Federico Álvarez Castillo: "A mí me salvaron mis amigos, me llevaron de la mano como si fuese un chico huérfano"
La moto, una Puma 98 -un calco de la que hoy integra su colección de dieciséis motos y cinco autos clásicos, que atesora en San Isidro-, yacía, herrumbrada, en un gallinero de Burzaco. El chico la observaba con veneración. "¿Te gusta?", quiso saber el tío. "Llevátela, así la desarmás y aprendés de mecánica." Federico tenía apenas 10 años. Además de ponerla a punto solo, se impuso aprender a andar. Cierta tarde, en una calle polvorienta y cortada del barrio, la empujó, jadeante y feliz, y se montó en ella. Pero no sabía frenar, y un paredón lo detuvo. Un tiempo después, cuando Burzaco se quedaba varios días sin luz, cansado de ir a buscar agua con baldes, con la rueda de esa moto Federico ideó un sistema de propulsión que oficiaba de bomba y cargaba el tanque. En aquella casa de techos de chapa, sin calefacción y con la heladera siempre vacía, de vez en cuando la abuela Ada sonreía mientras compartía con las vecinas la hazaña de su nieto precoz. Los vecinos también esperaban su mano salvadora. Así, el muchachito algo inhibido y muy requerido, se solidarizaba con el vecindario y obtuvo sus primeras propinas.
Federico Álvarez Castillo, el self-made man, empresario exitoso a fuerza de "pasión, dedicación, compromiso y talento", evoca su infancia con un tono templado y recuerdos muy minuciosos. Como si quisiese tomar distancia de aquel momento de su biografía lleno de carencias que, sin embargo, fueron un motor para su progreso. Conversa en uno de sus espacios más íntimos, donde ningún detalle estético ha sido librado al azar, una especie de templo que él mismo diseñó para cobijar sus pasiones: sus motos y sus autos de colección, que están exhibidos con los mismos cuidados y el mismo celo con que se ofrecen las pinturas y las esculturas en un museo moderno. Pero, antes que esos tesoros clásicos y piezas únicas -hay desde un Bentley y un Aston Martin hasta una moto Sunbean de 1927 y una Gilera de 1947-, impacta el apasionamiento con que se refiere a ellos.
-Eso de querer algo y encontrarle la vuelta para obtenerlo, ¿asomó en la niñez?
Fue instinto de supervivencia. De chico, la vida me producía perplejidad. Estuve muy solo durante mucho tiempo. Tenía 11 años cuando mi padre murió de cáncer y mi madre, que estaba separada de él y debía trabajar, decidió que a mí me criara mi abuela, y a mi hermana, mi tía. De golpe, me quedé sin padre, sin hermana, sin hogar. Me convertí casi en un niño autista, durante seis años estuve sin hablar. No entendía bien cómo era la vida. Visto a la distancia, no fui un chico carente de amor, pero sí de manifestaciones físicas de afecto. Mi abuela, de pelo blanco recogido en un rodete, era muy rigurosa; a mi madre la veía poco. O sea, el contacto afectivo no lo tuve nunca. De nadie.
-¿Qué imagen tenías de tu padre?
Una muy vaga, porque tampoco lo veía. Sé de él por lo que me han contado: trabajaba de lo que podía. Mi pasión por la mecánica, por ejemplo, vino por mi abuelo, inventor, un tipo muy creativo. Tenía un taller en el fondo de la casa de otra tía mía, y yo pasaba horas observándolo. No hablábamos. La relación era muy extraña y transcurría en silencio. Pero él me influyó.
-¿El trabajo infantil fue un modo de ascenso económico o un escape?
