Los fantasmas de la casa tomada
Cuentan que una casona sobre Riobamba alberga ruidos que erizan la piel
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No parece tener ningún asidero la versión de que en ella se inspiró Cortázar para escribir "Casa tomada". Pero en ese terreno de asociaciones, sí es posible evocar la misteriosa mansión barcelonesa que constituye uno de los escenarios clave del best seller de Ruiz Zafón, "La sombra del viento".
Como una Torre de Pisa vegetal, la frondosa palmera -plantada cuando se construyó la casa, a comienzos del siglo XX- se ha ido inclinando tanto que ya casi se derrama sobre la vereda del 144 de la calle Riobamba, donde se alza la señorial vivienda cuya historia registra desde rutilantes fiestas en la belle époque porteña hasta episodios sombríos y tortuosos.
Encorsetado entre dos torres de departamentos, el palacete de dos pisos, bohardilla, amplia terraza y sótano, se inscribe en el estilo ecléctico, con remate de mansarda afrancesada y unos llamativos mascarones. Hay cierto poder hipnótico en esas pétreas cabezas masculinas emplazadas en el frontispicio. Los ojos y las bocas muy abiertas atrapan por su tensión y se suman a los interrogantes que planteará el interior del inmueble.
La extraña casona, que no tiene parangón en esa zona de Balvanera, es propiedad del traumatólogo Carlos Rossi, que la heredó de su madre y ahora la puso en venta.
Al detallar la secuencia de sus residentes, recuerda que la habitó primero Marcelina Irigoyen de Rodríguez y luego Catalina Espinosa, viuda de un médico de apellido Galcerán, que se había distinguido en la lucha contra la fiebre amarilla. "El matrimonio tuvo seis hijos, cinco varones y una sola mujer, Elisa, que fue muy amiga de mi madre. Como no tuvo descendencia, al fallecer, en 1992, se la dejó en testamento", dice.
La casa posee seis ambientes (dos salones con hogares de ladrillos refractarios, de notable belleza ornamental), tres baños, una amplia terraza y un sótano, todo distribuido en un diseño laberíntico, con varias escaleras, algunas de conformación realmente insólita.
"La casa de la palmera", como se la conoce, está incluida en un tour conformado por "casas con fantasmas". Rossi, riendo, admite que Graciela, la señora que se ocupa de la limpieza, "dice que muchas veces ha escuchado voces que no sabe de dónde vienen, y también como si alguien desplazara algún mueble". Pedimos hablar con ella y él la llama varias veces. Pero Graciela no aparece. Sin dejar de sonreír, el médico hace un ademán que puede significar cualquier cosa.
En la recorrida, llegamos a una piecita del sótano, en la que sólo hay una cama y un aparato de TV, pero lo que más llama la atención es una mesita, en el centro, con un gran tablero de ajedrez, las piezas dispuestas para empezar una partida. Se impone la pregunta acerca de con quién juega, pero Rossi, otra vez, sólo sonríe y cambia a otro tema: "Aquí funcionó la escuela Puertas Abiertas, de jardín y primaria. Una vez entraron unos ladrones y antes de huir provocaron un incendio. Por suerte, sólo dañó parcialmente una de las piezas". Cerca de este lugar, hay una habitación herméticamente cerrada. Tiene un cartel que dice "Privado". Es la única que nuestro anfitrión no abre.
Jorge Labraña, un investigador del patrimonio histórico porteño, completa el anecdotario del palacete, comentando que Elisa Galcerán fue la contrapartida de sus hermanos. "Era una mujer muy religiosa y ellos, en cambio, cada uno con una profesión diferente (médico, abogado, escribano, ingeniero y arquitecto), tuvieron una vida disipada, con romances que eran la comidilla de los círculos sociales de entonces."
Encuentros con Miss White
Ellos se fueron muriendo uno a uno. Y cada vez que un cuarto quedaba sin su ocupante, ella lo clausuraba. Su más enfática decisión recayó sobre la habitación del médico, situada en el subsuelo, y en la que -supo un día- su hermano mantenía relaciones non sanctas con Mercedes White, una mucama de origen inglés.
La señorita White continuó viviendo allí, gracias a que la devoción religiosa de Elisa tuvo mayor peso que el descubrimiento de los pecaminosos encuentros en el subsuelo.
Un aire de melancolía parece haberse instalado para siempre en la casa. Lo hacía notar quien fue su vecino más conspicuo: el célebre ilusionista Fu-Manchú, que tuvo una academia de magia exactamente enfrente, en el 143 de Riobamba.




