
La mujer que nunca pudo dejar de nadar
Leila Guerriero LA NACION
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El mantel llegaba hasta el piso y la oscuridad, bajo la mesa, era perfecta. Allí, sobre las baldosas de la cocina, en la casa de Floresta de avenida Directorio, María Inés, María Cecilia y Germán, los tres hermanitos Mato, practicaban el fino arte de la navegación en fragata imaginaria. Luchaban para intentar el abordaje, desplegaban las velas, tomaban posesión del puente de mando. Durante esas contiendas una de las dos hermanas mellizas llevaba ventaja. Cuando el combate arreciaba, cuando las bombas se hacían insoportables, la hermana llamada María Inés se quitaba la prótesis de la pierna derecha y la usaba como cañón.
Los nadadores de aguas abiertas podrían dividirse en competitivos (aquellos que participan de maratones), no competitivos (los que se enfrentan de forma individual a "eventos clásicos": cruzar el Canal de la Mancha, atravesar el Estrecho de Gibraltar) y los otros, los que nadan en geografías hostiles donde casi no hay registro –por lo menos contemporáneo– de nados anteriores. No existen en el mundo demasiados sitios como ésos, pero es probable que María Inés Mato, 43 años, nadadora de aguas abiertas –frías–, amputada de la pierna derecha a la altura de la rodilla, haya nadado, de esos sitios, en todos.
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-Mi hermana tuvo el accidente enfrente de mi casa. Estábamos con papá y vino el colectivo. Fue muy traumático –dice Germán Mato, físico, desde la Comisión de Energía Atómica, en Bariloche, donde vive y trabaja desde hace más de 20 años–. Mis padres trataron de protegernos de las consecuencias emocionales, intentando que no interrumpiéramos la rutina de ir a la escuela. Pero fuimos muy tranquilos. Quizás el problema de Inés hizo que no hubiera mucho margen para generar otros.
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-Yo tenía cuatro años, y el colectivo era muy grande. Fue un problema de desadecuación de tamaños. Crucé cuando no tenía que cruzar. No me seccionó la pierna; me aplastó. Trataron de salvarla, pero estuve por entrar en una gangrena generalizada. Así que, al final, la cortaron.
Le pusieron prótesis y ella rompió dos, por usarlas como cañón, como espada, como garrote contra otros compañeros. La de ahora tiene ya 16 años y se llama Fellini.
-La tengo que cambiar. Siempre está la fantasía de hacértela: elegir una buena madera, tallarla.
Es fornida; lleva el pelo entrecano. Viste jeans, zapatillas, camisas simples, morral indígena. Conduce un auto con un embrague que se acciona desde el volante. Tiene una renguera leve en pierna derecha, apenas. En el colegio la exceptuaron de las clases de educación física y cree que eso, esa excepción, habla del extraño estado de las cosas.
Se hizo nadadora a los seis años, en un club de Belgrano que era también un instituto de rehabilitación. Descubrió que se movía bien en la ausente gravedad del agua y que lo suyo no era nadar rápido, pero sí mucho. Que no la aburría lo cíclico: el ir y venir cual hámster húmedo. Que le gustaba escuchar las cosas que usualmente no escuchaba fuera –el ladrido de los pulmones capturando el aire, el pistoneo del propio corazón– y la visión lateral, disminuida, la desfiguración grácil del mundo.
A los 12 conoció el mar: "El poder de la masa de agua y el ruido, y darse cuenta de que el agua no es totalmente agua porque tiene partículas sólidas". Terminó el secundario, siguió nadando en clubes y empezó a cursar Letras porque era gran lectora y "por absoluta imposibilidad de estudiar cualquier otra cosa". Ahora, su único sustento es el sueldo que gana como profesora de Semiología de la misma facultad donde estudió.
Hasta 1991 o 1992, fue nadadora de piscinas varias y, esporádicamente, del mar. Un día Gabriel Decunto, guardavidas de Mar del Plata, la vio nadar y le dijo: "Vos tendrías que cruzar el canal de la Mancha". Ella lo miró y pensó: "Está loco". Meses después la invitaron a correr una carrera por el río Paraná.
