
La magia del pasado vive en Ostende
El viejo hotel conserva su estilo de principios del siglo XX e invita a disfrutar de pequeños placeres
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PINAMAR.- Fue, durante años, una especie de gran transatlántico al que las arenas cubrían, metódicamente, una y otra vez; siempre casi a punto de hacerlo naufragar. Su figura estuvo solitaria durante años, en medio del desierto, mucho antes de que esta ciudad soñara ser erigida. Fue refugio del escritor Antoine de Saint-Exupéry, inspiró a Adolfo Bioy Casares y a Silvina Ocampo. Fue construido en 1913, pero el Viejo Hotel Ostende conserva su magia intacta.
Está a dos kilómetros de esta ciudad y a años luz de cualquier hotel de la zona. Casi todo en él se mantiene original: muebles, vitreaux, pisos, techos, puertas. Tiene rincones llenos de misterio, pasadizos y escaleras donde ocurrieron relatos palaciegos, y 89 años de historia que se respiran en el aire.
Roxana Salpeter es hija de los actuales dueños del hotel, un matrimonio porteño que lo compró en 1970. Se encarga de su dirección y es una guía de lujo: se crió en los pasillos del hotel, en la vieja torre de madera, en los cuartos de principios de siglo.
Repasó esta historia una, diez, cien veces. La repite cada vez que un turista le pregunta el origen de este hotel, construido en la esquina de Biarritz y El Cairo, en Ostende. Y, sin embargo, la cuenta y se sorprende como si fuese la primera vez.
En 1913, un grupo de belgas quiso crear un balneario alternativo al de Mar del Plata. Las semejanzas con aquel sitio en el mar del Norte, allá en su Bélgica natal, les hicieron bautizar al lugar Ostende. Pero no imaginaron que lo que más abunda en este lugar se convertiría en su peor enemigo: la arena.
"El proyecto urbanístico era muy ambicioso, pero no tenían idea de cómo manejar los médanos", dice Roxana. De aquel sueño belga sólo siguen en pie el hotel, la casa del fundador de la malograda villa y los pilares de la rambla. En 1920 una pareja de hermanos italianos compró el hotel, hasta que, en 1970, se lo vendieron a Abraham y Miriam, los padres de Roxana.
Excepto la piscina, que se construyó en lo que era un depósito, todo en el hotel conserva su estilo. Aunque debió aggiornarse para sobrevivir al paso del tiempo, el casco original fue protegido. El antiguo comedor tiene el techo y el piso originales; la panadería se transformó en bar y las paredes están tapizadas con fotos de aquellas primeras épocas. La sala de video tiene una joyita "importada" de Buenos Aires: medio centenar de butacas traídas de un viejo cine de barrio donde recostarse a ver una película.
"El hotel es sencillo y descontraído -explica Roxana-; defendemos el disfrute de pequeños placeres como una rica comida, buenos libros y lindos cuadros. Queremos recuperar el frente y abrir una biblioteca en uno de los depósitos. También esperamos que llegue la telefonía: ningún cuarto tiene teléfono." Los precios son de 57 pesos por día y por persona, en las habitaciones más antiguas, y 67 pesos para las más modernas. El apart hotel cuesta 62 pesos diarios por huésped.
Cada rincón encierra un pedazo de historia. La vieja mandíbula de una ballena recuerda el verano de 1932. "Apareció una ballena muerta en la playa y a esa temporada se la conoció como el verano de las moscas ... Imagínense lo que habrá sido...", dice, con un gesto de desagrado.
El salón de música guarda un tesoro: todos los muebles antiguos sin recuperar, espejos tiznados por el tiempo, respaldos de camas y sillas que se arrumban a la espera del progreso. El olor a madera es exquisito.
Libros y cartas
La torre del mirador tiene cinco cuartos y una "joyita" que ningún visitante se pierde. En una de sus esquinas está intacta la habitación 51, aquella que el escritor y aviador Saint-Exupéry ocupó durante los veranos de 1928 y 1929, aquella donde -dicen- escribió sus primeros textos.
Una cama de hierro verde con la ilustración de tres cisnes, un ropero de madera, una mesa de luz y una cómoda conforman todo el mobiliario de la pequeña habitación. "El año pasado, para el centenario de su nacimiento, se lo declaró ciudadano ilustre de Pinamar y el acto principal se hizo aquí", explica Roxana, con orgullo. No menos satisfacción le produce recordar que Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo ubicaron en el hotel la trama de la única novela que escribieron juntos: "Los que aman, odian".
No todas son, empero, letras famosas las que se han referido al Ostende en todos estos años. Los actuales propietarios recibieron muchas cartas de personas que pasaron por el legendario hotel y quieren dejar la marca de sus recuerdos.
Como la de un hombre que contó que nació en aquel "verano de las moscas". Sus padres veraneaban en Ostende cuando la madre comenzó a tener contracciones. Seis horas a caballo tardó el jefe de familia en llegar a General Madariaga, donde buscó una partera. El parto prematuro sorprendió a los padres sin un nombre para el chico. Al término de su trabajo, con todo bajo control, la partera suspiró aliviada y dijo: "Oh, mar..." Bastó para inspirar a los padres: el bebe se llama Omar.
Otro hombre escribió para contar que solía pasar aquí los veranos cuando era niño y que aún recuerda esas cosquillas que sentía al irse a dormir sin saber por qué ventana iba a salir al día siguiente.
"La arena sube todo el tiempo. Si abriéramos tu ventana, se nos inundaría la casa de arena", dice la novela policial de la pareja Bioy Casares-Ocampo en uno de sus pasajes. No es una exageración. Tan cambiantes eran los médanos de principios de siglo que era habitual que los huéspedes del hotel tuvieran que entrar o salir de sus habitaciones por las ventanas o debieran tapiar con maderas las ventanas para no verse invadidos por las rebeldes dunas.
Así como alguna vez lo cubrió la arena, hoy casi lo tapa el progreso: el hotel está rodeado de casas y chalets. Cuesta distinguir su señorial estilo entre tantas casas modernas. El asfalto también le jugó una mala pasada: dobla en ángulo recto en la esquina del hotel y los autos pasan por su puerta a toda velocidad.
El cartel colgado en el hall de entrada anuncia: "A todos los que quieran aprovechar el aire puro y reconfortante del océano, sin sufrir un quebranto en sus finanzas, tan incompatible con la crisis que atravesamos, recomendamos la playa de Ostende, la más hermosa de Sudamérica".
No es un aviso del verano 2002. Fue publicado en la revista PBT y promocionaba la temporada de 1914. Una señal más que demuestra aquello de que para el Viejo Hotel Ostende parece que no transcurriera el tiempo.





