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WASHINGTON.- Hubo un tiempo en que las librerías dedicaban estantes enteros a la salud cerebral, aunque nadie lo llamaba así realmente: colecciones de crucigramas, Sudokus, juegos de memoria. Más tarde llegaron los libros de colorear para adultos. Cada uno prometía, de una forma u otra, mantener la mente ágil.
En aquel entonces, la evidencia sobre los beneficios prácticos de estas actividades era escasa. Pero recientemente, la neurociencia identificó una lista creciente de aquellas que parecen ayudar al cerebro: aprender un idioma, tocar música, caminar, dominar una nueva habilidad.
Esto invita a una pregunta más amplia: si estas experiencias fortalecen el cerebro, ¿podrían combinarse en algo más deliberado, un entrenamiento diseñado para la mente?
“En este momento solo nos enfocamos en el cerebro cuando algo sale mal. Pero estamos descubriendo que puede haber cosas que podemos hacer para la prevención”, dijo Sandra Bond Chapman, profesora de ciencias conductuales y cerebrales en la Universidad de Texas en Dallas.
Estudios anteriores sobre programas de entrenamiento cerebral sugerían que eran en gran medida un fracaso, al encontrar que los participantes mejoraban predominantemente solo en la tarea específica que practicaban o en algo similar, como recordar códigos de autenticación de seis dígitos en sus teléfonos celulares o completar ejercicios de memoria similares.
Ese panorama comenzó a cambiar.
Varios estudios publicados durante el último año abordaron la cuestión desde diferentes ángulos, los cuales apuntan en la misma dirección: el entrenamiento cognitivo puede producir cambios más amplios y medibles en el cerebro.
En octubre, investigadores de la Universidad McGill informaron que los adultos mayores que completaron 30 minutos de entrenamiento cerebral por día durante 10 semanas mostraron mejoras en el sistema colinérgico del cerebro, crítico para el aprendizaje y la memoria. Al mes siguiente, otro equipo publicó un análisis de escaneos de resonancia magnética de 190 adultos sanos de entre 20 y 70 años que mostraba que el entrenamiento cognitivo puede reorganizar físicamente el cerebro adulto. Luego, en febrero, los investigadores publicaron el seguimiento de 20 años de un ensayo clínico histórico, y encontraron que los adultos de 65 años o más que completaron un programa específico de entrenamiento de velocidad de procesamiento tenían un 25% menos de riesgo de desarrollar demencia que los participantes del grupo de control.
Y el campo vibró con entusiasmo en la Conferencia Internacional de la Asociación de Alzheimer el mes pasado, donde los investigadores presentaron nuevos hallazgos del ensayo clínico más grande que investiga si los ejercicios de entrenamiento cerebral computarizados pueden reducir el riesgo de deterioro cognitivo asociado con la edad.
El ensayo, financiado con más de US$50 millones por los Institutos Nacionales de Salud, refleja un creciente interés en una intervención que es económica, escalable y accesible para casi cualquier persona con una computadora o una tableta.
Los hallazgos de julio, producto de una colaboración entre investigadores de la Universidad de Clemson, la Universidad Médica de Carolina del Sur y Penn State, involucraron solo a 53 participantes. Pero el estudio utilizó el estándar de oro de la investigación clínica, un ensayo controlado aleatorio, que orienta a los investigadores hacia nuevas preguntas.
La evidencia emergente sugiere que solo ciertos tipos de entrenamiento producen beneficios significativos, los cuales difieren entre hombres y mujeres. Si bien las razones siguen sin estar claras, los hallazgos están impulsando un nuevo esfuerzo hacia el entrenamiento cerebral personalizado: adaptar ejercicios específicos a las personas con más probabilidades de beneficiarse de ellos.
El desafío ahora es separar la ciencia del marketing. Aaron Seitz, profesor de psicología, diseño de juegos y terapia física en la Universidad Northeastern, advierte que algunas empresas continúan exagerando la ciencia inicial. Y aunque no existe un consenso científico amplio de que los juegos de entrenamiento funcionen, dijo, hay pocas dudas entre los investigadores de que la evidencia merece una mayor investigación.
“Todos en este espacio vieron ejemplos de personas que obtuvieron beneficios significativos del entrenamiento”, dijo Seitz.
