
Ella perdió la vista. Su padre multimillonario apostó por un nuevo y audaz tratamiento
Por primera vez, se transfirieron partes celulares desde la pierna de la hija de 26 años de Bill Ackman a sus ojos para ayudar a restaurar su visión
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WASHINGTON.- La vida del multimillonario Bill Ackman dio un vuelco en febrero cuando su hija de 26 años colapsó en su departamento de Brooklyn y sufrió una hemorragia cerebral que la dejó incapaz de moverse, hablar o ver.
El administrador de fondos de cobertura hizo lo que cualquier buen padre haría; al menos, cualquier padre con vastos recursos financieros y lo que sus amigos describen como una tendencia a querer arreglarlo todo. Entró en acción, consiguiéndole atención de primer nivel en el Hospital Mt. Sinai de Nueva York y consultando a una red de amigos bien conectados en todo el mundo. La ayudó a acceder a una novedosa terapia celular que viene ganando terreno entre los entusiastas de la longevidad, que buscan formas de prolongar la vida humana. Y luego, motivado por un nuevo deseo de acelerar la investigación científica, prometió invertir más de us$400 millones para crear un instituto dedicado a la longevidad y la salud cerebral.
“Nuestro objetivo es construir el instituto de investigación cerebral, rehabilitación, recuperación, optimización humana y longevidad más grande del mundo”, dijo en X, donde viene documentando su saga personal con el detalle y la arrogancia que lo caracterizan frente a sus 2,9 millones de seguidores. Esta semana publicó que la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. (FDA por su sigla en inglés), en mayo, otorgó al equipo médico de su hija Lucy una autorización de emergencia para realizar por primera vez un trasplante de mitocondrias —la parte de las células humanas que produce energía— desde el músculo de su pierna hacia sus ojos, con la esperanza de que esas diminutas centrales energéticas celulares facilitaran la recuperación de sus nervios ópticos y quizás incluso restauraran su visión.
La historia de Ackman pone de relieve el papel cada vez más importante de los ultrarricos en costosas apuestas médicas vinculadas con tratamientos de longevidad y otras terapias novedosas, alterando el rumbo de la investigación mientras disminuye la financiación federal para la ciencia durante la segunda administración Trump. Pero su historia también es profundamente personal, impulsada por la crisis médica de su hija.
El interés de Ackman por la longevidad, después de haber ganado miles de millones en Wall Street como administrador de fondos de cobertura, está alineado con esfuerzos igualmente ambiciosos de algunas de las figuras más importantes de Silicon Valley. El director ejecutivo de OpenAI, Sam Altman, respaldó a Retro Biosciences, una empresa emergente cuyo objetivo es añadir diez años saludables a la expectativa de vida humana mediante reprogramación celular. Según se informó, el fundador de Amazon, Jeff Bezos, financia Altos Labs, que se centra en el rejuvenecimiento y la resiliencia celular. (The Washington Post tiene una asociación de contenidos con OpenAI y Bezos es propietario de The Post).
El inversor multimillonario Peter Thiel, el cofundador de Google Sergey Brin y el cofundador de Oracle Larry Ellison también invierten fuertemente en métodos para extender la vida e intentar reescribir la biología del envejecimiento. Elon Musk cofundó la empresa de implantes cerebrales Neuralink, mientras que la más reciente empresa emergente de Max Hodak, también cofundador de Neuralink, Science, recaudó cientos de millones de dólares para desarrollar un chip retinal que restaura parte de la visión en personas con degeneración macular relacionada con la edad.
Muchas de estas figuras, incluido Ackman, apoyan al presidente Donald Trump, cuya administración adoptó posiciones y designó funcionarios favorables al movimiento de la longevidad. El secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., dijo que sigue protocolos experimentales de longevidad. Jim O’Neill, un inversor enfocado en la longevidad y excolega de Thiel, dejó un alto cargo en el Departamento de Salud y Servicios Humanos a comienzos de este año y es el actual candidato de Trump para dirigir la Fundación Nacional de Ciencias. Un panel de la FDA votó recientemente para ampliar el acceso a varios péptidos populares entre los biohackers, revirtiendo una postura anterior. Los defensores de la longevidad también presionan a la FDA para que clasifique el envejecimiento en sí mismo como una enfermedad.
