
La montaña atrae cada vez más aventureros
Se espera que esta temporada 7400 personas intenten hacer cumbre sólo en el Aconcagua; el Lanín y el Tronador, otros favoritos
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Los que por estos días emprenden un viaje a Neuquén, Bariloche o Mendoza con el objetivo de llegar a la cima del volcán Lanín, el cerro Tronador o el codiciado Aconcagua -el más alto de América, con sus 6962 metros- no son turistas convencionales, esa clase de viajeros con ganas de conocer un lugar y disfrutar de unas tranquilas vacaciones.
Quienes conforman ese grupo, que en la Argentina reúne cada vez más adeptos, quieren ir más allá y desafiar sus propios límites. Algunos los llaman aventureros, pero en la mayoría de los casos se trata de un reto personal, una meta que se impone y, como tal, requiere de esfuerzo, tiempo y planificación, además de algunos ahorros.
Desde que se inició la temporada de ascensiones, el 15 de noviembre último, 5465 personas ingresaron en el parque provincial Aconcagua con intenciones de llegar a la cumbre o realizar alguno de los trekkings más populares, como plaza Francia o Plaza de Mulas, donde está el campamento base, a 4200 metros de altura.
Según las estadísticas de la Dirección de Recursos Naturales Renovables de la provincia, la cantidad de visitantes crece a razón del 15% anual. En la temporada 2004-2005 se emitieron 6490 permisos para ingresar en el cerro, y las proyecciones al 31 de marzo estiman una cantidad aproximada de 7400, lo que marcaría un récord histórico.
El mismo fenómeno de crecimiento se registra en el resto de los destinos. Atraídos por el volcán, de 3776 metros de altura, 60 turistas por día intentan escalar las laderas del Lanín. "Tuvimos que establecer este tope para no saturar la capacidad de los refugios", comentó a LA NACION Diego Luca, encargado del área de montaña de la delegación neuquina de la Administración de Parques Nacionales.
Los fanáticos por el andinismo llegan de todas partes del mundo. En el Aconcagua, más del 90% de los que solicitan permisos para hacer cumbre son extranjeros, que pagan 330 dólares en temporada alta sólo por ingresar en el parque. Para los argentinos, la tarifa es de 300 pesos. A eso hay que sumarle el servicio de guía: los expedicionarios internacionales deberán desembolsar alrededor de 2000 dólares, según la fecha y la empresa de turismo elegida. Los argentinos, cerca de 1500, de la misma moneda.
Hasta el momento, en el Lanín no se cobra abono por el ingreso en el parque, pero las autoridades piensan establecer un monto fijo para el año próximo, ya que el aporte de esta actividad a las economías regionales es claro. En la última temporada, el gobierno mendocino recaudó 3 millones de pesos sólo por la venta de tickets. "De ese monto total se obtuvo una rentabilidad neta de 1.200.000 pesos, y en lo que va del año se vendieron permisos por 1.800.000 pesos", informó el director de Recursos Naturales, Leopoldo León.
El funcionario agregó: "Como el sistema se autofinancia, con lo recaudado se pagaron los sueldos de los 40 guardaparques, la guardia médica, el helicóptero para los traslados de emergencia y otros servicios al andinista. Pero los beneficios por servicios indirectos que recauda la provincia rondan entre los 8 y 10 millones de pesos por temporada".
Con el mundo a los pies
Alcanzar la cumbre más alta de Occidente significa, entre otras cosas, mirar el mundo desde casi 7000 metros de altura. Pero además de los 17 días que dura el ascenso, también se necesita tener un excelente estado físico, un equipamiento de expedición de primera línea y un gran respeto por la montaña.
"La mayoría viene bien preparado, pero el estado físico no es todo. La conexión con la montaña es tan importante como el entrenamiento, porque muchas veces el responsable de un fracaso no es el cuerpo, sino la cabeza", argumentó Sebastián Tetilla, mendocino y guía de alta montaña de Inka Expediciones, que llegó a la cima del Aconcagua nada menos que 25 veces.
David González, un ejecutivo de 35 años, trabaja nueve horas por día sentado detrás de un escritorio, en pleno microcentro porteño. Pero cuando sale de la oficina va directo al gimnasio. "El próximo año quiero subir al Aconcagua, y con ese fin me estoy entrenando", confesó.
Será su revancha después de un intento frustrado en 2003, cuando por falta de adaptación a la altura tuvo que descender. "Tampoco estaba bien preparado, ahora soy mucho más consciente de lo que exige la montaña".
Aunque la ruta normal no tiene dificultades técnicas, el frío, el viento, la lluvia y la altitud son los principales obstáculos. "El proceso de aclimatación es lo más importante, lo más difícil y lo que lleva más tiempo", agregó Sergio Subeldia, de Arista Expediciones, que primero aconseja subir otros cerros como experiencia previa.
El Cordón del Plata, por ejemplo, es para los expertos un muy buen lugar para dar los primeros pasos. "Está a 70 kilómetros de la ciudad de Mendoza, y además de ser menos duro también es más accesible para el bolsillo, ya que todos los valores son en pesos -sintetizó Tetilla-. Hay una gran cantidad de caminos para hacer en uno, dos o tres días. El cerro Plata es el más alto del cordón, con 6300 metros, pero las opciones son muchas."
No son atletas de alto rendimiento ni escaladores avezados: la mayoría de los que intentan hacer cumbre por las rutas normales y más accesibles de los cerros mencionados nada tiene que ver con la montaña, y su profesión demanda más horas detrás de un escritorio que al aire libre. Los hombres de entre 27 y 45 años ganan protagonismo, aunque los que rondan los 50 tienen su peso en las estadísticas. Del total que intenta llegar a la cima del Aconcagua, sólo el 15% son mujeres.
Para Subeldia, el Lanín es un punto de inflexión en la carrera de ascensiones. "Después de esta experiencia, a muchos les pica el bichito y quieren seguir". Para ellos, el siguiente escalón puede ser el Tronador, en el Parque Nacional Nahuel Huapi, o el Domuyo, en el norte neuquino, que con sus 4709 metros es el pico más alto de toda la Patagonia.
Dicen que conquistar la cumbre del Aconcagua, un objetivo que cumple sólo el 50% de los andinistas que se lo propone, es un pasaporte a la cadena montañosa más alta de la Tierra: el Himalaya. O al menos un examen de ingreso, porque la prueba final se llama Everest y está un poquito más lejos... ¡A 8848 metros de altura!
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