
La muerte de Falduto, un severo golpe a la intimidad del canciller
Lo conocía hace diez años y era de su extrema confianza
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Adrián Falduto era mucho más que el policía al que Carlos Ruckauf le confiaba su vida. Hacía 10 años que trabajaba para él. Nunca dejó de ser su sombra, pero se convirtió también en su secretario privado y en uno de los cuatro hombres de su absoluta confianza. Su muerte es un golpe en el centro de la intimidad del canciller.
Sólo Ruckauf y los más cercanos a él tomaban conciencia ayer de la dimensión de lo que será la ausencia de Adrián, como le decía el canciller, o de El Gordo, como lo llamaban con cariño otros colaboradores.
El que conoce a Ruckauf conocía también a Falduto, que junto con Mario Torezán, ex policía y desde hace un año secretario privado oficial del canciller, estaban siempre pegados a su jefe. Era imposible, además, no registrarlo: tenía un físico imponente.
Ayer a la mañana, como casi todos los viernes, Falduto fue al bar De la Villette, a esperar a Ruckauf, que estaba de visita en la casa de su hija. Decidió tomar un té y como anteanoche había estado hasta muy tarde en la Cancillería no había quedado en desayunar con su ex jefe, el titular de la Policía Federal, Roberto Giacomino, como siempre. Por eso estaba solo.
Falduto y Giacomino tenían una relación estrecha. Cuando el jefe de la policía se enteró de su muerte dijo: "No puede ser... hoy me mataron un hijo en el dormitorio de mi casa". Se conocían hace años: Giacomino era el jefe de la custodia de Ruckauf cuando éste era vicepresidente de Menem y Falduto estaba a sus órdenes.
Le tenía un afecto especial porque pese a que desempeñaba otras funciones al lado de Ruckauf, Falduto era esencialmente "un poli" que nunca quiso renunciar a la fuerza, aunque hacía 10 años que no usaba el uniforme.
Falduto conoció a Ruckauf cuando era ministro del Interior de Menem, en 1992. De a poco, se convirtió junto con Torezán en mucho más.
Conocía todos los movimientos de Ruckauf, armaba su agenda, le pasaba las llamadas y cuando él decía "acá no entra nadie", sólo Ruckauf podía cambiarlo. La familia Ruckauf lo conocía bien y le tenía afecto.
Una escena que representa cuál era el grado de intimidad de la relación Ruckauf-Falduto ocurrió el 3 de enero último. Ruckauf había dado un vuelco a su carrera: había dejado la provincia de Buenos Aires para jurar como ministro de Eduardo Duhalde. Sólo compartió ese momento con su esposa, sus tres hijos, Falduto y Torezán, con una comida en su casa.
Una decisión tomada
Falduto llegó ayer al bar, como siempre, tomó esta vez el té solo, mientras esperaba a su jefe. Todo ocurrió en segundos, pero él tenía una decisión tomada hace bastante tiempo.
Reaccionó rápido por ese motivo, según contaron colaboradores íntimos de Ruckauf. Había decidido disparar si se enfrentaba a un robo o hecho violento. "Acá no hay vuelta, si sos "rati" (policía) te matan, entonces yo mato primero", había dicho hace varios meses cuando hablaba sobre la creciente violencia.
"El Gordo fue el único que ayer no improvisó", dijo desencajado un allegado a Ruckauf. Falduto siempre estaba armado (tenía armas hasta en las pantorrillas) y ayer cumplió con lo que les decía a los hombres de Ruckauf. Era un experto tirador.
Lo que no previó ayer fueron los dos disparos que terminaron con su vida: uno en la espalda y el otro en la nuca.
Apenas se enteró de lo sucedido, Ruckauf, que como casi todos los viernes visitaba a su hija, se quedó helado. Le avisó otro de sus custodios, que se había quedado fuera del bar.
Reaccionó cuando llegó a la sede de la Cancillería, donde debía cumplir una actividad protocolar ineludible.
"No me hablen de este tema porque me pongo a llorar", fue lo único que dijo. Torezán, el compañero inseparable de Falduto, ni siquiera podía hacerlo. El canciller se encerró en su oficina y después estuvo con su esposa, María Isabel Zapatero.
Los hombres que estuvieron ayer con Ruckauf y lo vieron destrozado descartaron la hipótesis de un "atentado o un mensaje" para su jefe. Si fuese así, sostuvieron cerca de Ruckauf, jamás lo hubiesen hecho en un bar donde suelen desayunar el custodio de Ruckauf y el jefe de la policía.
"Fue un robo que terminó en una tragedia para Adrián y todos nosotros", dijo a LA NACION un hombre cercano a Ruckauf. Ninguna fuente allegada al canciller dudó de que se tratara de un robo y ratificaron que su jefe no recibió información que dejara abierta la posibilidad de otra cosa.
Ruckauf no tiene confianza casi en nadie. Sí la tenía en Falduto. Desde que ocupa cargos importantes en la función pública, jamás viajó al exterior sin él. Ayer sus colaboradores no imaginaban cómo se reconstruiría la dupla Falduto-Torezán.
Hace 10 años que cada vez que Ruckauf daba un paso, Falduto iba detrás de él.
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