Al mismo tiempo, la administración recortó la financiación para la ciencia: hubo al menos 2700 proyectos científicos menos respaldados por los Institutos Nacionales de Salud durante el año fiscal 2025, una reducción de alrededor del 15% en el número de subvenciones competitivas respecto del año fiscal anterior, según un análisis de The Post. La administración eliminó más de 100 comités asesores de agencias científicas, según un informe publicado en abril en la revista Nature, y provocó un éxodo de personal dentro de la FDA, que regula el desarrollo de nuevos medicamentos. Los multimillonarios, con sus intereses particulares, intervienen cada vez más para llenar ese vacío.
Ackman declinó hacer comentarios para este artículo.
La terapia aplicada a Lucy Ackman, conocida como trasplante mitocondrial, despierta gran interés no solo entre quienes sufrieron lesiones, sino también entre científicos dedicados a la longevidad que creen que las mitocondrias podrían ayudar a revertir algunos efectos del envejecimiento. Las mitocondrias son conocidas desde hace mucho tiempo como las centrales energéticas de la célula, ya que convierten los alimentos en trifosfato de adenosina, o ATP, que funciona como una reserva de energía dentro de la célula.
En los últimos años, los científicos descubrieron que las mitocondrias cumplen muchas otras funciones además de convertir alimentos en energía. Actúan como centros de limpieza de células dañadas, abriendo la posibilidad de que puedan contribuir a la regeneración y reparación celular, explicó Daria Mochly-Rosen, profesora de biología química y de sistemas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford y coautora de The Life Machines: How Taking Care of Your Mitochondria Can Transform Your Health.
“Soy una de las que cree que centrarse en la salud mitocondrial es una forma de abordar muchas enfermedades humanas, incluido el envejecimiento en sí mismo”, dijo. “Es emocionante”.
El primer trasplante de mitocondrias de una parte del cuerpo humano a otra fue reportado en 2017, desde un músculo abdominal al corazón. Desde entonces se realizaron decenas, incluido un trasplante al cerebro en 2024, pero nunca antes a ojos humanos, señaló Mochly-Rosen.
En una entrevista por correo electrónico, David Putrino, neurocientífico de Mt. Sinai responsable de la atención de Lucy Ackman, dijo que él, Chris Kellner y otros colegas trabajaban en la investigación de trasplantes mitocondriales desde hacía aproximadamente un año a través del Centro Cohen de Mt. Sinai para la Recuperación de Enfermedades Crónicas Complejas, que dirige Putrino. En abril, leyeron un estudio publicado en la revista Nature en el que se utilizó con éxito un trasplante mitocondrial para ayudar a un ratón a recuperarse de una lesión que había aplastado su nervio óptico. El estudio convenció al equipo médico de Mt. Sinai de que había llegado el momento de intentar una aplicación terapéutica en humanos; un momento que Putrino describió como “extremadamente fortuito” porque casualmente tenía una paciente que podía ser candidata para ese procedimiento.
Los médicos de Lucy Ackman se acercaron a su familia con la propuesta y el equipo finalmente solicitó un permiso regulatorio urgente para obtener el tratamiento, conocido como eIND, algo que Putrino dijo que solo había hecho dos veces antes en toda su carrera. En esos casos y en este, aseguró haber quedado “asombrado por el rigor, la rapidez y la compasión” de los científicos de la FDA que revisaron la solicitud. La autorización, conocida como “uso compasivo”, permite el acceso inmediato a terapias de investigación cuando no existen tratamientos estándar alternativos para salvar la vida de una persona.
“Este es un primer paso importante para validar la seguridad y la tolerabilidad de una terapia novedosa extremadamente prometedora”, dijo. “Tenemos la esperanza de que este tratamiento pueda aplicarse a una amplia variedad de afecciones neurológicas a medida que aprendamos más”.
La FDA no respondió a una solicitud de comentarios.
Aun así, Mochly-Rosen señaló que algunos científicos se muestran escépticos respecto de que inyectar un pequeño número de mitocondrias pueda generar beneficios cuando el cuerpo necesita billones de ellas para funcionar. También creen que las mitocondrias podrían no sobrevivir fácilmente al proceso de implantación.
“Hay personas que cuestionan si todo esto es real”, dijo.
