
Las villas, cada vez más violentas
Ahora se roba al vecino y hay más ferocidad en los delitos, al tiempo que aumenta la miseria
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El hombre que se pasea ostentosamente entre la gente con una pistola nueve milímetros en la mano no tiene más de veinte años.
Viste un pantalón de jogging, una remera blanca, una gorra de tela y unas zapatillas de cincuenta pesos, y un grupo de chicos juega a su alrededor.
Mientras el hombre se pasea son las cinco y cuarto de la tarde del martes 12 de enero, y en la villa 20 el calor es pegajoso y húmedo. La villa 20 está en Lugano, en tierras que son de la Policía Federal, y una calle en pendiente donde están poniendo cloacas la atraviesa de arriba abajo como una herida abierta.
Arriba, donde la calle comienza, hay casas humildes pero dignas, y abajo una montaña de autos apilados abandonados por la policía, entre los que se adivinan un Porsche, un Volvo 444 y un viejo Borgward Isabella. A los costados de la calle hay precarias casas enrejadas construidas con menos ladrillos que madera y chapas, y entre las rejas, de tanto en tanto, carteles escritos a mano que ofrecen cosas: "Se vende vino suelto y en damajuana", "Hay cubitos a 0,10", "Hoy: tortilla y pan casero".
La 20 es una de las 13 villas de emergencia que hay en la Capital Federal. En conjunto ocupan 280 hectáreas en las que viven 22.300 familias formadas por casi 140 mil personas. Las 280 hectáreas equivalen a 140 veces la Plaza de Mayo o a 15 veces y media el Zoológico de Buenos Aires, y 140 mil personas es el doble de los habitantes que tiene una ciudad como Necochea.
Fronteras adentro de las villas hay un mundo aparte, con leyes y códigos propios. Allí la vida tiene patrones diferentes, el futuro es una palabra a menudo vaciada de esperanzas y con frecuencia se mata y se muere con una facilidad escalofriante.
En los últimos días, muchos ojos se han vuelto hacia ese mundo buscando explicaciones a la renacida ola de violencia. Sin embargo, aunque hay elementos objetivos para la sospecha, no todo es lo que parece.
Las voces que siguen, en su mayoría, vienen de ese mundo. Hablan por sí mismas.
La violencia
En lo que concierne a la seguridad dentro y alrededor de las villas, la situación en la Capital Federal no parece distinta de la del Gran Buenos Aires.
Hay tres datos fundamentales:
- El primero es que en los dos últimos años bajó el promedio de edad de los delincuentes. Antes, los menores que delinquían tenían entre 16 y 18 años; ahora tienen entre 13 y 15.
- El segundo dato es que, según fuentes policiales, no aumentó la cantidad de delitos sino la ferocidad de quienes los cometen. "Antes no se mataba a una mujer indefensa después de robarle, y ahora sí", dicen.
- El tercero es que se rompió un código que parecía indestructible: ahora se roba cerca de donde se vive.
Los testimonios:
"Dentro de las villas hay delitos, pero no contra la seguridad sino contra las personas. O los habitantes de las villas no se roban entre ellos, o los robos no se denuncian por miedo a las represalias".(Marcelo Rozenblum, comisario.)
"El año pasado, cuando me robaron por cuarta vez, fui a la comisaría 46a. y el oficial que me atendió me dijo: "´Si no sabés dónde vive o cómo se llama el que te robó, yo no puedo hacer nada´".(Vilka Patrocinia, Villa 31.)
"Los chicos ya se ponen violentos por las situaciones que les toca vivir. Cuando los echan de la escuela muchas veces no pueden rehacer el camino y empiezan a robar".(Ethel Batista, coordinadora de la Casa del Adolescente, de la Villa 24.)
"Las villas son el chivo expiatorio de lo que pasa afuera. ¿O me van a decir que afuera no hay violencia?" (Héctor Lobo, dirigente peronista de la Villa 31.)
"Vas por la calle y te van midiendo: "Con los zapatos de este flaco me hago 6 pesos, con la camisa, 2; con los pantalones, 4". Acá en la villa se roba para comer o para drogarse".
(Omar Bravo, estudiante de psicología, Villa Luján, Quilmes.)
"Conozco la villa de arriba abajo. Acá la parte baja es la más violenta, pero estamos progresando".(Marcelo Chancalay, Villa 20.)
