
En Caseros, la euforia se metió en el túnel y desbordó todas las calles cercanas
Una multitud se congregó en ese punto; al igual que en el triunfo anterior, un músico con su trombón organizó los cantitos
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En la esquina de avenida San Martín y Urquiza, a metros del túnel de Caseros, en el partido de Tres de Febrero, no entraba una emoción más: alegría, euforia, emoción, adrenalina, y muchas ganas de más. Miles de argentinos que viven en la zona oeste lo tomaron como el Obelisco del conurbano. Allí se encontraron en este Mundial de fútbol, en cada triunfo de la Argentina, pero el de hoy tuvo un sabor particular: había que juntarse para cantar, gritar, bailar, todos juntos y sacar del cuerpo toda esa ebullición de emociones que produjo esta victoria.

La gente empezó a llegar apenas terminó el partido contra Inglaterra, pero una hora después, a las 19, ya no entraba más gente en el túnel que cruza las vías del tren San Martín y la multitud copaba varias cuadras a la redonda. Todos circulaban, intentando acercarse al paso bajo nivel, donde al igual que en el partido contra Suiza, se instaló un trombonista que organizó la batucada y los cantitos.

Pero la participación de este músico se volvió tan viral en las redes, que ahora la convocatoria fue mucho mayor que cualquiera de las anteriores. Suerte para todos, porque el hombre del trombón en el túnel no fue el único. Otros dos músicos, munidos con ese mismo instrumento de viento se instalaron en la entrada del túnel. Y también se autoconvocaron varios trompetistas, que aportaron lo suyo al ánimo de festejo.

Media hora más tarde, ya había personas subidas a los techos de los quioscos de diario, a los semáforos, a las ventanas de un colegio de la esquina, a donde sea, con tal de celebrar. Hubo bengalas, redoblantes, mucha cerveza, tereré y Fernet. “España tiene miedo, España tiene miedo”, era el cantito que alternaba con “El que no salta es un inglés”.

Mientras la multitud bailaba y cantaba, un grupo de hinchas empezó a hacer circular un ataúd tamaño real hecho de cartón y forrado con la bandera de Inglaterra. La gente saltaba y cantaba como si no hubiera un mañana, o como si mañana no se trabajara, felices por festejar después de tanto sufrir. “Qué manera de sufrir, por eso el festejo se disfruta más”, dijo Roxana Recalde, de 53 años, docente, que bailaba con su nieta. Detrás de ella, el slogan de la Iglesia Universal que se levanta justo antes del bajo nivel, parecía escrito para ese momento: “Pare de sufrir”.

Cita obligada
Los que tienen una cita impostergable mañana son Lourdes Ponce, de 27 años y Gabriel Clemente, de 28, que a las 11.40 sacaron turno en el Registro Civil, a unas pocas cuadras de allí para casarse. Ella es manicurista, él empleado de comercio. “Esperemos poder despertarnos, no sé hasta qué hora nos quedaremos. Pero lo que es seguro es que vamos a dormir con mucha felicidad”, dijo Gabriel.

“Es una señal, nos teníamos que casar. Mirá la fiesta que se armó”, bromeó Lourdes, con la pequeña Martina, de apenas un mes y medio en brazos, a una cuadra del epicentro de los festejos en Caseros. “Íbamos a festejar el domingo, pero no sabemos, por ahora suspendimos todo, porque yo creo que vamos a estar otra vez acá festejando. Y qué fiesta, estamos muy felices”, agregó él. Ellos vieron el partido en su departamento, a unas diez cuadras del punto de reunión barrial. “Los goles se gritaron igual, a pesar de que Martina dormía, pero no se despertó. De hecho, con todo este ruido sigue dormida”, contó la mamá.

Roma Alles, de 8 años, afirmó con mucha convicción que ella no dudó nunca de que la Argentina iba a ganar. “No dudé ni siquiera cuando Inglaterra hizo un gol. En el colegio dije que íbamos a ganar 2 a 1 y acerté”, apuntó, mientras festejaba con su madre, Gianella, en la emblemática esquina de Caseros. “Estamos acostumbrados a sufrir. Siempre los partidos se resuelven a último momento y, como sufrimos tanto, el triunfo se disfruta más”, detalló Martín Briguori, la pareja de Gianella. “Pero este no era un partido más. Para mí, tenía una carga muy especial, por Malvinas, por toda la historia, por lo que dijeron los ingleses. Por eso, lo festejamos con esta alegría”, agregó Gianella, que trabaja en una empresa extranjera. “A la tarde no trabajó nadie, todos queríamos ver el partido”, contó. Lo mismo pasó en la fábrica que tiene Martín en Caseros: “Todos querían ver el partido y cerramos”.
Cuando llegó el segundo gol de la Argentina, Leandro Rabinovich y Eliana Pacheco se pegaron el susto de su vida: Valentín, de 9 años, salió a festejar al balcón y de pronto se desvaneció. “Fue tanta la emoción, la tensión, que cuando llegó el gol se desmayó”, relató Leandro.

“Literalmente empezamos a cachetearlo, y reaccionó. Fue demasiada emoción. Después tratamos de mirarlo más tranquilos, pero por suerte ya faltaba muy poquito. Esos minutos hasta que el árbitro tocó fueron eternos”, describió Eliana. Pero luego, de tanta alegría, todos querían salir a festejar, incluidos los abuelos, Sergio y Adriana, lo mismo que el hermano de Valentín, Giuliano, de siete años. Así que se pusieron las camperas y salieron a caminar esas ocho cuadras hasta la esquina donde se juntan todos en el barrio para festejar desde que empezó esta Copa del Mundo.
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