-Ambos. Como en casa había una necesidad grande de todo, el dinero para mí siempre fue un tema conflictivo. Pero tenía mi Pumita, andaba por todos lados, y Hugo Grey, el dueño del taller en Burzaco, me ofreció trabajar con él. A la mañana estudiaba. Ya de chico me convertí en una bestia del trabajo: si todos se iban a las 6 de la tarde, yo me quedaba hasta las 10. Y eso continuó por mucho tiempo, inclusive en la moda. Fue una fórmula que a mí me dio mucho resultado: la pasión unida al esfuerzo. Hoy veo a mis hijos y a los hijos de mis amigos y detecto enseguida quiénes son apasionados. Estoy convencido de que los apasionados están salvados. Yo lo era, aún lo soy. Si a la pasión le sumás horas y esfuerzo, es difícil que te vaya mal. Mi método de aprendizaje fue observar, descifrar, desarrollar un talento. Hacer y hacer. Esta colección y todo lo que sé de motos [señala al piso de arriba, donde se exhiben] tiene que ver con eso.
-¿No hubo bálsamo en la infancia?
-El taller. Es que por dentro, además de dolor, sentía vergüenza. Era consciente de que mis amigos tenían comodidades de las que yo carecía. Pero, a pesar de nuestra humidad, mi familia tenía cierto refinamiento. Intelectualmente me sentía un par, pero no lo sentía en todo el resto. No me iban a buscar al colegio nunca, nadie iba a los actos, todos se iban de vacaciones, y yo me quedaba trabajando. Entonces, mentía. Decía que me iba a Chascomús, que tenía allí un tío. Ocultaba mi malestar, lo guardaba como un secreto. Pero los padres de mis amigos me cobijaron. Ésa fue mi salvación. Por eso para mí la amistad es un valor supremo. Porque a mí me salvaron mis amigos: me vistieron, me dieron de comer, me dieron acceso, cultura. Me llevaron de la mano como si fuese un chico huérfano y me metieron en su vida.
-¿Cómo sobrellevaste ese dolor en la adolescencia?
-Empeoró. Las hormonas, la rebeldía, incrementaron la crisis. Iba tanteando, nadie me guiaba, pero entendí que en el taller no iba a progresar. Entonces, estudiaba en un industrial nocturno en Temperley y trabajaba en la Capital para el padre de un amigo. Hacía el papelerío para los despachantes de aduana. A las 7 de la mañana, cuando se abrían los containers, estaba ahí. Viajaba a las 5 en el Roca hasta Constitución, colgado en los estribos del tren. De ahí, otro colectivo hasta el puerto. A la noche iba al colegio y cuando a las 12 volvía a tomar el tren, me pasaba de estación porque me dormía...
-¿Cómo lo veías en ese momento?
No lo veía. No me daba cuenta de qué era lo que estaba haciendo mal. Pasé mucho tiempo así, hasta que un día llego tarde a la estación y voy corriendo al andén. Lo recuerdo perfecto: el tren arranca y yo me subo con un pie en cada vagón. Voy haciendo equilibrio. Llevo un saco azul, un pantalón gris, mocasines. De pronto, empieza a diluviar. Con todo ese malestar, empapado, a la hora y media de viaje me dije: "No sé cómo es la vida, pero así no es". Cuando llegué a casa le dije a mi abuela que me iba. "¿Y adónde vas a ir?", me preguntó. No tenía idea. Me despedí de ella y le prometí que iba a ayudarla en el futuro.
¿Quiénes te rescataron?
-Muchos, y dos en especial: Oscar Rico, mi mejor amigo de la infancia, y su padre, que ahora falleció. Lo tomé a él como a uno de mis referentes paternos. Si me gustaba de algún padre cierto rasgo, yo lo hacía mío; de otro, tomaba otra cosa. Iba armando mi modelo con rasgos de cada uno. "Este quiero ser yo", me decía. Siempre en silencio, ya que ellos nunca lo supieron. Necesitaba tener espejos. La verdad, tuve mucha suerte. Me rodeé de buena gente; de tipos muy generosos. Y al vivir más cerca del trabajo y dedicarle más tiempo, las cosas empezaron a cambiar.
-¿Fue suerte o intuición para detectar esa nobleza?
-Elegía a esa gente con mucha conciencia. Como nadie me ponía límites, ya de chico entendí que no podía caer a la deriva, que debía ordenarme y autolimitarme. Nunca me drogué, nunca salí de noche. No fui a bailar, de hecho, no bailo hoy. En cambio, me decía: "Este amigo, este padre me gusta, es por acá". Y los copiaba. Hubo también una "bajada de línea" de mi madre, mi abuela y mi tía sobre la honestidad y la caridad. Y no es que ellas tan solo me lo decían. Ellas convertían esas ideas en actos.
