
Los Antiguos, entre el fuego y el agua
Ubicado al norte de Santa Cruz, fue lecho de muerte de tribus tehuelches, testigo de la erupción del volcán Hudson y eje de una disputa limítrofe; otra historia al costado del camino que une los extremos del país
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A su paso lento crujen las hojas secas de los álamos. Doña Regina camina con dificultad, como arrastrando el peso de los años. Ya no baja al pueblo, vive más allá, en su casa de las chacras. Los Antiguos la extraña, los frutales reclaman su mano amiga y las acequias buscan su voz.
Por aquí las calles dan a las fincas y los ríos al lago. Cerezas y frutillas son vigiladas por centinelas de álamos que hamaca el viento. O como asegura José Saramago: “se mecen tan lentamente que parecería que estuvieran pintando el cielo de azul”.
La localidad de Los Antiguos está ubicada a 64 kilómetros de la ciudad de Perito Moreno, al norte de la provincia de Santa Cruz. Recorriendo la Ruta 40 se puede acceder por la Provincial N° 23, que corta a la anterior en forma transversal. A ese mismo sitio llegaban antaño los ancianos tehuelches que viajaban para morir allí. Luego de grandes peregrinaciones buscaban en esos pagos el descanso eterno para seguir recibiendo la caricia del lago y la sombra nevada.
Doña Regina Jomñuk llegó a Los Antiguos con apenas dos años. En su juventud trabajaba en las plantaciones y vendiendo verduras. Sus padres eran alemanes y se habían conocido en Buenos Aires cuando escaparon de las manos de la Primera Guerra Mundial.
A ese mismo sitio llegaban los ancianos tehuelches que viajaban para morir. Luego de grandes peregrinaciones buscaban allí el descanso eterno para seguir recibiendo la caricia del lago y la sombra nevada.
Sus recuerdos caen como fruta madura: “La tierra se trabajaba a cincha de caballo nomás, o con catangos, que eran carros más chicos que tiraban los bueyes”, explica. Y cuenta sobre su ahora lejano marido ruso, que se llamaba Ananías Omñuk. Luego vinieron los hijos, que en total sumaron once: "Todos ellos nacieron aquí, en mi casa, porque no había hospital, y fue Ananías quien atendió todos los partos”.
El gigante enfurecido. La noche del 8 de agosto de 1991 todo cambió en Los Antiguos. El Volcán Hudson entró en erupción violentamente. Acompañada por intensas tormentas, la explosión vomitó una nube cenicienta que se elevó más de 8 mil metros y permaneció en actividad durante un largo tiempo. El Hudson estallaba con descargas luminosas y desde su cráter lunar lanzaba las entrañas rojas del infierno.
Los ojos de Doña Regina se encienden con el recuerdo y en ellos se refleja el fogonazo del volcán: “Aquella noche se veían las luces de fuego, eran naranjas y amarillas. La casa bailaba y las cenizas la habían invadido por completo, estaba llena de humo”. Mientras levanta sus brazos, como intentando explicar la magnitud de los sucesos, recuerda: “Hasta tuve que sacar las camas afuera por miedo a que se derrumbaran los techos”.
En esos días, la ceniza espesa caía sobre el valle alfombrándolo con pesadas capas grisáceas. Los ríos, como bomberos urgentes, llevaban el material expedido al inmenso lago, pero no podían frente a tanto desastre. El Hudson había despertado veinte años después de su última erupción. Según Regina, después de eso “no quedó nada... ni los árboles”.
Más lejos, un hombre camina distraído por una calle angosta y arbolada. Lleva las manos hundidas en los bolsillos y la mirada ausente. Con su paso lento va dándole unidad al paisaje; las chacras, el lago, las montañas y el pueblo se enlazan en su mirada.
Los Antiguos no sólo ofrece recuerdos dibujados por el paso de la lava. Como una figura simbólica se hizo ofrenda un lago descomunal: el Buenos Aires.
En las aguas del Buenos Aires. Pero Los Antiguos no sólo ofrece recuerdos dibujados por el paso de la lava. Como una figura simbólica frente a tanto fuego se hizo ofrenda un lago descomunal: el Buenos Aires, uno de los más grandes de Sudamérica. Sus aguas son compartidas entre Argentina y Chile. Del lado del país vecino se llama General Carrera y su superficie total es de más de 2 mil kilómetros cuadrados, de los cuales 880 corresponden a la Argentina.
En sus orillas un equipo de nadadores de aguas abiertas se prepara para atravesar parte del lago. El grupo es de 5 personas (dos de ellas son mujeres), y está encabezado por Guillermo Rave, un fanático del deporte que además es ingeniero, piloto civil y timonel. Llegaron desde Comodoro Rivadavia donde nadan 3 mil metros diarios en la rada de esa ciudad. Sin embargo, ensayan habitualmente en el océano lo que, según Guillermo, es muy distinto a nadar en este tipo de aguas: “Aquí no es salada, por lo tanto flotamos menos”.
En otras travesías cruzaron a nado el Canal de Beagle por el paso Mc Kinlay y este año proyectan cruzar el Estrecho de Magallanes. “El objetivo de los entrenamientos es prepararse para unir la Gran Malvina con la Isla Soledad a través del estrecho de San Carlos que allí tiene unos 4 mil metros”, explica Rave, y agrega: “La idea es rendirle el año que viene un homenaje a las Malvinas, 25 años después de la guerra”.
Los nadadores se alistan cuidadosamente, estiran sus músculos, saltan una y otra vez y van ingresando lentamente al agua con los codos levantados. Al rato ya están lejos. Aunque cuentan con el apoyo de un gomón y una camioneta, los 8 grados del lago son su obstáculo más duro. Luego de dos horas en el agua las brazadas se van haciendo cada vez más pesadas, pero el trayecto llega a su fin. Sale el primero y, minutos más tarde, el siguiente. Respiran con esfuerzo, su caras se ven moradas y sus manos azuladas. “Estuve a punto de salir, no soportaba más el frío”, cuenta tiritando Cecilia, una de la nadadoras. Ya están todos en tierra firme.
La montaña los mira con piedad y el sol aprueba con rayos de calor. Ya en la orilla buscan desahogar algo. Tal vez el frío o quizá la alegría. Aunque sea difícil saber por qué, quieren llorar.