"Claro que hay violencia. Nosotros tuvimos que entrenar especialmente a nuestros cirujanos y a nuestros clínicos por la cantidad de heridos de bala y arma blanca que recibimos en la guardia".
(Marcos Buchbinder, director del hospital Piñero y responsable de siete centros de salud que funcionan dentro de las villas.)
"Estoy en juicio contra la revista trespuntos porque escribieron que yo dije que en la villa hay logística y se guardan fierros". (Héctor Lobo, dirigente peronista de la Villa 31.)
"Acá, cuando hay robos, los vecinos les hablan a los ladrones y por un tiempo dejan de robar".(Mario Juárez, Villa 21-24.)
"El problema de la violencia no es sólo de la villa; está instalado en todos lados. Pero reconozco que aquí hay gente poco contenida. La falta de trabajo, la marginación y la discriminación hacen que la gente adopte actitudes violentas y hostiles".(Padre Aníbal Filippi, párroco de Nuestra Señora de La Cava, San Isidro.)
La miseria
En las villas de emergencia, todos los indicadores se potencian. Allí, el que es pobre es más pobre, el que es violento es más violento y el que tiene hambre, tiene más hambre.
El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires reparte diariamente 12.200 raciones de comida, que se utilizan para desayunos, almuerzos y merienda en las 13 villas de la jurisdicción. El comedor de la villa 21-24, por ejemplo, recibe 94 raciones diarias, con las que tiene que dar de comer a 150 chicos.
Los testimonios:
"Acá hay un proyecto de muerte; yo de vida no veo nada. Sufrimos, pasamos hambre. No sabe lo importante que es poder comer".(Amalia Seguí, Villa Luján, Quilmes.)
"El Estado nos ayuda, pero también uno se siente mal, porque todo lo que recibe es de segunda: la comida, la ropa, los materiales didácticos. Todo estuvo usado. Si se trata de alimentos, pueden llegar a estar vencidos. Acá todos los días hay pibes que no comen".(Ethel Batista, Villa 21-24.)
"A veces no sé qué voy a cocinar para mañana".(Leticia Funes, responsable del comedor de la Villa 21-24.)
"La miseria no es romántica. El pecado está en todos lados. Si la gente de la villa consigue trabajo, es explotada; la policía les pega; cuando llueve pierden todo; viven entre las ratas y las moscas..." (Padre Luis Farinello, párroco de la Villa Luján, Quilmes.)
"Los cuadros clínicos que encontramos son propios de una zona con infraestructura insuficiente. No hay agua potable, no hay cloacas y hay contaminación ambiental. Hay desnutrición infantil y en los adultos. Hay tuberculosis y un aumento alarmante del SIDA en mujeres y chicos, a quienes se lo transmiten las madres. También aumenta el número de adolescentes embarazadas a partir de los 12 años, y la mortalidad de fetos por falta de cuidados".(Marcos Buchbinder, director del hospital Piñero.)
Números
Cualquier mirada sobre el fenómeno de las villas de emergencia de la ciudad de Buenos Aires permitirá advertir una paradoja: mientras cada vez hay menos, sus habitantes cada vez son más.
En los últimos años la población de las villas creció sin pausa. En 1983 vivían 12.600 personas; en 1992, 51.000; en 1993, 70.000; en 1996, 100.000 y en 1999, 140.000. Un mentís al mito de la pertenencia al Primer Mundo.
Entre 1977 y 1979, la población de las villas se redujo drásticamente: entre 1977 y 1978 fueron desalojadas 40.113 personas, y en 1979 otras 77.117. Eran los años de la dictadura militar, y los desalojos fueron compulsivos.
Hoy, con menos villas hay más habitantes que nunca, y cinco de las trece que existen en la Capital Federal tienen cada una más de 30 hectáreas.
En cuanto a la distribución de sus habitantes, las cifras oficiales y privadas no concuerdan. En el Gran Buenos Aires los datos más contradictorios se dan respecto de La Cava de San Isidro: el último censo dice que allí viven 9 mil personas, la policía dice 40 mil, los propios habitantes 15.000 y el cura de la parroquia, 10.500.
Con menos contrastes, lo mismo pasa en la Capital Federal. Para la Secretaría de Planeamiento Urbano y Medio Ambiente, quienes viven en villas de emergencia son 70.286. Para el Instituto Nacional de Estadística y Censos, 65.572. Para la Secretaría de Promoción Social del Gobierno de la Ciudad, 147.880, y según los datos que pudo recoger La Nación , la cifra roza los 140 mil.
