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NUEVA YORK.– ¿Eres feliz? Es una pregunta, al menos para mí, difícil de responder.
Otra pregunta difícil: ¿Por qué es tan difícil ser feliz para tantos? A pesar de una cultura llena de influencers de bienestar con sus trucos de felicidad y estrategias mentales, todos los indicadores muestran que somos menos felices que nunca. Es como si cuanta más energía enfocamos en tratar de sentirnos felices, más difícil resulta lograrlo.
Entonces, ¿qué está pasando y qué podemos hacer al respecto? Le planteé estas preguntas a Laurie Santos. Santos es científica cognitiva y una profesora cuya clase sobre la felicidad se convirtió rápidamente en la más popular en la historia de Yale. A través de su podcast “The Happiness Lab” y su curso gratuito en línea llamado “The Science of Well-Being”, el alcance de Santos se extendió mucho más allá del aula.
Quería entender qué dicen la historia y la ciencia sobre lo que realmente es la felicidad, cómo se conecta eso con la soledad y las ideas sobre la productividad y por qué, con tantos consejos de felicidad inundando nuestros feeds, todavía fue tan difícil para mí, y para muchos otros, hacer las cosas que realmente nos harán profunda y verdaderamente felices.
–Muchos filósofos abordaron la cuestión de la felicidad desde la antigua Grecia, y hay dos tipos principales de felicidad según los filósofos griegos antiguos hasta donde puedo entender: hedónica y eudaimónica. ¿Puedes explicar la diferencia?
–La felicidad hedónica es a lo que mucha gente común se refiere cuando dice felicidad: simplemente una sensación de bienestar. A menudo, cuando pensamos en el placer hedónico, pensamos en las cosas realmente básicas: buena comida, buen sexo, una sensación de logro. La felicidad eudaimónica es más grande. Se trata de vivir una buena vida. Felicidad que proviene no solo de tu propio éxito, de tu propio placer, sino de otras personas y de la construcción del carácter. Los antiguos, como Aristóteles, conocían ambas, pero cuando llegaba el momento de la verdad decían: “Apuesten por la eudaimónica”.
–En la antigua Grecia, el gran debate filosófico era también si la felicidad era naturaleza o crianza. ¿Qué dice la ciencia? ¿Están ciertas personas más predispuestas a ser felices?
–Los científicos estudian esto realizando estos estudios clásicos con gemelos, y lo que generalmente encuentran es que la felicidad es heredable. Lo importante a saber, sin embargo, es que el factor de herencia es bastante bajo. Es aproximadamente la misma tasa que verías para la religiosidad o la toma de riesgos. Si tus padres eran súper religiosos, tal vez seas más propenso a ser súper religioso, pero no está escrito en piedra. Ese es el mensaje de la felicidad: probablemente hay algún componente que está un poco incorporado, pero mucho más está bajo nuestro control consciente.
–¿Entonces podemos aprender a ser felices?
–Esa es la premisa de mi trabajo. Y, curiosamente, era algo que los antiguos griegos no comprendían del todo. Si miras a Aristóteles, él dice: “Puedes hacerlo, pero será difícil”. Hablaba de “los pocos felices”. Científicamente, pensamos que es un poco más maleable hoy en día, pero todavía compartimos con Aristóteles esta idea de que si quieres ser feliz, puedes hacerlo, aunque como todas las cosas buenas de la vida, tienes que dedicarle algo de tiempo.
–¿Qué quieres decir exactamente cuando dices “feliz”? Estaba pensando en momentos en los que me sentí feliz. Viví durante dos años en Río de Janeiro, y me despertaba cada mañana y miraba por la ventana, y no podías ser infeliz allí, porque era tan hermoso. Tenía a mi hija pequeña, y ella iba a la playa todos los días, y tenía buenos amigos. Sabía en ese momento que estaba experimentando felicidad. ¿Es eso diferente del bienestar general?
–Estabas experimentando muchas emociones positivas. Es increíble vivir en Río de Janeiro. Es increíble meter los pies en la arena. Eso simplemente se siente bien. Eso es la mitad de lo que los científicos sociales quieren decir cuando hablan de felicidad. Están hablando del sentimiento, la proporción de tus emociones positivas frente a las negativas. Pero la felicidad no se trata de deshacerte de tus emociones negativas. Eso es positividad tóxica. La felicidad, según los científicos sociales, tiene un segundo componente: esta idea de estar feliz con tu vida. Tienes un sentido de significado. Tienes un sentido de propósito. Se siente bien ser tú debido a cómo piensas que van las cosas. Esta es la parte cognitiva de la felicidad.
–Usaste el término “positividad tóxica”. ¿Te refieres a esta idea de que siempre necesitamos sentirnos genial y exudar optimismo?
