La bomba que cambió la vida de un barrio
Muchos de los vecinos se mudaron y los comerciantes tuvieron que empezar de cero; en ese terreno habrá una plaza seca
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Eran las 14.45 del martes 17 de marzo de 1992. Un segundo le llevó a la mortal explosión cambiar para siempre la vida de los que vivían, trabajan o pasaban circunstancialmente cerca de la esquina de Arroyo y Suipacha. Un único segundo que, ocho años después, nadie consigue olvidar.
Vecinos y comerciantes aseguran que el atentado contra la embajada de Israel trastocó el ritmo del barrio. Que muchos se mudaron, que otros tuvieron que levantar los comercios desde los escombros, que todos prefieren callarse y no hablar del tema.
Mañana, cuando se cumplan ocho años del atentado que arrasó con 29 vidas, se inaugurará una plaza seca en el solar donde estaba la sede diplomática. La superficie del predio, de 545,70 metros cuadrados, estará rodeada de agua. También habrá árboles que recordarán a las víctimas y sus nombres se inscribirán en una pared.
"Hubo un antes y un después de la bomba, pero de eso ya no se habla", dijo Viviana López. Siete puntos en la cara y una cicatriz en el cuello son las huellas físicas que conserva del atentado. De las otras, de las heridas que no se ven a simple vista, prefiere no acordarse.
Desde 1987, Viviana trabaja en la galería comercial que funciona debajo del edificio en diagonal al terreno de la embajada. "Como todos los momentos malos, uno trata de no revivirlos. Fue un día imborrable", dice.
En la misma galería está el local de fotografía de Rolo Repetto. Nunca habla de aquel día. "Me remonta a algo que no construye nada para mí", se excusa. Pero continúa: "Creo que recordar cosas provocadas por el odio le resta espacio al amor. Sólo los que estuvimos ese día sabemos lo que vivimos."
Educar para la paz
Unos 200 chicos estaban en el colegio parroquial Josefa Capdevila de Gutiérrez el día del atentado. Está frente a la embajada y la explosión lo destruyó. Chicos y maestras sufrieron heridas, pero la bomba se llevó la vida del párroco, de uno de los integrantes de la comunidad y de siete ancianas que vivían en el hogar contiguo a la parroquia.
"Cuando estas cosas pasan, hay que educar a los chicos para la paz, para que aprendan que con la palabra se pueden resolver los problemas", asegura la directora María Elena Molinari.
Les llevó un año reconstruir la escuela, que todavía no está terminada. "Volver a ponernos en pie era un testimonio que debíamos darles", afirma.
Detrás del mostrador de la Nueva Farmacia Arroyo, Gustavo Cañadas sostiene que, a pesar de la desgracia, el estallido sirvió para que el barrio se relacione de otra manera: "Esta es una zona muy apática y después del atentado los vecinos se unieron más".
Cañadas no estaba en la farmacia esa fatídica tarde, pero su mujer y su hijo resultaron heridos. Por suerte, recuerda, no había clientes.
Al igual que para otros comerciantes de la cuadra, el 92 fue un año perdido. Las calles cortadas, el éxodo de los vecinos y el local en ruinas les trajo un sinfín de problemas económicos.
Desde hace 16 años, Juan López es el encargado del garaje de Suipacha 1342. Trabaja de 8 a 20 y la explosión lo despertó de golpe del sopor de la siesta aquella tarde. Fue uno de los primeros en llegar a la esquina de la tragedia.
El garaje es un buen termómetro para medir lo que ocurrió en el barrio. "Mucha gente se mudó. Por ejemplo, de las siete familias que vivían en el edificio al lado de la embajada, queda sólo una", señala Juan.
A unos metros del garaje hay una cerrajería que el día del atentado se convirtió en un punto clave: el teléfono del local era el único de la cuadra que funcionaba. Nicolás, uno de los empleados, explica que la clientela cambió por completo: "Tuvieron miedo y se fueron. Lo que pasó acá parecía una película de terror".
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