-Yo nunca había nadado en el río. Y fue increíble lo que tuve con la corriente, con la opacidad del agua, con la textura aterciopelada, mucho más suave que el agua de mar, con el reflejo de los árboles, la caída de las hojas sobre el agua. Hice una promesa interna. Dije: "Esto es mío; yo tengo que hacer esto; tengo que procurarme una forma de estar acá todo el tiempo, de ir nadando a todas partes". Mucho después, tomé un café con David Viñas. El había sido profesor mío y me expuso un panorama de lo que un estudiante de Letras podía hacer: ser profesor, periodista, crítico. Pero, en un momento, se detuvo y me dijo: "Vos, en realidad, ¿qué hacés?" Y mi respuesta espontánea fue: "Yo nado". Reconocerme como alguien que nada me hizo tomar decisiones. Viajó a Mar del Plata, buscó a Gabriel Decunto y le preguntó: "¿Vos me decías en serio lo del Canal de la Mancha?", y él le dijo: "Claro", y le presentó a Claudio Plit.
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Plit cruzó el Canal de la Mancha en dos ocasiones y fue campeón mundial de aguas abiertas cinco veces. Nació en Rosario, vive en Mar del Plata, practica yoga, es taoísta y lo primero que le preguntó a María Inés, cuando ella fue a pedirle que la entrenara para cruzar ese desierto de agua, fue para qué quería someterse a un entrenamiento de dos años, acumular volúmenes inverosímiles de nado en el encierro cementicio de una piscina y enfrentarse con ese demonio líquido que sólo había permitido que 70 de los 7000 que lo intentaron lograra atravesarlo. Ella le respondió: "Porque nadar me pone en un vínculo distinto con el tiempo. Y porque no me dan miedo las distancias". El aceptó entrenarla; ella volvió a Buenos Aires, dejó la facultad, consiguió una beca y se mudó al Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard), donde nadó, durante dos años, todos los días, en una piscina descubierta que estaba a su única, total disposición.
-Nadar 12 kilómetros en una pileta fue lo peor. Estás encerrada; rebotás contra las paredes. Si no hacía algo para disociar esa situación, no lo iba a lograr. Y así fue como empecé con la meditación, las visualizaciones y las cartas: escribir cartas de invitación a gente que para mí era importante y repetirlas durante esas tres horas de nado, como un mantra.
La primera carta está fechada el 29 de mayo de 1995 y dirigida al subcomandante Marcos: "Subcomandante, vamos a la Mancha [...]. Descansemos sólo lo necesario para continuar. Lo que va quedando atrás es sólo eso. El resto, el hilo mínimo que transforma la distancia en tiempo. Subcomandante, vamos, o venga usted aquí, para salir y cuanto antes alcanzar el continente". La segunda está fechada el 15 de junio de 1995 y dirigida a Federico Fellini: "La nave ya está yendo, Federico [...]. Y la nave va a buscarte, a buscarte a vos también, o sobre todo".
-Empecé a visualizar el Canal de la Mancha en las condiciones más terribles, porque te puede tocar nadar con sol, de noche, con tormenta. Siempre se ve la natación como un esfuerzo físico, cuando lo difícil es lo interno. Te podés aburrir, podés pensar "¿qué estoy haciendo acá?". Y lo arduo es tener todos los sentidos puestos en el presente. Ver qué pide el agua y cómo respondés, porque el agua manda. Yo, además, me había preparado para encontrar el agua muy fría nadando en pleno invierno en Mar del Plata.
Entró al Canal de la Mancha por Shakespeare Beach, Dover, Inglaterra, a las 5.15 del 25 de agosto de 1997.
-Todavía era de noche y el barco guía llevaba las luces encendidas. Yo nadaba en esa aureola de luz, y era como un teatro que se desplazaba. Fue muy poético.
Los nadadores veloces cruzan en menos de 12 horas. Ella recorrió los 47 kilómetros en 12 horas y 48 minutos y, cuando terminó, supo lo que tenía que hacer: no volver a nadar nunca en su vida.
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-Estábamos en Inglaterra, mirando el canal –dice su entrenador, Claudio Plit–. Ella había estado dos años gestionando dinero para hacer el cruce y, para alguien que quiere hacer deportes, toda esa gestión es muy desgastante. Entonces, me dijo: "Dejo de nadar". Y discutimos mucho.
-El –dice María Inés– me dijo: "¿Qué te queda pendiente?". "Encontrar agua fría", le contesté. El agua del canal estaba a 15, 16 grados, y eso no es agua fría. "¿Y la encontraste?", me preguntó. "No". Entonces, me dijo: "Nunca te quedes con cosas pendientes en el agua". Y fue para seguir el rastro del agua fría en que María Inés volvió a nadar.