–Realmente se resume en la frase que ves en las redes sociales todo el tiempo: “solo buenas vibras”; si hay malas vibras, algo está realmente mal. Eso simplemente no tiene sentido desde la perspectiva de la evolución. Las emociones o sensaciones negativas son como una señal. Si pones tu mano en una estufa muy caliente, te va a doler, y la razón por la que tienes esa sensación es que es una buena señal: “Quita la mano de la estufa”. Muchas de nuestras emociones negativas hacen eso por nosotros. Si me siento solo, es una señal de que necesito buscar conexión social. Si me siento abrumado, eso significa que tengo demasiado en mi plato. Si solo tuvieras buenas vibras, no podrías vivir una vida positiva, porque te estarías perdiendo estas señales sobre hacia dónde te estás desviando y qué deberías cambiar.
–¿Te preocupa que esta idea de perseguir la felicidad, esforzándose siempre, cree en realidad infelicidad?
–Definitivamente. Hay una investigación realmente encantadora sobre esto, de Iris Mauss, en la Universidad de California en Berkeley. Ella tiene un artículo sobre la paradoja de la búsqueda de la felicidad, que el simple acto de perseguir la felicidad a menudo nos hace sentir infelices. Volvemos a que simplemente no entendemos bien la felicidad. Cuando pensamos en la búsqueda de la felicidad, pensamos en cosas hedónicas. Pensamos “solo buenas vibras” y siempre que nos desviamos de eso, pensamos que algo salió mal. Y cuando las cosas salen mal, tendemos a tener un conjunto diferente de emociones, lo que los psicólogos nerds llamamos meta-emociones. Esas son emociones sobre las emociones.
Entonces vas a un viaje realmente genial a Río de Janeiro y dices: “Estoy molesto con la arena, está demasiado soleado, no me siento feliz”. Esa es la Emoción Nº 1. Luego vienen las meta-emociones. Te avergüenzas: “¿Cómo puedo estar en Río de Janeiro y no sentirme feliz?" Estás decepcionado: “Gasté todo este dinero”. Te estás juzgando a ti mismo: “¿Qué me pasa que no me siento bien?" Esas emociones surgen siempre que sentimos que estamos fuera del camino de la búsqueda de la felicidad. Y el problema es que –lo muestran los datos de Iris— si realmente estamos dedicados a perseguirla, cuanto más valoras la felicidad, cuanto más piensas que se supone que debes llegar allí, más surgen estas emociones negativas siempre que sientes que estás fuera del camino. La clave es que la paradoja no surge tanto si estás persiguiendo el tipo de felicidad más saludable.
–La pandemia nos mostró que si no tienes conexión social, realmente vas a sufrir. He estado tratando de averiguar qué me pasó durante ese período. Me volví mucho más insular, y tuve que volver a aprender cómo hacer esas conexiones sociales.
–Perdimos la práctica. Aunque estamos hechos para ser sociales, la conexión es difícil. Como profesora, cada vez que voy al comedor, me sorprende los pocos estudiantes míos que hablan entre sí. Cuando entro a un seminario, donde todos mis estudiantes están sentados alrededor de una mesa, no están charlando entre ellos. Todos están en una pantalla. Creo que el problema es que hay un poco de fricción. Es difícil poner eso en marcha y, cuando no lo hiciste durante un año, se volvió más difícil. Perdiste la práctica.
El mundo moderno también está eliminando todas estas formas sutiles en las que hablamos entre nosotros. Uno de mis artículos favoritos que analizó esto fue del líder de Talking Heads, David Byrne. Escribió este artículo, premonitoriamente, allá por la década de 2010 llamado “Eliminando lo humano”. Su idea era que la tecnología eliminó lo humano. Vamos al cajero automático ahora; no tenemos que hablar con un cajero. No vamos a una tienda de discos y hablamos con la gente sobre discos para obtener nuestra música; simplemente tenemos un algoritmo que nos la entrega. De todas estas formas sutiles, nuestras tecnologías están haciendo que no necesitemos hablar con la gente.
–¿Qué crees que va a hacer la IA?
–Va a empeorar todo mucho. El modelo de lenguaje grande (LLM) está ahí siempre que quieras hablar. El LLM no juzga. Pueden crear delirios cognitivos en las personas. Sin embargo, eso es a lo que nuestros jóvenes están recurriendo. La especialista en tecnología Jean Twenge ha hablado mucho sobre los teléfonos, y realmente se está centrando en los peligros de la IA. Uno de sus puntos de datos es cuántos jóvenes –chicos de 12, 13 años– están teniendo su primera relación con un LLM. Su primer novio y novia es un LLM. Entonces, ¿cómo se verá la fricción cuando tengan que invitar a salir a un humano real, navegar una conversación de consentimiento sexual con un humano real con preferencias? La IA va a cambiar esto de maneras que probablemente lo empeoren. Crea este ciclo donde se vuelve cada vez más difícil superar esa pequeña fricción para hablar con alguien.