En el estudio presentado en la reunión de la Asociación de Alzheimer, los participantes fueron asignados aleatoriamente a uno de tres grupos y pasaron de dos a tres horas por semana en ejercicios computarizados durante unos tres meses.
Un conjunto de juegos se centró en lo que los investigadores llamaron pensamiento de arriba hacia abajo: las habilidades mentales de orden superior que nos permiten planificar, razonar y cambiar nuestra atención de una tarea a otra.
“Es una vista panorámica de cómo organizás las cosas”, dijo Hye Won Chai, autora principal del estudio y profesora asistente de investigación en la Universidad de Clemson.
Los participantes son desafiados con decisiones deliberadas que requieren concentración y resistir distracciones, como hacer cálculos rápidos.
Un segundo conjunto de juegos, descrito como entrenamiento de abajo hacia arriba, enfatiza reacciones más automáticas a la información sensorial, las emociones y los hábitos.
El enfoque de este estudio fue la velocidad y la atención visual, lo que requirió que los participantes detectaran, identificaran y localizaran rápidamente estímulos bajo una presión de tiempo creciente. En un ejercicio, los participantes tuvieron que realizar un seguimiento de dos piezas de información a la vez: un vehículo que aparecía brevemente en el centro de la pantalla y una señal de la Ruta 66 que aparecía en otro lugar. Luego se les pidió que identificaran el vehículo y recordaran dónde había aparecido la señal.
El tercer grupo sirvió como control activo y pasó la misma cantidad de tiempo jugando videojuegos conocidos, como una variante de Conecta 4, Solitario y sopas de letras.
Antes de que comenzara el entrenamiento, y nuevamente después de que terminara, los investigadores extrajeron sangre para medir dos formas de beta-amiloide, una proteína estrechamente asociada con la enfermedad de Alzheimer. Una forma, conocida como beta-amiloide 42, es especialmente propensa a agruparse en las placas que se acumulan en los cerebros de las personas con la enfermedad.
Elegir qué medir se convirtió en uno de los desafíos centrales en la investigación de la salud cerebral. La presión arterial y el colesterol indican la salud del corazón. La función pulmonar puede medirse con una simple prueba de respiración. Pero no existe un estándar equivalente para el cerebro, ni una forma ampliamente aceptada de determinar si está envejeciendo bien o volviéndose más resiliente.
En consecuencia, los investigadores evaluaron una amplia gama de medidas, como biomarcadores sanguíneos, hallazgos de neuroimagen y evaluaciones de la memoria, el funcionamiento diario, la calidad de vida y, en última instancia, la aparición de la demencia.
Chapman, fundadora y directora del Centro para la Salud Cerebral de la Universidad de Texas en Dallas, está ayudando a liderar un esfuerzo para crear una métrica más integral. El Índice de Salud Cerebral de su equipo combina medidas de función ejecutiva, bienestar emocional y conexión social en una sola puntuación diseñada para seguir cómo cambia el cerebro de una persona a lo largo del tiempo.
Chapman compara el esfuerzo con el Estudio del Corazón de Framingham, que transformó la medicina cardiovascular al identificar los factores de riesgo que predicen las enfermedades cardíacas. Por ahora, sin embargo, la ciencia sigue en sus primeras etapas.
Los tres grupos en el estudio de Chai pasaron aproximadamente la misma cantidad de tiempo ejercitando sus cerebros. Algunos jugaron juegos de palabras y rompecabezas. Otros completaron ejercicios diseñados para mejorar el razonamiento. Un tercer grupo entrenó la velocidad de procesamiento: la capacidad del cerebro para captar, interpretar y responder rápidamente a la información visual.
La sorpresa llegó cuando se analizaron los análisis de sangre. Solo el grupo de entrenamiento de velocidad mostró cambios favorables en los biomarcadores relacionados con el Alzheimer.
El hallazgo llevó a los investigadores a una parte del cerebro que rara vez entra en la conversación pública: el sistema colinérgico, una red de células que respalda la atención, el aprendizaje y la memoria. El sistema disminuye naturalmente con la edad, alrededor de un 2,5% por década, pero se deteriora mucho más rápidamente en la enfermedad de Alzheimer.
