La obra de Milhazes viste de colores el Malba

La muestra de la artista carioca, una de las más cotizadas de su país, puede verse hasta el 7 de diciembre
Loreley Gaffoglio
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2 de noviembre de 2012  

Adiestrado en detectar arte de calidad, Eduardo Costantini recorría en 2004 galerías en Chelsea, Nueva York, cuando una vorágine de audaces formas multicolores, yuxtapuestas en un gran lienzo, le cambió el humor: el ánimo se le encendió, sintió alegría. El influjo de la composición le contagiaba goce y belleza. Quiso comprar aquel lienzo hechicero, pero ése y todos los demás de la carioca Beatriz Milhazes ya estaban vendidos. Un freno impensado a su júbilo; efímero como el regodeo de su mirada con aquellos colores sinfónicos.

El desquite llegó en Londres cuatro años después. Cuando El Mago, una implosión floral y colorística de hipnóticas formas inventadas, se alzó sobre el estrado de Sotheby’s, el cuadro de casi 3 metros de largo por dos fue suyo: pagó US$ 1 millón y les arrebató el objeto de deseo a otros oferentes europeos de la sala. Tres años después, la marca de Milhazes trepó a los US$ 1,6 millones, ubicándola como la segunda más cara de su país, detrás de Adriana Varejäo.

Al contemplar ahora la última producción de la brasileña Milhazes, 30 grandes telas que azuzan las paredes blancas del Malba y son un imán indiscutido para las retinas, se entiende muy bien aquel afán de Costantini por poseer alguna de sus obras: reavivan el ánimo, contagian alegría. Incitan, luego, a rastrear "la salida" para esos laberintos de color en los que quedan atrapadas un sinfín de formas excelsas. Pero no la hay. Como tampoco un sosiego de blanco o de tonos apagados. Bienvenidos a la pintura de una de las mayores y mejor cotizadas artistas de Brasil.

Panamericano. Beatriz Milhazes. Pinturas 1999-2012, la exposición orquestada por Costantini para mostrar por primera vez en América latina esa euforia de color y abstracción, es una de esas muestras que los connaisseurs de la pintura contemporánea celebran. Hay dos gemas prestadas por el Guggenheim y otras dos de la colección personal de Costantini. Otra viajó del Museo de Arte Moderno de San Pablo y la mayoría proviene de colecciones privadas europeas.

El Malba se lleva un laudo al introducir a la artista a la cultura porteña, con la edición, además, de un catálogo con textos de referencia para su obra. ¿Por qué es tan buena? Por su singularidad compositiva y su insolencia en el color, en cada lienzo conviven más de un centenar de tonalidades en armonía; por el laberinto caótico de formas yuxtapuestas que crea, que parecen azarosas, pero que ubica con racionalidad cartesiana en el lienzo; porque dota al color de movimiento, y porque aun desde el lenguaje de la abstracción transmite la cultura brasileña en clave universal.

En su pintura asoman la fusión de las fuentes populares de Brasil con la lección colorística de Matisse, la geométrica de Mondrian y la desmesura surrealista de Tarsila do Amaral. Un mismo lienzo atrae y dispara infinidad de percepciones, coincide la crítica internacional.

Milhazes, de 52 años, no pinta directamente sobre la tela. Usa la técnica del collage pictórico: pinta cada motivo sobre una hoja de plástico, que luego imprime sobre la tela. Al retirarlo, el motivo se adhiere como una calcomanía. Su gramática abstracta colosal y a veces asfixiante supone el encastre de cada una de las formas por separado y luego la "construcción" de capas. Así, logra la densidad de figuras y cimentar cierta profundidad de campo.

Las formas pueden ser flores y frutas, mariposas y pájaros, arabescos, rosetones, la trama de un encaje o de un cotillón de carnaval, líneas sinuosas o figuras geométricas, formas de fantasía. Cada motivo cobra vida y dispara su misterio.

El curador de la muestra, el francés Frédéric Paul, ve en ese conjunto de formas una deuda al sincretismo de culturas de Brasil, el modernismo de los años 30, además de la cita al carnaval y la bossa nova.

"Siempre le temo a la rapidez de mis pensamientos y de las imágenes que se me aparecen", cuenta Milhazes a LA NACION, que confiesa tener una necesidad compulsiva de contacto físico con su telas. "Sin embargo, mis obras están ejecutadas con mucha lentitud y reflexión sobre dónde va cada cosa", confía sobre su producción, de diez o doce cuadros por año. ¿Qué dispara su pintura? "Todo empieza y culmina en el color", confía. "Pero mi búsqueda en definitiva se relaciona con lo que esconde la belleza del arte: pinto para descubrir por qué las personas tenemos la necesidad de la belleza."

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