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-Chicos, ¿quién me va a buscar una tiza?
Son las 11 y María Inés empieza a dictar su clase de los martes: Semiología, pleno CBC. El aula cementicia, pintada de blanco y verde, tiene una pizarra y 50 varones y mujeres, y banderas que dicen: "Abajo el golpe en Honduras". Ella habla del sujeto y el objeto del discurso, de Umberto Eco, del análisis aplicado a la carta que Rodolfo Walsh escribió cuando su hija Vicky murió en un enfrentamiento con los militares. Todos la escuchan, pero no se sabe si saben lo que esta mujer hace, lo que esta mujer más es: una mujer que nada.
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-Ella no nada con prótesis –dice Plit– porque no están hechas para nadar, pero para un nadador fondista, la patada no es fundamental. Genera mucha demanda energética y eso, en distancias largas, es un problema. María Inés era buena nadadora de pileta, pero no descollante. En lo que hay que sacarse el sombrero es en el agua fría. Lo que ella hizo lo hicieron dos, tres tipos en el mundo, y con grasa o neoprene. Ella se mete sin nada.
-¿Qué hacés cuando nadás? –dice María Inés–. Buscar con las manos masas de aguas quietas. En el diálogo entre el nadador y el agua se producen zonas de agua que funcionan como puntos de apoyo. Lo que uno hace al nadar es escalar. Te apoyás en esa masa quieta con las manos, y trasladás tu cuerpo. Lo central es la toma del agua. Tomar el agua, apoyarte en el agua, subir.
En 1999, ingresó en el libro Guinness de los records cuando nadó 34 kilómetros por el mar Báltico, durante 11 horas y, en parte, a través de una alfombra de aguas vivas. En 2000, nadó 50 kilómetros rodeando la isla de Manhattan durante 9h 50’ y la contaminación del río Harlem le produjo vómitos violentos. Un día decidió que ya estaba bien de aquellas aguas amables, por tórridas, de 13 grados de promedio, y buscó su primer destino helado. Eligió el canal Beagle y supo que necesitaba un lugar de entrenamiento. Miró el mapa, vio el lago Argentino, El Calafate, provincia de Santa Cruz, Parque Nacional Los Glaciares, y se dijo: "Ahí".
-Ya trabajaba en una meditación con cristales de cuarzo. Había elegido un cuarzo salvaje, con una forma muy parecida a la pared de un glaciar, que me acompañó hasta el final, en todos los cruces. Cuando fui por primera vez a El Calafate y expliqué lo que quería hacer, los guardaparques se asustaron. La gente piensa que te vas a morir. Pero me dieron todo el apoyo. Me llevaban al lago; yo nadaba y, a medida que me iba habituando, decía: "Quiero agua más fría". Y me llevaban más adentro.
Finalmente, el 3 de marzo de 2001, a las 13.01, se internó en el canal Beagle, que sólo habían cruzado la norteamericana Lynne Cox y el mendocino Gustavo Oriozabala. Nadó con una temperatura ambiente de 3 grados bajo cero y aguas a 6°5. La guiaba un barco en el que iban Plit y Vicente Graziano, un flautista que tocó, durante la travesía, la banda de sonido de Cinema Paradiso y que la acompañó, después, en cada cruce. Aquella vez, cuando salió del agua, miró a Plit y le dijo: "No estaba frío. Al final, me voy a tener que ir a nadar a la Antártida". En 2001, cruzó el estrecho de Gibraltar, en 2003 nadó durante 46 minutos en aguas a 4° a lo largo de la pared del glaciar Perito Moreno y empezó a pensar, muy seriamente, en cruzar el estrecho de San Carlos, que separa –o une- las islas Malvinas.
-Nadar en el glaciar era como ir a Río de Janeiro. Buscaba agua fría y no la encontraba. Hasta que en Bariloche un amigo me dijo: "¿Vos querés nadar en agua fría? Yo te voy a llevar". Me llevó al ventisquero Negro, donde nace el río Manso. Eso es más hielo que agua en estado líquido. Está a 0° 8. Y me tiré. Tres días después seguía con los dedos anestesiados. Dije: "Si puedo nadar acá, puedo nadar en la Antártida".