Durante las primeras semanas, el tratamiento —una inyección en los ojos— proporcionó a Lucy Ackman una pequeña mejora. Recuperó la capacidad de percibir la luz, según un artículo que el equipo de Putrino envió a la revista Nature y que todavía no fue revisado por pares. El documento señaló además que el procedimiento no produjo daños oculares, algo importante de evaluar porque era la primera vez que se realizaba en una persona. Después de aproximadamente un mes, el beneficio pareció desaparecer.
“Estamos trabajando en un método para inyectar sus ojos con más frecuencia”, publicó Bill Ackman esta semana, y agregó que las mitocondrias “tienen un potencial asombroso”.
Ackman es filántropo desde hace muchos años y un exdemócrata que en otro momento realizó algunas de sus mayores donaciones a causas vinculadas con el acceso universitario de inmigrantes indocumentados. Durante la pandemia de coronavirus atravesó una transformación política y se volcó hacia la derecha.
Ese cambio estuvo impulsado, en parte, por lo que consideró una respuesta mediocre e insensible de Harvard, su alma mater, frente al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 contra Israel, especialmente si se la compara con la reacción que Harvard y otras universidades tuvieron ante el asesinato de George Floyd por parte de la policía en 2020. Según declaró en extensas entrevistas concedidas a The Post para un perfil publicado en 2024, también consideró que el énfasis en la “diversidad, equidad e inclusión” (DEI) fue un factor importante en el crecimiento del antisemitismo porque dividía a los grupos dentro de una lógica de opresores y oprimidos y colocaba a los judíos blancos dentro de la primera categoría.
Ese mismo año ayudó a impulsar, a través de una serie de extensas diatribas publicadas en internet, la salida de Claudine Gay, la primera presidenta negra de Harvard.
Ackman se volvió especialmente activo en X —una plataforma que no utilizaba antes de la pandemia— y comenzó a interactuar con figuras tecnológicas de derecha, un ambiente donde abundan las conversaciones sobre optimización humana y longevidad. Ese grupo, que incluye al divulgador de salud y profesor de la Universidad de Stanford Andrew Huberman, estuvo entre los primeros en respaldar públicamente sus posteos sobre mitocondrias.
“Anticipaste este enfoque”, escribió Huberman en X al etiquetar a un científico de la longevidad que previamente había entrevistado en su podcast.
Tanto en su cruzada contra Harvard como en sus cartas como accionista activista, Ackman es conocido por sus textos extensos y por involucrarse completamente en las causas que abraza. Después de la campaña contra la universidad también anunció la creación de un centro de pensamiento, actualmente conocido como Carob Trust.
Su publicación inicial sobre Lucy superó las 1900 palabras. Allí desplegó su habitual energía orientada a las soluciones, su tendencia a desviarse hacia explicaciones secundarias —incluida una descripción sobre cómo logró adquirir los inmuebles para el laboratorio de una universidad cuyo patrimonio había perdido valor— y su estilo para presentar planes ambiciosos. También contó que convocó a un premio Nobel, a un destacado neurocientífico y al director ejecutivo de la farmacéutica Regeneron para integrar el directorio de su nuevo proyecto.
Ackman explicó además que había pensado en crear un instituto cerebral varios años atrás, después de que la madre de su esposa, Neri Oxman, muriera de Alzheimer, aunque en ese momento “los números no cerraban”.
Desde entonces, sostuvo, las universidades se habían convertido en “un lugar mucho menos atractivo para trabajar debido a que la política supera a la meritocracia, las protestas interrumpen el aprendizaje, existe la maldición del antisemitismo y disminuyó la financiación”, lo que, según él, le permitió adquirir espacio físico y reclutar talento.
Dijo que llamará al instituto Ackman Oxman Institute —“o AOI, por falta de un nombre mejor”— y que estará centrado en los pacientes.
“No será un instituto académico dedicado a producir muchos artículos científicos”, escribió.
En cuanto a Lucy, señaló que la recuperación será difícil, aunque se mostró “optimista” respecto de que algún día “volverá a una función normal”. También contó que mantiene reuniones diarias por Zoom durante una hora con el equipo médico.
La visión, concluyó, será probablemente la capacidad más difícil de recuperar.
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