El agua se hace escuchar en un susurro profundo pero poderoso. El universo austral se tranquiliza, y como el agua, los pensamientos también se serenan y decantan.
La Ruta 40, un camino hacia la diversidad. En el estrecho el mar se angosta, acurrucándose contra las rocas y agitando su bandera blanca de espuma. Por su sendero de agua el transbordador fue y volvió todo el día cargado de camiones con ovejas, autos y camionetas. Lejos, la luz del último de ellos vacila en la oscuridad.
Chile quedó atrás, la mañana es limpia y el mar sereno. El Cabo Vírgenes, a 124 km de Río Gallegos, no sabe que sobre sus pies tiene el kilómetro 0 de la mítica Ruta 40, columna vertebral de la Argentina.
Sin embargo, sobre la desembocadura del Estrecho de Magallanes hay un faro de 25 metros que da testimonio del inicio de esta carretera. El recorrido de este soberbio camino seguirá muy de cerca a la Cordillera de los Andes, mirándola casi de reojo. Irá de sur a Norte, de aquí hasta La Quiaca jujeña. Todo, o casi todo, está por venir: la ruta conduce hacia la diversidad. La 40 "caminará" la Argentina.
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