La familia que nació y todavía vive en una villa de Don Torcuato
El jugador de Boca se mudó muy cerca
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Como Diego Armando Maradona en Fiorito, Juan Román Riquelme se crió en San Jorge, un barrio no apto para aventureros, de 60.000 m2, construido en 1966 durante la presidencia de Juan Carlos Onganía, a 800 metros de la estación de Don Torcuato, donde sobreviven 2300 habitantes.
Lo primero que asoma después del cruce peatonal es una cancha de fútbol para once. A la izquierda, en dirección hacia la estación Vicealmirante Montes, las vías del Ferrocarril Belgrano sobresalen por encima del nivel de la calle. A la derecha, campo y más campo; con una laguna con un par de vacas y caballos que calman su sed. Y, ahí no más, la villa San Jorge.
Las calles de la villa son de tierra y la escenografía se completa con casitas bajas, con techos de chapa; con perros y gallinas por todos lados. Esa es la cuna de los Riquelme. Donde hoy viven papá Ernesto, mamá María Ana, y sus hermanos Mercedes, Cristian -el joven secuestrado-, Elizabeth, Joana, Diego, Gastón, Karen, Ricardo y Cecilia.
Una vida de sacrificios
Román, el más famoso, reside muy cerca. Cien metros y las vías lo separan del chalet que habita en el residencial barrio El Viejo Vivero, junto con su pareja Anabella, y su hija, Florencia, de 4 años.
Ahí, como lo es en Boca, Riquelme es amo y señor, la celebridad del lugar. No necesita maquillarse para gustar ni vestirse de jugador, tampoco renegar de su verdadera personalidad, introvertida, enemiga de la estridencia, a pesar de que para muchos juegue en su contra.
Román es un joven humilde, solidario, amigo de sus amigos y con convicciones fuertes. Capaz de rechazar una millonada de Parma, de Italia, a fines de 1997 -tras brillar y ser campeón mundial juvenil en Malasia-, para evitar el desarraigo prematuro de su beba Florencia (deberes de padre que mamó en una familia con más de una decena de miembros) y alejarse de sus hermanos, a quienes siempre protege y los lleva a vivir desde adentro un entrenamiento de Boca. Y cuando el tiempo se lo permite, comparte con ellos un picado en Marixtú, un complejo de fútbol, cerca de su barrio.
Un pibe sensible
Román conserva a los amigos de su infancia y a su familia como una reliquia, y les puso el cerrojo para aquellos amigos-cholulos.
Un ejemplo: alquiló un departamento en Villa Gesell y llevó a su tribu durante el verano de 1998. Otro: abrió en su adorado Don Torcuato un local con mesas de pool y metegoles para despuntar el vicio con los suyos.
Reservado, habla lo justo y necesario. Huye de las cámaras, rechaza jugosos contratos de publicidad u ofertas de programas televisivos. Tiene en claro que responde a su mundo tan sencillo como acogedor y no a los medios que popularizaron su apellido.
Nadie tan importante como él ha levantado polvo de la canchita que está ubicada en unos de los vértices de la villa San Jorge, donde los arcos hechos con ramas y por ahí perdido, en una esquina, un pedacito de pasto.
Se pasó largas tardes en el potrero gastando la pelota con el cinco en la espalda, porque su padre -el único que se atrevió a sacarle el puesto- jugaba de 10 en los torneos relámpagos, donde nunca faltaban el vino, la cerveza, unos billetes para el ganador y la cumbia que escapaba entre las chapas y se perdía en el descampado.
En el tercer pasillo está la casa de la familia Riquelme, a unos cien metros de las vías. Dos pilares petisos, con la pintura descascarada, soportan el portoncito. Y apenas un pasito después la puerta de entrada.
La casa de tres ambientes de los Riquelme es precaria, aunque, paradójicamente, la más ostentosa del sitio: dispone de teléfono, electricidad, agua corriente, varios electrodomésticos y el pool que fue instalado en lo que era el garaje. En las paredes están los cuadros que colgó Cacho o Piturro -como le dicen a su padre en el barrio-.
Una foto del nene con Maradona, otra con Francescoli. Al fondo los dormitorios. Bajo ese techo de chapas viven el padre, la madre (María) y hermanos del crack. La familia que él tanto protege y por la que hoy está sufriendo; Cristian o el Chanchi, como le dicen a su hermano secuestrado, es casi un calco de él; acaso sólo le falte la popularidad de Román.
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