¿Razones de las divergencias? Que por la movilidad social entre villa y villa y la cantidad de extranjeros y nacionales indocumentados, no hay censos confiables.
La solidaridad
Como grupo social marginal y con problemas comunes, la solidaridad es un componente cultural que en las villas de emergencia aparece con fuerza.
En todas las villas se hacen trabajos colectivos, en algunas zonas se protege a los delincuentes, y en la mayoría los vecinos hacen tareas sociales, como abrir calles para que puedan entrar autobombas o ambulancias, y organizar bingos, rifas y sorteos para ayudar económicamente a quienes tengan problemas de salud o urgencias económicas excepcionales.
Los testimonios:
"A las villas la gente llega buscando contención social; son los que la sociedad ha expulsado por distintos motivos, que casi siempre son económicos". (Cecilia Felgueras, secretaria de Promoción Social del Gobierno de la Ciudad.)
"Llegué hace cinco años a la villa. Venía desde Tucumán. Tenía un linfoma canceroso, un hijo enfermo de los bronquios y ni un centavo en el monedero. Acá me escuchó la gente de la cooperadora y me hicieron un lugar".(Ana Luna, Villa 24.)
"Cuando veo a alguien a quien le está pegando la policía, o a un chico que tiene hambre, pregunto por qué le pegan o le doy un plato de comida. Yo no me fijo en quién es; son todos bienvenidos".(Elba Garris, Villa 31.)
"Estas casas tienen dos plantas, garaje y jardín. Los materiales y la propiedad del terreno a nombre de los habitantes los puso el Gobierno de la Ciudad. Nosotros pusimos la mano de obra, y ahora hay muchos vecinos que, ayudados por otros, pueden tener una casa digna. Las casas son un paso hacia la dignidad".(Guillermo Lobo, Villa 21.)
"No nos podemos quejar".(Mario Juárez, Villa 21-24.)
"Los sectores sociales excluidos son también los más vulnerables. Lo que estamos haciendo es trabajar en conjunto con la gente de las villas, y aportando las soluciones que podemos. Pero sin esa gente, sin sus propuestas y sin sus esfuerzos, no hay soluciones posibles".(Cecilia Felgueras.)
Un paisaje cotidiano
Al hombre que camina ostentosamente con una pistola nueve milímetros por la Villa 20, nadie lo mira. El, y lo que él representa, es una parte del paisaje cotidiano.
La violencia está allí instalada, a sólo 20 minutos del Obelisco. Y tan firmemente como lo están la miseria, la marginalidad y la solidaridad.
Vivir en la villa es difícil, extremo, desgarrador. Morir, en cambio, parece tan fácil.
Hay armas y drogas
En las villas de emergencia hay bandas de delincuentes perfectamente organizadas, y aunque nadie quiera dar detalles todos saben que circulan armas y drogas. Como dice Guillermo Villar, de la Villa 21, "muchos jóvenes han quedado dentro de un sistema que retroalimenta a los mercaderes de la muerte, quienes les proveen armas y drogas gratis hasta que se hacen adictos".
La relación con la policía es ambigua: mientras algunos denuncian represiones feroces, otros se quejan por falta de vigilancia y porque no hay calles por donde puedan circular los patrulleros.
Uno de los hechos más resonantes y que puso en foco a las villas de emergencia como factor de peligrosidad urbana fue el asesinato de la señora Irma Rosa Vedia de Cassino, a quien dos menores le dispararon en la cabeza al intentar asaltarla.
Luego huyeron y se internaron en el intrincado laberinto de callejuelas y ranchos del tristemente célebre asentamiento conocido como La Cava. Todo ocurrió el domingo tres del actual en la esquina de Tomkinson y Rolón, en Beccar.
En las villas de emergencia se nace, se vive, se ama y se muere (y hasta se mata) con códigos propios. Es un mundo aparte en el que hay de todo: adolescentes que inhalan pegamento; chiquitos que antes o después tendrán tuberculosis o diarrea estival; mujeres que hacen milagros trabajando en los comedores; chicos que roban en los lugares donde les dan de comer; asesinos que matan por un par de zapatillas y hombres que hacen horas de cola para llenar un balde con agua potable en una canilla pública Allí, la única globalización es la de la miseria y la de la violencia, y todos parecen encerrados en una trampa de la que no pueden salir.
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