
La mujer que convivió con el espanto
La entonces subsecretaria de Justicia, María del Carmen Falbo, recordó su experiencia en el sangriento motín
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LA PLATA.- "Agapito salió con fritas." La irónica frase fue recibida por una mujer que, sin ser rehén, estuvo en el penal de Sierra Chica en la Semana Santa de 1996.
Se trata de María del Carmen Falvo, hoy diputada nacional, entonces subsecretaria de Justicia.
A Falbo -que estuvo con La Nación pocos días antes de ser citada como testigo en el juicio- tuvieron que traducirle el mensaje: el preso Agapito Lencina había sido asado en el horno de la panadería del penal.
En una semana de insomnio, la mujer tomó un curso acelerado sobre los usos y costumbres de la vida carcelaria.
El sábado 30 de marzo de ese año, la funcionaria se disponía a descansar en su casa de Ranelagh.
No pudo. El zumbido de un teléfono celular significó que todo diera una vuelta de campana: el jefe del Servicio Penitenciario, Esteban Massante, le informó que se había iniciado un motín en Sierra Chica y que había rehenes.
Llegada
María del Carmen Falbo se comunicó con el gobernador Eduardo Duhalde y convocó a dos personas: su secretario privado, Pablo Morales, y su chofer, Miguel Restuchi.
Al comenzar el viaje hacia Sierra Chica, bajo la lluvia, ninguno de los tres pudo imaginar que iban a "quedar pegados" en un delirio de violencia sin antecedente.
En la madrugada del domingo, Falbo hizo abrir las puertas del penal. En el patio tomado por los rebeldes, el jefe Masante hablaba con el preso Marcelo Brandán.
Falbo no sabía que ese joven se imponía como líder del motín.
"Era un muchacho común, pero lo vi somnoliento, distante. Hacía girar sobre un dedo un arma de puño. Después supe que era la famosa pistola de los amotinados y que habían saqueado la enfermería para hacer acopio de medicamentos."
Brandán tendría encima una fuerte mezcla de drogas, pero conocía su objetivo: "Lo único que queremos es pirarnos".
Falbo, cuyo inconsciente retenía el sonido de las rejas que se habían cerrado tras ella, fue lacónica:"De ahí para abajo, podemos hablar...", dijo, y fue cortada por Brandán:"Entonces, empezaremos a matar a los rehenes".
La subsecretaria aún ignoraba que había 15 cautivos, tres pastores evangélicos y una jueza, entre ellos.
Cuando lo supo, comenzó a medir bien las cosas: no había en la historia un caso como el de la jueza María de las Mercedes Malere.
Ir y venir
"A los pocos días, un preso elegido como interlocutor, me dijo que los amotinados eran atípicos, porque el juez fue siempre la última garantía del insurrecto", recordó Falbo.
Todos los encuentros eran en el locutorio o en la casa del director de la cárcel: "Había que tener nervios de acero", recordó la entrevistada, que estaba bajo una consigna, casi contradictoria, dada por Duhalde: "No negocien libertades y protejan la vida de los rehenes".
Falbo comprendió que sólo podía tratar con responsables. Del personal penitenciario, prefirió el consejo de dos expertos como Guillermo Mc Loughlin y Julio Barroso. Este fue el que descubrió el túnel cavado por los presos.
Presos por categorías
De boca de estos conocedores, la subsecretaria -que dormía algunas horas por noche en un hotel en Olavarría- supo que era posible que 20 o 30 presos sometieran a otros mil.
"Allí supe que hay categorías. Por ejemplo, los homosexuales son deseados y odiados a la vez; que hay presos con ascendiente sobre los demás y que algunos, por su antigüedad, conocen todo y también son tomados en serio", recordó.
Otra sorpresa fue saber que los amotinados no tenían reclamos, salvo la intención de irse.
Por estar allí, en la negociación permanente y con la espada de Damócles de los rehenes sobre la cabeza, María del Carmen Falbo descubrió varias cosas y, en otras, sigue sin saber nada.
Por ejemplo, está convencida de que si hubiera permitido la televisación directa de todo, Sierra Chica habría sido el antecedente de Ramallo, "cuando los presos veían hasta el movimiento de los que estaban fuera del del banco", aseguró.
También descubrió que las muertes en Sierra Chica no respondieron sólo a venganzas entre hampones, sino que también fueron exhibiciones de bravura y temeridad de los criminales para imponerse sobre el resto de la población carcelaria.
Pero hasta hoy, no sabe de dónde salió la pistola que tenía Brandán. "Dijeron que había entrado envuelta en un pañal sucio, en la verdura de una canasta. Hoy, la concubina de Hugo Sosa, La Garza , insiste en que no fue ella la de la maniobra. Creo que nunca se sabrá", conjeturó.
Los amotinados presionaban con la vida de los rehenes. "En un momento -recordó Falbo- subieron a la jueza Malere al tanque de agua y hacían señas de degüello."
¿Qué tenían las autoridades para presionar sin reprimir?
Según Falbo, "fue un largo acercamiento, a partir del momento en que los amotinados supieron realmente que no íbamos a dejarlos ir".
De las conversaciones surgió que los internos pedían mayor celeridad en el trámite de sus procesos, que querían quedar presos cerca del hogar, para recibir visitas frecuentes. Muchas de esas cosas llegaron una vez agotado el alzamiento.
"Creo -cerró María del Carmen Falbo- que las reformas en el sistema penitenciario y en el Código Procesal, responden realmente al motín de Sierra Chica. Hay un antes y un después de ese espanto."
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