La historia de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el gran caminante

Antes de asumir el adelantazgo del Río de la Plata, sucediendo a Pedro de Mendoza, Cabeza de Vaca soportó penurias en Norteamérica.
Antes de asumir el adelantazgo del Río de la Plata, sucediendo a Pedro de Mendoza, Cabeza de Vaca soportó penurias en Norteamérica.
Daniel Balmaceda
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26 de febrero de 2019  • 00:00

Cuando el 17 de junio de 1527 partió de Sanlúcar de Barrameda la flota al mando de Pánfilo de Narváez rumbo a La Florida, en Norteamérica, el optimismo de los quinientos conquistadores embarcados se hallaba en su punto más alto. Sin embargo, todo lo que podía fallar, falló.

En la isla de Santo Domingo desertaron unos cien hombres. Mientras trataban de asumir la fuga de la quinta parte de la expedición, una recia tormenta los atacó y se fueron a pique todos los barcos. Sesenta murieron ahogados.

La situación fue empeorando, aun cuando arribaron a La Florida. Continuaron las decepciones y los infortunios. El 22 de septiembre de 1527, cuando se comieron la última yegua que les quedaba, los doscientos cincuenta sobrevivientes se distribuyeron en cinco barcazas construidas con el cuero de los caballos. Y que fuera lo que Dios quisiera. La ración para cada uno de estos sufridos conquistadores era de un puñado de maíz por día. Siempre y cuando alcanzaran algún punto terrestre en siete días, porque luego nada quedaría.

La última vez que se vio la barcaza de Pánfilo de Narváez era arrastrada al medio del océano. Otras dos precarias naves se mantuvieron unidas durante cuatro días, hasta que una tormenta las separó. Una de ellas alcanzó una isla. Los nativos de la isla lloraban al ver el lamentable estado de esa gente. Les acercaron raíces y pescados. De todas maneras, los ochenta sobrevivientes fueron muriéndose de hambre, uno por uno.

Quedaron quince hombres desperdigados por la isla, viviendo con familias indias y esperando que les llegara su turno. Uno de ellos se salvó porque los anfitriones de su choza decidieron cruzar a tierra firme y llevarlo con ellos. Ese sobreviviente, oficial de la flota de Pánfilo de Narváez, se llamaba Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Y se convertiría en el conquistador que caminó el continente más que ningún otro.

Ser un Cabeza de Vaca en España significaba pertenecer a una familia de valientes. El título honorífico se lo dio el rey Alfonso VIII a Martín Alhaja en 1212, cuando este hombre salvó a su real ejército de toparse con los moros, desviándolos de su ruta y llevándolos por un camino señalado por una osamenta bovina.

Familia de guerreros, exploradores, obispos y señores feudales, los Cabeza de Vaca eran ávidos de aventuras. Pero ya nada de eso le quedaba a don Álvar Núñez cuando los nativos lo transportaron, a comienzos de 1528, como sirviente a la tierra firme de Texas.

Cabeza de Vaca se integró como pudo a la comunidad indígena. Asqueado de comer ostras todo el tiempo, hubo veces en que pasó tres días sin probar bocado porque vomitaba. Se dedicó a sobrevivir, ya que su cuerpo no le permitía otra cosa. Estaba débil. Al menor roce, su piel sangraba. Carecía de fuerzas y apenas podía caminar unos trescientos metros hasta caer desplomado. Sólo le restaba esperar que lo sacrificaran, sobre todo, teniendo en cuenta que era un inútil.

Pero alguien en la tribu tuvo la milagrosa idea de nombrarlo curandero. Cabeza de Vaca pasó a ser visitado en su choza cada vez que se accidentaba un nativo. Él hacía un pequeño baile pagano imitando los movimientos de los brujos indígenas. Luego alzaba las manos al cielo y pronunciaba palabras inentendibles para los aborígenes, que no eran más que súplicas a su Dios cristiano para que lo ayudara a curar a ese enfermo. Por último, apoyaba sus labios en el lugar de la herida y succionaba la infección.

En poco tiempo se transformó en el curandero preferido de la zona. Gracias a los donativos de sus pacientes, fue restableciéndose y convenció a la indiada de que lo dejara actuar como mercader. Así, inició pequeños viajes con la intención de explorar la zona y, cuando se sintió con fuerzas suficientes, huyó.

Tomó rumbo norte, bordeando el río Colorado por cientos de kilómetros. Una tarde, en medio de la travesía, sintió un ruido ensordecedor. La tierra comenzó a temblar. Corrió hasta una colina para protegerse y allí vio un espectáculo imponente. Miles de "corpulentas vacas con jorobas" -así las recordaría luego- corrían en manada. Conoció a los bisontes.

De visita en una tribu, encontró a tres sobrevivientes de la escuadra de Pánfilo de Narváez: Andrés Dorantes y Alonso del Castillo Maldonado, ambos españoles, más un negro esclavo de don Alonso, llamado Esteban. La emoción del reencuentro estuvo acompañada del inmenso contraste que significaba verse, luego de tanto tiempo, en tan decepcionante estado físico. Resolvieron que debían huir con don Álvar. Idearon un plan y luego de varios meses escaparon los cuatro de allí, con rumbo oeste.

Cabeza de Vaca y sus tres compañeros cruzaron a pie y desnudos el sur de los Estados Unidos. Pasaban varios días sin hablar por falta de fuerzas y sed. Debieron huir de incendios. Diversas tribus los tomaron prisioneros y en un caso les ordenaron que hicieran llover.

En 1536, luego de ocho años de deambular once mil kilómetros americanos los cuatro nudistas fueron hallados por españoles que cazaban indios. A don Álvar Núñez le llevó mucho tiempo acostumbrarse a dormir en una cama. Y no soportaba el roce de la ropa en su cuerpo.

Regresó a España y en 1540 obtuvo del rey el título de Segundo Adelantado del Río de la Plata para suceder al malogrado Pedro de Mendoza. Al llegar a América, de madrugada, estuvo a punto de estrellarse contra unas rocas, pero la flota se salvó gracias al canto de un grillo que los previno de que estaban a pocos metros de la tierra.

Desembarcó en Brasil y partió, a pie, el 2 de noviembre de 1541 rumbo a Asunción, donde funcionaba la administración gubernamental del Río de la Plata. Tan a pie, que marchó descalzo. Una vez más, hizo camino al andar. En algún punto del trayecto menguaron los víveres. Con los conocimientos que adquirió en su etapa de supervivencia, el Adelantado buscó la forma de aliviar el hambre: unos gusanos blancos, del tamaño de un dedo, fueron el banquete de la armada.

Cabeza de Vaca descubrió las Cataratas del Iguazú y su experiencia en el trato con los nativos en el norte terminó siéndole de gran utilidad ya que no sostuvo ningún enfrentamiento con los guaraníes durante el camino. Por el contrario, ideó la fabricación de anzuelos y cuñas que trocaba por comida a los indios. Sólo tuvo dos bajas: a Pedro de Salinas lo despedazó un yaguareté y otro de sus soldados murió ahogado al cruzar un río. Francisco de Orejón, en cambio, fue atacado por un perro salvaje, pero sobrevivió. El 11 de marzo de 1542 a las nueve de la mañana, luego de cuatro meses de travesía terrestre, por fin entró en Asunción. Caminando, por supuesto.

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