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El cuerpo humano tiene una temperatura central y una temperatura periférica. María Inés logró, a través de técnicas de meditación y control respiratorio, aumentar o mantener estable su temperatura central aun si su temperatura periférica desciende a niveles drásticos. Cuando fue a ver al doctor Néstor Alberto Lentini, coordinador de tecnología y ciencia del Cenard, le dijo que quería nadar en la Antártida y le contó cómo pensaba hacerlo. Y el doctor Lentini no le creyó.
-Le dije: "Que vos tengas la sensación de que tu temperatura aumenta me parece bien, pero no te lo puedo creer si no lo puedo comprobar" –dice Lentini–. Para probarlo, ella hizo una sesión de concentración mental en su habitación y medimos y confirmamos que la temperatura suya había aumentado un grado.
María Inés Mato entró a las aguas de la Antártida desde la base Jubany, en febrero de 2006, a las siete de la mañana, y después de una noche de perros en la que no pudo aclimatarse, durmiendo en el camarote de un buque oceanográfico y con diez grados todo alrededor.
-La tierra fue más difícil que el agua –dice–. Nadé 20 minutos, pero podría haber seguido.
-A través de una cápsula que ella ingería –dice Lentini–, podíamos controlar la temperatura interna. La temperatura del agua estaba en 2°1 y la externa era de 10 grados bajo cero. La temperatura periférica de ella bajó a niveles de 35 grados, y la temperatura central subió un grado y se mantuvo estable. Después de un determinado tiempo fuera del agua, empezó a recuperar su temperatura, sin síntomas de hipotermia.
El proyecto del doctor Lentini se llama termorregulación en aguas frías y abre un signo de interrogación a aquel viejo dogma marinero que dice que hombre al agua es hombre muerto.
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Un día de 2007, María Inés estaba en el Parque Nacional Los Glaciares, entrenándose para nadar en las Malvinas, cuando soñó que su cristal de cuarzo se rompía. Despertó con una angustia vaga, pegajosa, de la que no pudo deshacerse. Al día siguiente, tanteando la mesa de luz, desconcertada, su mano chocó con algo y ese algo cayó al suelo y se hizo añicos.
–Era el cristal. Me dio una angustia horrible. Era como una señal. Me fui a ver a un gran amigo que vivía ahí y le dije: "Mirá lo que me pasó: se rompió el cristal". Y me dice: "¿Cuándo fue que decidiste tenerlo?". "Cuando empecé a nadar acá". "¿Y por qué lo elegiste?". "Porque tenía esta forma parecida al lago Argentino". "¿Y vos viniste acá para ir dónde?". Y le digo "A las Malvinas". "Bueno", dice, y pone los trozos del cristal roto sobre la mesa: "Ya es tiempo". Los dos pedazos del cristal tenían la forma de las islas.
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-Ella -dice Plit-empezó muy deportista y los últimos cruces no fueron tan físicos sino mentales. Es una nadadora intelectual y llenó esos cruces de arte. Por eso, entiendo que ahora ya no quiera nadar más. Porque su cuota deportiva la cumplió.
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El viernes 21 de marzo de 2008, María Inés fue, por última vez, la nadadora: cruzó el estrecho de San Carlos, que separa la isla Gran Malvina de la isla Soledad. Ocho kilómetros cubiertos en tres horas con el agua a 9 grados.
-Fueron unas aguas tan raras. Como si fueran hojaldre, como capas de agua. Yo pensaba: "¡Pucha! Tantas aguas recorridas y ésta viene a ser el agua más rara de todas". Pero fue maravilloso. Ahí dejé enterrados los trozos del cristal y cerré. Terminé con las aguas abiertas. Sigo nadando, cumpliendo aquella promesa que me hice de nadar en todos lados, pero al final no encontré el agua fría. Entonces, ya está, porque no hay aguas más frías que esas.
Más frías que las aguas que no existen: las aguas que soñó.
El personaje
MARIA INES MATO
Un ejemplo de superación
Quién es: nadadora de aguas abiertas. Profesora de Semiología en la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Coordinadora del área de Deportes de la misma facultad. Perdió parte de su pierna derecha en un accidente, a los cuatro años. Nació en Buenos Aires en 1965. Es soltera.
Qué hizo: cruzó el Canal de la Mancha en 1997. Gracias a ejercicios de meditación y respiración, pudo nadar sin protección térmica en aguas heladas como las del ventisquero Negro, cerca de Bariloche; el glaciar Perito Moreno, el Canal de Beagle, la Antártida y las islas Malvinas.
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