-¿Por ejemplo?
-Una vez, de chicos, mi hermana y yo estábamos durmiendo y se desató un temporal. Cayó un árbol, rompió el vidrio de una ventana y en el cuarto entraba agua y viento. Había astillas en la cama. De pronto, sin decir nada, mi madre se levantó, se puso un piloto y unas botas y se fue. Antes de que partiera le pregunté adónde iba. "A la comisaría, a ayudar a la gente", me respondió. "Sabés cómo deben de estar los demás?". Yo pensaba para mis adentros: "Pero empezá por acá?". Si bien adoro a mi madre y a mi hermana, creo que los vínculos elegidos -la amistad cultivada, ese ida y vuelta de poder elegir y ser elegido-son más valiosos que los adquiridos. Para mí la amistad tiene un valor supremo.
-¿Cuándo apareció tu oportunidad?
-Hubo varias. A los 19 años, Guido Lima, en Pinarmar, me ofreció trabajar como cadete en Fiorucci. El mundo de la moda me parecía frívolo, me quedaba grande, no me gustaba. Pero me adapté, hice carrera rápido, trabajando más que el resto, y en dos años llegué a ser gerente de marketing. Un día, cuando estaba en el local de Punta del Este, colgando un logo de la marca montado en una escalera, pasó a mi lado un tipo vestido de blanco. Siguió de largo, pero de pronto volvió sobre sus pasos y me dijo: "Me sucedió una cosa increíble. Te vi y recibí un mensaje de Dios. Vos y yo vamos a trabajar juntos". Y siguió su camino. Cuando regresé a Buenos Aires, recibí su llamado en Fiorucci: "Hola, soy Alberto Cohen", se presentó. "¿Te acordás del tipo de la escalera? Estoy enfrente. ¿Podés bajar?". Era muy carismático. Me contó que tenía nueve tiendas, pero que estaba en convocatoria, porque no les había pagado a sus proveedores. Y que nadie le vendía indumentaria. "Ayudame a pensar algo", me pidió. "Porque yo recibí una señal." Yo me quería ir, pero él insistió. "Es básico", le dije. "Tenés que hacerte una marca." Me propuso hacer doscientos jeans, y me ofreció una comisión del 10 por ciento. El acuerdo era malísimo, pero él me acicateaba: "Si se venden, hacemos más". Nos dimos la mano y jamás firmamos un papel.
-¿Se vendió todo?
-Compramos una marca, Mango, y me fui a vivir a Pergamino, donde se confeccionan los jeans. En seis meses esos doscientos se convirtieron en setenta mil. De estar quebrado, Cohen pasó a ser multimillonario. Fue tan grande el cambio económico para mí, que yo, con 20 años, me sentía rico. Pensá en los flacos que dejé en Burzaco, en el techo de chapa. Fue una cosa violenta, muy rápida. Además, cuando pactás por una variable de la venta, y esta crece exponencialmente, es obvio que ese porcentaje lo bajás. Cohen nunca lo hizo, fue muy honorable. Ni siquiera teníamos un contrato firmado.
-¿Cómo te impactó el éxito?
-Me manejé con naturalidad. No me volví loco. Empecé a devolver: a ayudar a los que me habían ayudado, incorporándolos para que trabajaran conmigo. Lo hacen aún hoy, directa o indirectamente. Porque quienes me ayudaron jamás especularon. Conmigo no había retorno, era caridad pura. Y eso lo sigo teniendo presente. Esos actos de amor me condicionan hoy a ser leal y a retribuirles lo que me dieron. La satisfacción es ésa. El dinero nunca es el motor. Lo más importante fue que esa evolución me hizo rico espiritualmente. Me dio una seguridad que no tenía.
-En lo profesional, esa seguridad se extendió ahora a lo inmobiliario.
