
Hace cien años moría Bartolomé Mitre y Vedia
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Hace hoy un siglo moría en Buenos Aires Bartolomé Mitre y Vedia, Bartolito, según la convención universal de su tiempo, para así distinguirlo de su progenitor.
Era, a la vez -asimismo en el consenso público, arbitrario pero no tanto-, "el más brillante de los hijos de Mitre", pesada carga, sobre todo en una ciudad en que los cenáculos eran pocos y reducidos, pero que él supo llevar con facilidad notoria.
Nunca es llevadero ser hijo de un gran hombre, tener su mismo nombre y actuar ante idénticos espectadores. En compensación de esas desventajas, Bartolito tuvo en su favor el azar que lo proveyó de un continente y de un carácter por completo distintos de los de su padre: era robusto, morrudo -"pícnico", se decía entonces, en estricto anticipo médico del proceso de su muerte iniciado con una apoplejía-, extrovertido, indisciplinado, irremediablemente fragmentario, humorista mordaz e impenitente...
Las similitudes residían en otra esfera; por supuesto, en la del agudo discernimiento, pero también en la índole emprendedora, en la serena confianza en sí mismo, en la capacidad de trabajo, en la fervorosa devoción por el conocimiento, visto por ambos como galardón máximo de la condición humana.
En 1895 y ya con 50 años sobre los hombros, a pedido de madame Clémence Malaurie, directora de La Revue illustrée du Río de la Plata, escribió una semblanza suya que se ha vuelto clásica y que tituló "Autotipía": "Nací -dice- en la Nueva Troya, cuya fama de heroica proclamó su ilustre compatriota Alejandro Dumas y donde aprendió Garibaldi a libertar pueblos con cuatro gatos y mucho de lo que hay que tener en tales empresas..."
Vida intensa
Hijo del exilio, primer vástago del oficial de artillería Bartolomé Mitre y de Delfina Vedia, había visto la luz en la Montevideo sitiada por el ejército de Oribe, y escuchado en la cuna el rumor de los tumultos. El hálito de la historia tan precozmente sentido signó sus afecciones y lo hizo tributario del recuerdo de las penurias contempladas en la primera infancia y también de un insistente amor por la tierra uruguaya, considerada por él su patria a la par de la argentina.
Estudió en Buenos Aires y en esta ciudad frecuentó jubilosa, pero con escasa aplicación las aulas de la Facultad de Derecho. Acompañó después a Sarmiento en su misión diplomática en los Estados Unidos y tuvo vida de viajero errante por Europa, Chile, Perú y Brasil.
"Con mi escaso bagaje escolar -cuenta, irónico y verboso- me lancé a cuerpo perdido en el mar de la vida, y fui versista, cronista, comisionista, martillero, traductor, cónsul, diplomático, soldado, maestro de escuela, pescador, fondero, autor de libros y de otras cosas, redactor y director de diarios, lector por sesiones, acusador y acusado alternativamente en cuestiones que no me llevaban un pito en la parada y en las que me pusieron de oro y azul; miembro de cien comisiones en las que no se ganaba más que dolores de cabeza; revolucionario sin tajada y empleado público, que es lo único que me pesa."
Por supuesto, la historia documental tiene más precisiones, en general conectadas con su talento desbordante y su labor periodística. Miembro hasta el tuétano de la generación del 80, Bartolito manejaba seis idiomas y era dueño de una prosa impecable y displicente, como mandada hacer a medida para el humorismo y la nota ligera.
Una singular disposición para abstraerse aun en los trances más complicados lo tornaba particularmente apto para el periodismo; con entera eficiencia fue entre 1882 y 1893 director de La Nación , lapso en que alternó esas funciones con su hermano Emilio. Pero su vena era la redacción personal, enderezada por lo común hacia la sátira, a menudo azuzada contra sí mismo. Su estilo cáustico y regocijado dio vida a una sección memorable que se llamó "A la pesca de noticias", y a multitud de artículos que dieron duradera popularidad a los seudónimos Argos y Claudio Caballero.
Fue de los primeros que entre nosotros habló del periodismo como práctica y profesión -en "¡Vamos Francisco! ¡Alto Francisco!"- y dejó, además, semblanzas, impresiones de viaje y una narración breve -"Bocaccio"- , que es una muestra de la búsqueda literaria de un lenguaje y de un trasfondo realistas, contrapuestos a la ampulosidad expresiva y a la exasperación romántica entonces imperantes.
Un año después de su muerte, la Biblioteca de La Nación publicó un libro de título tan paradójico como había sido el autor. "Páginas serias y humorísticas", que es lo mismo que decir todo y también que no decir nada: de sus páginas -siempre amarillentas, necesariamente amarillentas a esta altura de las cosas, por más que haya ediciones posteriores- surge todavía un conato de burla, que de pronto resulta, como todas las burlas matizadas por el recuerdo, algo melancólica.
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