“Nuestra teoría es que los ejercicios de velocidad de procesamiento estimulan el sistema colinérgico de una manera que influye en las vías biológicas que involucran tau y amiloide”, dijo Chai.
La idea es consistente con los hallazgos del estudio de la Universidad McGill publicado en la revista revisada por pares JMIR Serious Games, que también mostró que el entrenamiento beneficiaba al sistema colinérgico.
Etienne de Villers-Sidani, profesor asociado de neurología y neurocirugía que dirigió la investigación de McGill, piensa que los dos estudios cuentan una historia similar. A medida que las personas envejecen, muchas formas de conocimiento, incluido el vocabulario y el significado de las palabras, permanecen estables o incluso mejoran. La velocidad de procesamiento, por el contrario, comienza a disminuir mucho antes.
Eso puede ayudar a explicar por qué los juegos basados en palabras pueden ser menos efectivos que los ejercicios que desafían al cerebro a procesar información más rápidamente.
Eso no significa que los crucigramas o el Sudoku sean una pérdida de tiempo, dijo de Villers-Sidani, que colaboró con Posit Science, que proporcionó acceso a BrainHQ para algunos de los juegos. Siguen siendo mentalmente atractivos y agradables.
“No estoy diciendo que sea malo hacer eso”, dijo. “Pero no es donde debés enfocarte para revertir algunos de los efectos del envejecimiento. No está moviendo la aguja tanto”.
La ciencia del envejecimiento cognitivo estuvo marcada durante mucho tiempo por un rompecabezas intrigante: los hombres y las mujeres muestran diferentes patrones de deterioro cognitivo, y las mujeres representan casi dos tercios de los estadounidenses que viven con la enfermedad de Alzheimer y demencias relacionadas.
El estudio de Chai sugiere que las diferencias pueden extenderse a cómo responden las personas al entrenamiento cognitivo. En el pequeño ensayo, los ejercicios de velocidad de procesamiento alteraron los biomarcadores de amiloide relacionados con el Alzheimer en hombres, pero no en mujeres.
Esos cambios estructurales no se traducen necesariamente en mejoras significativas en el funcionamiento diario. Pero Robyn Honea, una experta en neuroimagen que trabajó en el estudio mientras estaba en el Centro Médico de la Universidad de Kansas y ahora dirige una empresa de medicina de precisión, se mostró esperanzada.
“Eso es algo bueno”, dijo Honea. “Esas medidas generalmente disminuyen con el envejecimiento y el Alzheimer, por lo que verlas aumentar sugiere una función cerebral más saludable”.
Las mejoras en la salud cerebral de las mujeres, por el contrario, se asociaron con cambios en la profundidad de los pliegues corticales en regiones involucradas en la memoria y la atención.
Aun así, dijo Honea, no entendemos qué significa eso y “no entendemos completamente por qué”.
La evidencia sugiere que el entrenamiento cerebral no es igualmente efectivo para todos. Seitz dijo que las mayores ganancias tienden a ocurrir en las personas que tienen más margen de mejora. Los estudiantes universitarios, por ejemplo, a menudo muestran solo beneficios modestos porque ya funcionan a un nivel alto y están inmersos en entornos cognitivamente estimulantes. Los adultos mayores con estilos de vida relativamente sedentarios, por otro lado, pueden experimentar mejoras mucho mayores a partir de una amplia gama de actividades mentalmente atractivas.
“Las personas que menos ganan son las personas con el funcionamiento más alto”, dijo Seitz. “Cuanto más lejos están de cuando en la vida tuvieron su mejor desempeño, esos son los mejores candidatos”.
Para las personas con enfermedad de Alzheimer, el panorama es más complicado. El daño al cerebro puede hacer que sea más difícil para algunos individuos beneficiarse del entrenamiento, mientras que otros aún pueden responder a intervenciones específicas.
Incluso donde el entrenamiento cognitivo muestra beneficios, los investigadores enfatizan que no debe verse como una solución independiente. Una revisión de la investigación en la revista médica británica The Lancet el año pasado encontró que los mayores beneficios cognitivos se observaron cuando se combinó con otras intervenciones de estilo de vida, particularmente el ejercicio físico, en lugar de usarse de forma aislada.
La conclusión es que la evidencia se resiste a conclusiones fáciles.
“Es un poco complicado”, dijo Seitz.