-Sí. Uno hace todo para agradar y para ser reconocido. A mí eso me llegó por mi trabajo. No por el amor, la educación o la contención recibidas, sino por mérito de mi esfuerzo y de mi pasión. Jamás hice negocios con el Estado ni di coimas. Y me fue bien. Ahora, cuando podría trabajar menos, trabajo más. Puedo tener 40 grados de fiebre, pero no me permito quedarme en cama.
-¿Cuál es el motor, hoy?
-Mis hijos. Poder asegurarles una educación ilimitada hasta donde ellos quieran llegar. No subestimo la educación, porque yo he padecido su falta. Suelo decirles a mis tres hijos que tienen que tomar sólo una parte de mi modelo. El resto no es por ahí. Cuando veo a quienes tuvieron acceso a una buena educación, admiro su cultura, su capacidad para moverse en el mundo. Yo soy más limitado, tengo unos baches que, de haber podido estudiar, hoy no tendría. Pero sigo siendo una esponja, como cuando era chico.
-El arquitecto Jacques Bedel, quien proyectó algunas de tus casas, decía que eras un arquitecto frustrado. ¿Es así?
-Al principio, cuando empecé a diseñar mis locales y mis casas, fue así. Esto que ves, delante tuyo, era un baldío. Todo lo diseñé yo. [Extiende una mano y señala la edificación moderna, en dos plantas, de unos 2000 m2. Son ambientes donde cada modelo de auto, por ejemplo, se exhibe junto a una imagen histórica de las carreras en que participó. Desde Le Mans, en 1935, en adelante.] Hoy, en los proyectos Al Río, en la ex casa de Yabrán, donde proyectamos veinte casas de lujo, o en el emprendimiento en Rocha, en Uruguay, en el que estoy asociado con Roemmers y Bulgheroni, mi participación creativa es grande. Todo lo que hago tiene una impronta estética, ésa es mi marca. Si algo no lo tiene, para mí no hay armonía.
-En lo político, ¿a quién apoyás?
-Como todo empresario, soy y seré siempre oficialista. Esté quién esté. Cierto día, para destrabar una importación, me senté con Guillermo Moreno y empezó a patotearme: "Vos y el polo... -se refería al auspicio que le daba Etiqueta Negra a La Ellerstina-. ¿Por qué ustedes, los empresarios, no van a laburar?". "¿Quéres que te cuente de dónde vengo, viejo"?, le dije. Y me tuvo que escuchar.
-¿Sabés disfrutar?
Es algo que me ha costado siempre, siento culpa. Necesito tener proyectos empresariales y personales de todo tipo. No uno, muchos, si no me aburro. Durante mis veintidós años de matrimonio con Paula [Cahen D' Anvers], las vacaciones llegaban por presión de ella y de mis hijos. Siete años atrás, ella tuvo cáncer y, si bien siempre trabajó a la par de mí, empezó a necesitar espacios de mayor tranquilidad. Yo le decía: "No me pidas que deje de hacer". Sentía que eso había sido mi salvación.
-¿Ese divorcio fue tu gran fracaso?
-No me separé por eso. [De pronto, se detiene y medita unos segundos.] Pero sí, sentí que en lo más importante había fracasado. Tuve una crisis brutal, pensé que mi proyecto de familia había terminado. Hoy, lo veo de otra manera. Pasaron nueve meses, Paula está de novia, sé que la voy a querer siempre, porque es la madre de Luna e Indalecio [su otra hija, Josefina, es fruto de su primer matrimonio]y con Lara [Bernasconi] apuesto a rehacer un proyecto sólido de familia.
-¿Siempre para adelante?
-Sí, no soy melancólico. El otro día, cuando Del Potro amagó con abandonar el tenis por su lesión, Federer le escribió: "Seguí jugando, aunque te duela". Me pareció una síntesis extraordinaria de lo que es la vida..
Bio
Profesión: empresario textil e inmobiliario
Edad: 56 años
Es dueño de Etiqueta Negra y Gola. Creó Mango, Diesel, Paula Cahen D’Anvers y Motor Oil. Participa en los proyectos Al Río y Arenas de Rocha (Uruguay), entre otros. A fin de año lanzará otra marca de belleza para la mujer. Divorciado, tiene tres hijos: Josefina (25) y Luna (19) e Indalecio (11)
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