
El neandertal que murió atravesado por una lanza hace 75.000 años y que muestra cómo cuidaban de sus heridos y sus muertos
Sus restos han sido encontrados en la cueva que cambió la imagen tosca de la especie humana más cercana a la nuestra. “Se curó de esta lesión, cuidaron de él”, destaca una científica
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MADRID.- Bárbaros, brutales, simiescos e incluso algo torpes. Esa era la visión victoriana, la que tenían los primeros arqueólogos del siglo XIX sobre los neandertales (Homo neanderthalensis). Esa imagen rudimentaria se mantuvo hasta mediados del siglo pasado. Entonces encontraron en una cueva del Kurdistán los restos de varios de ellos, incluido un bebé, enterrados con cuidado. Fue la primera evidencia de que los neandertales cuidaban a sus muertos mediante rituales sofisticados. En lo que va de este siglo, las pruebas se acumularon y fueron desmontando aquella visión sesgada del pasado. Hoy se sabe que fueron los primeros en encender fuego, que disfrutaban de una dieta variada, que mantuvieron relaciones sexuales con humanos modernos y que una parte importante de su genética sigue presente en nosotros. Ahora, en esa misma cueva, encontraron a un neandertal que murió por un golpe de lanza, pero que antes sobrevivió a una grave herida, posiblemente gracias al cuidado de su grupo.
Lo encontraron en la cueva de Shanidar, a 105 kilómetros al noreste de Mosul, la principal ciudad del norte de Irak. Es la misma cueva en la que el arqueólogo estadounidense Ralph Solecki descubrió parte de los esqueletos de diez neandertales cuyo entierro ayudó a cambiar la imagen que la ciencia tenía de ellos. Lo llamaron Shanidar A. La letra A se debe a que fue el primero en ser enterrado allí. Solo encontraron algunas partes de su cuerpo: la mano derecha casi completa, dos costillas del lado izquierdo, un fragmento del costillar derecho, la escápula izquierda y seis dientes delanteros. Parece poco, pero, como detallan en la revista especializada Scientific Reports, el análisis arqueológico, tafonómico y forense permitió conocer mucho sobre Shanidar A y sobre la comunidad en la que vivía.
De sexo indeterminado, tendría alrededor de 45 años —todo un anciano para los estándares neandertales— y una salud dental muy deteriorada, con abundante sarro en toda la dentición. También habría sufrido un fuerte golpe que probablemente le deformó el rostro, a juzgar por el estado de algunos dientes. Pero lo más llamativo es un agujero perfectamente redondo en la escápula izquierda. Ese orificio solo pudo haber sido causado por un objeto punzante aplicado con mucha fuerza. Las autoras del estudio creen que fue una lanzada. La ausencia de cicatrización y otras evidencias indican que esa herida fue la que terminó con su vida hace unos 75.000 años.
“Es muy redondo y las fracturas radiales, como rayos de sol, son características de un trauma perimortem”, explicó Nohemi Sala, investigadora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (Cenieh) y coautora del trabajo. “No sabemos si fue una lanza; a partir del análisis no podemos diferenciarlo de un accidente de caza”, agregó Sala, que junto a otras investigadoras del Cenieh, entre ellas Ana Pantoja, estuvo a cargo del estudio tafonómico, algo así como una autopsia aplicada a restos arqueológicos. Aunque no exista certeza sobre si se trató de un hecho violento, la lanza, de madera, ingresó desde una posición elevada por la parte delantera del torso y atravesó el hueso. De hecho, se conservaron fragmentos óseos compatibles con los que habrían tapado el agujero. En esa trayectoria se encontraba el corazón.
Emma Pomeroy, osteoarqueóloga de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) y autora principal del estudio, coincide en que ambas hipótesis siguen abiertas. “Podría tratarse de un accidente de caza, pero, aunque necesitamos investigar más esta posibilidad, la forma en que se dañó la escápula se parece más a las heridas experimentales causadas por una lanza de empuje que por una lanza arrojadiza”, sostuvo. Para sostener esa interpretación recurrieron a distintos estudios y experimentos realizados con lanzas y animales. “Para apuñalar a alguien con una lanza de empuje hay que estar muy cerca, y podemos afirmar que la lanza ingresó de adelante hacia atrás, por lo que quien la utilizó debía estar frente a la víctima. Por eso, es muy probable que esta lesión haya sido consecuencia de un acto de violencia y no de un accidente”, completó.
Algún tiempo antes de morir por esa herida, Shanidar A sufrió otro percance importante. Varios dientes presentan señales de haberse desplazado de lugar. Pero uno de ellos, un incisivo, aparece partido longitudinalmente, de arriba abajo. “Para partir un diente de esa manera debió recibir un golpe muy fuerte en la cara”, sostuvo Pomeroy. Sin embargo, enseguida aclaró con cautela: “No podemos saber si ese golpe fue intencional o accidental, si se cayó y se golpeó con fuerza la cara o si ocurrió algo diferente”.
Lo que sí saben los investigadores es que debió haber sufrido mucho dolor y que necesitó cuidados, incluso ayuda para alimentarse durante un tiempo. “Se recuperó de esa lesión; lo cuidaron”, destacó Sala. “Después tuvo otra lesión de la que no se recuperó, la de la lanza. Pero volvieron a cuidarlo después de su muerte. Eso dice mucho de la naturaleza humana de hace 75.000 años”, concluyó.
Para Graeme Barker, profesor emérito de Arqueología en Cambridge y director de las excavaciones de Shanidar desde 2015, los enterramientos hallados en la cueva constituyen “un conjunto único dentro de la arqueología neandertal”. Según señaló, “la cuestión de si los neandertales enterraban o no a sus muertos con rituales funerarios —es decir, si reflexionaban de algún modo sobre las consecuencias de la muerte— fue objeto de un intenso debate desde los hallazgos originales de Shanidar. Pero la evidencia combinada de las excavaciones antiguas y las nuevas parece indicar un rotundo sí, lo hacían, al menos en este caso”.
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