
La controvertida Plaza del Lector
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Después de poco más de un mes de su inauguración, el 28 de julio último, la Plaza del Lector dio origen a la mayor polémica que haya despertado un paseo en esta Capital.
Ambito para el sostenido intercambio de opiniones fue la sección Cartas de lectores de La Nación , que en el término de dos semanas llegó a recibir una misiva cada 48 horas.
Protagonistas principales de la discusión fueron el director de la Biblioteca Nacional, Oscar Sbarra Mitre; la Sociedad Central de Arquitectos, encabezada por su titular, Julio Kesselman; representantes de la misma profesión, que opinaron en forma personal, y simples vecinos de Las Heras y Agüero, límite sur de los 2800 m2 ocupados por la plaza.
Dejando de lado el detalle de los conceptos que se esgrimieron en favor y en contra del emprendimiento, sólo recordemos que ellos se circunscribieron, mayoritariamente, a la obvia defensa "oficial" por parte de Sbarra Mitre y a la crítica -no exenta de alguna virulencia- manifestada por los arquitectos.
Una de las excepciones la ofreció Ricardo de Bary Tornquist (arquitecto y paisajista), que dio su aprobación y les restó importancia a las objeciones, frente a la necesidad de dotar a la ciudad de más espacios verdes. Como argumento central, comparó porcentajes de varias urbes, situados en cifras de dos dígitos, contra el exiguo 1,90 de Buenos Aires.
Opiniones de los visitantes
Mientras, los frecuentadores de la plaza -alejados de escritorios, planos, estadísticas, cálculos economicistas y hasta políticos- formularon sus propias consideraciones, obtenidas in situ por La Nación , con un generalizado pulgar apuntando hacia arriba.
El maestro mayor de obras Abraham Eiffel dejó por un momento la lectura de una novela policial de curioso título, "El abogado trucho", para calificar a la plaza como "la más linda". "Hace tres meses, aquí había un baldío lleno de malezas. Y ahora tenemos esto", comentó.
Aída Tellechea (de 55 años) vive lejos, en Independencia y Urquiza. "Una vez me tomé el 41 y pasé por acá; entonces me dije que iba a volver para sentirla en vivo y en directo, y aquí estoy. Es hermosa, ya se la recomendé a mis amigas", contó.
El jubilado Raúl Nascimento fundamentó su visita en una "razón de bolsillo": la posibilidad de leer gratis el diario, "sin necesidad de tomar un café", como en algunos bares.
El préstamo de diarios, libros y revistas se concreta en un stand, próximo a la Biblioteca. Allí, José María Gatti, a cargo de las actividades culturales de la plaza, señaló que actualmente se ofrecen todos los diarios capitalinos y unos 200 libros, cantidad que hacia fin de mes se incrementará hasta un millar de ejemplares.
La heterogénea lista ("Los elegidos de la plaza", se llama este menú literario) incluye obras de Simone de Beauvoir, García Márquez, Hadley Chase, Camus, Vargas Llosa, Hemingway, Bioy Casares, Lugones, Faulkner, etcétera.
"Para prestar un libro, sólo se exige dejar un documento. Y si no se lo termina, queda en reserva, con un señalador en la página a la que se llegó, para que el lector lo continúe otro día", dijo Gatti.
También anunció la inminente concreción de dos iniciativas: el "camino de poesía", consistente en la colocación de una bobina de papel, extendida a lo largo de uno de los senderos, para que cualquiera ejercite allí sus condiciones de vate placero.
Y la no menos singular provisión de un "sistema de lectores" de textos argentinos para quien quiera reposar por ahí, con los ojos cerrados, escuchando un cuento de Borges o algunos poemas de Olga Orozco.
"A mí me gusta mucho la lectura, pero mi vista está empezando a flaquear. ¿No sabe si tienen algo de este Saramago?Aunque me dijeron que escribe medio difícil", confesó Sara Fratti, de 74 años.
La Biblioteca también está sondeando la opinión de la gente sobre el paseo, volcada en cuestionarios que al momento de hacer esta nota llegaban casi a 300. (Quien lo completa, recibe como obsequio un libro de Bioy Casares, el "Manual del argentino exquisito".) Las respuestas son ponderativas casi en su totalidad, mientras que el resto formula simples observaciones, como la necesidad de más sombra, la presencia de bebederos o que la música (se propala desde unas pequeñas "chimeneas" instaladas en el césped) sea de carácter más variado.
El juicio sobre la encendida disputa epistolar también tuvo un dictamen mayoritario. "No nos importa. Es cosa de técnicos o de quienes tienen inclinación por escarbar para ver qué hay de criticable. Los que venimos sólo gozamos de la placita", sintetizó Alberto De María, acompañado de su hijo Martín. Siempre pasa así. Unos discuten, los demás hacen otra cosa.





