
La inundación evidencia una larga historia de imprevisión
Testimonios que narran la "crónica de una muerte anunciada"
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"La empresa agropecuaria ya no es capaz de enfrentar los resultados de un desastre como el ocurrido", decía una declaración de la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa en 1985.
"Estas dramáticas inundaciones llevan ya más de dos años sin que se advierta, al menos claramente, que las autoridades han logrado trazar una orientación precisa, explicada, analizada y consentida por las fuerzas vivas y por los afectados. En todo caso, los proyectos existentes deben ser profundamente debatidos para que estas sufridas poblaciones tengan un horizonte más claro sobre su futuro", señalaba un editorial de LA NACION en abril de 1987.
"La situación es dramática porque vivimos exclusivamente de la producción agropecuaria y en este momento nuestro único recurso está anulado por el agua y quién sabe por cuánto tiempo", comentó el secretario de Gobierno de Carlos Casares, Omar Leyenda, en 1991.
"La producción bonaerense está a punto de colapsar por el envejecimiento de sus arterias. Se requiere el urgente alteo de los caminos para evitar que durante las inundaciones se conviertan en canales", señaló en mayo de 1999 Francisco Stefanich, mayordomo de la estancia Los Caldenes, ubicada en Cañada Seca.
Testimonios
"La gente no vive, dura", dijo en noviembre de 2000 Enrique Tkacik, intendente de Henderson, cuando los pobladores organizaron la toma simbólica de la municipalidad en protesta por la falta de obras de drenaje.
"Perdimos lo que recuperamos en el 86. En aquella inundación había reservas para afrontar las pérdidas. Ya no tenemos nada", comentó en diciembre de 2000 Arsenio Grecco, tambero de Pehuajó.
"En el barrio sólo quedan taperas. Lo único que nos resta es aguantar. Acá no se puede esperar más que la supervivencia", comentó en diciembre de 2000 Juan Carlos Barros, productor de Pehuajó.
La historia de los productores inundados es la "crónica de una muerte anunciada", grafica Stella Carballo, técnica del Instituto de Clima y Agua del INTA Castelar. Desde la inundación de 1973, al inicio del actual período húmedo, los expertos de ese organismo advirtieron la necesidad de una visión integral para evaluar el impacto de las lluvias en el sistema de drenaje de la Cuenca del Salado. Como explica Carballo, las sucesivas inundaciones motivaron obras parciales, pero siempre faltó un enfoque integrador, que incluya también al sector de la producción en la toma de decisiones. "Se hicieron arreglos parciales en los tramos más afectados, pero sabíamos que esas obras comprometerían los partidos de aguas abajo cuando la inundación se generalizara como ahora", explicó la especialista.
"Las causas de los actuales problemas se encuentran en la evolución y formación del paisaje y en el cambio y la variabilidad climática. Con el tiempo, la red de drenaje natural evolucionará hasta adaptarse, pero este proceso puede llevar cientos o miles de años", se explica en el informe del Plan Integral de la Cuenca del Salado, de la Dirección Provincial de Saneamiento y Obras Hidráulicas.
Los datos históricos señalan que la precipitación anual promedio de la cuenca es de 870 mm. En lo que va del año los más de 1500 mm caídos desparramaron el anegamiento como nunca antes. "Tal vez esta inundación sea comparable con la de 1985, cuando también estaban afectados 5.000.000 ha y algunos puntos del Salado alcanzaron picos máximos, sin embargo, esta inundación es más abarcativa porque compromete además al sur santafecino y al sur cordobés", señaló Carballo.
Las mediciones oficiales indican que en el partido de Bragado el agua superó el récord de 1993 y que en Roque Pérez rebasó la marca de 1985. Se estima que en los próximos días la inundación en el sur de la cuenca rozará los valores más altos de la historia.
"Hubo tiempo suficiente para intervenir en la zona durante los respiros que daba la naturaleza. Se debió trabajar de aguas abajo a aguas arriba", denunció Carballo.
Sin evaluaciones
La inundación revela algo mucho más profundo que la imprevisión política. Nadie ha evaluado todavía cuánto perdió el país desde la primera gran inundación en la pampa húmeda. Abundan los datos económicos aislados pero no hay programa de reconversión de las zonas afectadas basado en información calificada. Tampoco hay un diagnóstico sobre el éxodo rural. Falta evaluar la dimensión humana del problema.
Durante más de una década algunos partidos del noroeste y centro bonaerense se declararon en emergencia y desastre. Lo que más duele en esas zonas, según se desprende de las reiteradas coberturas de LA NACION, no es tanto la indefensión en el desierto de agua sino la falta de comprensión de los que ni siquiera se preguntan qué significa vivir en emergencia y desastre.
Ese gesto de indiferencia delata el perfil de la Argentina actual y el desafío que le urge como Nación.
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