–Mi hija me preguntó recientemente: “¿Cómo te acercás a alguien que no conocés y le hablás?" Hoy, no solo estás interrumpiendo una dinámica social, también estás interrumpiendo la interacción de las personas con sus dispositivos. Lo noto en mi propia familia, porque ella se acerca a mí, estoy en mi teléfono y a veces me siento molesta, como: “Estoy en medio de una lectura, ¿no te das cuenta?"
–Todas estas señales de que es apropiado hablar con alguien –hacen contacto visual contigo, te sonríen— no suceden cuando tus ojos están pegados a tu teléfono. Liz Dunn, profesora en la Universidad de Columbia Británica, tiene un estudio que me encanta, en el que pone a extraños en una sala de espera y les da acceso a sus teléfonos o no. Mide con qué frecuencia sonríen espontáneamente entre sí. Encontró ¡una disminución del 30% en la sonrisa! Y no estoy criticando a la gente, los teléfonos están hechos para ser interesantes. Pero la consecuencia de que nuestros ojos estén pegados a ellos es realmente peligrosa para las conexiones sociales que más nos importan.
–Un informe reciente del American Enterprise Institute muestra que, en todos los grupos de edad, las personas socializan menos con sus vecinos. ¿Nos convertimos en una nación de gatos de interior?
–Esto es algo que a los académicos les ha preocupado durante un tiempo. A finales de los 90, principios de los 2000, un libro fundamental de Robert Putnam, “Bowling Alone”, argumentaba que en el pasado íbamos al bowling y jugábamos juntos y jugábamos en ligas. Pero a principios de los 2000, la gente simplemente ya jugaba a los bolos sola. Cuando Putnam escribió eso, no sabíamos que venían los videos virales de TikTok. Estaba la televisión, que le preocupaba, pero no sabíamos que iba a haber servicios de streaming que elegían algoritmos para darte exactamente el mejor documental que solo tú amarías. Estamos luchando contra la tecnología que hace que las cosas sean interesantes y atractivas. Hay empresas enteras creadas para mantener nuestros ojos en esas cosas. Por supuesto, la conexión social regular con mi amigo en el bowling podría sufrir ante ese tipo de competencia.
Hablé con Putnam y su receta fue, para decirlo sucintamente, “Únete a un club”. Pero creo que mucha gente siente que no tiene tiempo para eso, entre el trabajo y el cuidado de otros. Esto es algo de lo que los científicos sociales también están muy al tanto. Una de las partes más geniales del trabajo que surge de la ciencia social moderna es sobre este concepto de “abundancia de tiempo”. Este es un trabajo valioso de Ashley Whillans en la Harvard Business School. La abundancia de tiempo es sentirse rico en tiempo. No es cuánto tiempo objetivo tenemos, sino la sensación subjetiva de que tenés tiempo libre para vos mismo. Es lo opuesto a lo que tantas personas están experimentando, que es lo que se llama “hambruna de tiempo”, donde literalmente te morís por más tiempo. Este término “hambruna” funciona fisiológicamente, porque cuando sentimos que no tenemos suficiente tiempo, es casi como una hambruna. Aumenta la inflamación, hace todas estas cosas malas a nuestro cuerpo. Y hay muchos trabajos que muestran que hace cosas malas a nuestra conexión social. Esta crisis de tiempo es peor para las personas marginadas y las personas que no tienen suficientes ingresos y están preocupadas por poner comida en la mesa. Esa crisis está vinculada a la crisis de la soledad.
–¿Pero es real la crisis de tiempo? Porque a veces pienso en dónde elijo pasar mi tiempo. Es viendo un programa de Netflix, sentada en mi sofá, o “bed rotting” (pudrirse en la cama), como se llama en las redes sociales, como una forma de “relajarse”, cuando en realidad no es tan relajante en absoluto. Entonces, ¿nuestra crisis de tiempo es fabricada por nuestras malas decisiones?
–Voy a decir sí y no a eso. Sí en el sentido de que si miras a otros países que permiten a las personas tener un poco más de abundancia de tiempo –los Países Bajos, muchos de estos países que aparecen muy alto en la lista de felicidad en Escandinavia– tienen una semana laboral de 35 horas. Así que la gente tiene tiempo para hacer cosas con sus amigos. En esos países, Dinamarca en particular, la membresía en clubes es enorme. Son personas que se unen, en parte porque tienen tiempo. Creo que eso importa. Si configuramos las cosas estructuralmente para tener más tiempo, tal vez con una semana laboral de cuatro días, es algo que induce a la felicidad, bueno para las empresas y demás. Así que algo sobre la crisis de tiempo es real.
Pero los datos muestran que las personas hoy en día tienen en realidad más tiempo libre que hace 15, 20 años. Y no se siente así. Hay una razón: los bloques de tiempo cambiaron. Se convirtieron en lo que la periodista Brigid Schulte llamó “confites de tiempo”. Estos cinco minutos cuando una conversación termina un poco antes, o cuando tu hijo se duerme inesperadamente rápido, o termina alguna reunión de trabajo. Tenemos más tiempo porque tenemos más de esos pequeños trozos, pero esos pequeños trozos no se sienten como mucho tiempo. Y entonces, ¿qué hacemos con los pequeños trozos? Sé lo que yo hacía antes de conocer esta investigación: revisaba mi correo electrónico, desplazaba algo rápido en Instagram, miraba algo tonto en mi teléfono. En la práctica, en realidad tenemos tiempo libre, simplemente no lo estamos usando bien.
–La otra cosa que escucho decir a la gente sobre por qué no interactúan más socialmente es que disfrutan estar solos. Interactúan con personas todo el día por trabajo y simplemente prefieren que su tiempo de inactividad sea más tranquilo, más pacífico. A veces me pregunto si la gente simplemente se está engañando a sí misma.
–Micaela Rodríguez tiene un muy buen trabajo sobre este tema, se centra en esta otra cara de la crisis de la soledad. Ella es un poco más joven que yo, y dice: “Toda mi generación pasó mucho tiempo escuchando sobre lo mala que es la soledad. Es tan terrible. Es tan malo como 15 cigarrillos al día”. Pero propone dos cosas: “Uno, volvamos a Aristóteles, textos budistas y demás”. Esas personas estaban interesadas en la contemplación. Estaban interesadas en la soledad. Estaban interesadas en los beneficios de tener el tiempo y el ancho de banda para notar lo que pasa con uno mismo, para pensar, para aburrirse. Sabían que había algunos beneficios en el tiempo a solas.
La segunda cosa es que el modo en el que enmarcamos algo afecta cómo lo experimentamos. Un estudiante que está solo en el comedor puede sentarse y pensar: “Dios mío, este es mi tiempo para mí, puedo contemplar, puedo reunir mis pensamientos antes de clase”, y eso es genial. Pero también puede sentir “¡Esta es la crisis de la soledad!” Vas a sentirte mal, ¿verdad? Vas a juzgarte a ti mismo. Vas a tener todas esas desagradables meta-emociones de las que hablamos antes. Micaela dijo que hay algo dañino en esta narrativa. No creo que necesariamente queramos justificarlo por completo, casi todos los estudios disponibles de personas felices sugieren que las personas felices tienen algunas relaciones fuertes, pero eso no significa que tengamos que estar en conexión social todo el tiempo.
–Note mucho interés en tu trabajo por parte de lo que llamaría tipos de productividad: personas que están obsesionadas con consejos prácticos y respuestas claras sobre cómo estar siempre mejorando. Y te escuché decirles cosas como que la ciencia respalda que tus empleados serán más productivos si son más felices. ¿Tenés dudas sobre la productividad y esta idea de optimización?
–Sí, definitivamente tengo dudas. Una de las cosas a las que tenemos que prestar atención es a cómo estamos optimizando. Pero otra cosa que me preocupa de la cultura de la productividad es que nunca vamos a llegar. Oliver Burkeman, experto en productividad, revisó aplicaciones de rendimiento de tiempo y tuvo esta conclusión: nunca va a ser suficiente. Una de las formas en que puedes hackear la productividad es tener una aceptación radical al respecto: autocompasión, darse cuenta de tus límites, reconocer tu humanidad común. Es lo que los datos sugieren que te lleva a la felicidad, y podría llevarte a una mayor productividad también.
–Por supuesto, existe la desigualdad estructural que proviene de sociedades donde las personas tienen que trabajar dos o tres empleos para llegar a fin de mes, además de criar familias.
–Una de las razones por las que países como Dinamarca son felices es porque tienen redes de seguridad social. Es una de las razones por las que las personas pueden elegir carreras que les gustan. La ausencia de desigualdad de ingresos significa que las personas tienen una excusa para seguir su propósito, lo que puede permitir que las personas sientan que su vida es mejor. Esas cosas estructurales importan mucho.
Lo que sí sabemos sobre la acción individual es que simplemente nos hace más productivos. Nos da ancho de banda emocional. La gente piensa erróneamente que estas estrategias individuales a veces desarrollan la resiliencia que uno necesita para soportar estar en una mala sociedad, pero creo que el objetivo real es darte la resiliencia para luchar contra la mala sociedad. Kostadin Kushlev, que está en Georgetown, habla sobre la Hipótesis de Pollyanna, de que si hacemos felices a las personas, van a estar delirando y van a ignorar las cosas estructurales. Lo que encontró es lo contrario: las personas que están tomando medidas para solucionar problemas estructurales, son las personas que tienen la mayor emoción positiva.




