
Los fantasmas de la Recoleta
Un libro de María Rosa Lojo y Roberto Elissalde rescata antiguos relatos del cementerio
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"¡Que desgracia morirse en febrero!", se lamentaba un personaje de Sabato en "Abaddon el exterminador" al recorrer el cementerio de la Recoleta vacío por el agobiante sol de verano.
María Rosa Lojo y Roberto Elissalde -autores del recientemente aparecido libro "Historias Ocultas en la Recoleta"- no pueden evitar citarlo cuando se encuentran con La Nación durante un mediodía en que la sensación térmica acaricia los 40 grados.
"Así, ni los fantasmas se animan a salir", aseguran. Porque los fantasmas -los de personas públicas o privadas, héroes nacionales o humildes esclavas- son su especialidad compartida.
Durante un año, Elissalde, profesor de Historia Americana de la Universidad Católica de Salta y miembro de la Academia Argentina de la Historia, realizó una minuciosa investigación sobre la base de la cual, Lojo, autora de "La princesa federal" y "Una mujer de fin de siglo", dio vida a una galería de personajes ambiguos y fascinantes.
Como doña María Magdalena, viuda de Alzaga, que se enclaustró para siempre en su casa de la calle Bolívar con sus seis hijas adolescentes; la joven Rufina Cambacérés, enterrada viva el día de su cumpleaños; Abel Ayerza, asesinado por la mafia por un malentendido. O el periplo del cadáver de Juan Manuel de Rosas, entre el cementerio de Southampton y la Recoleta.
-¿Se vieron fantasmas en estos últimos años?
-Siempre circulan historias, como la de la joven misteriosa que pasea tarde tras tarde por el cementerio. Un muchacho la persigue hasta que consigue su dirección, y cuando va a buscarla, la madre le dice que su hija está enterrada en la Recoleta. Pero esto es parte de una tradición que alcanza a todas las culturas e incluso aparece en los cuentos japoneses. Lo cual es lógico, porque la relación entre amor y muerte trasciende cualquier frontera.
-En la fantasía popular, ¿el cementerio también es un lugar para las actividades ilícitas?
-Está la historia del playboy a quien una señorita cita en el cementerio. El hombre se extraña, pero tentado por la aventura, va. La señorita lo espera, pero acompañada por ladrones, que lo desvalijan. O, el otro día, circuló el rumor de que se había encontrado a una parejita detrás de la tumba de Roca. Fue desmentido, pero igual causó gran interés, como todo lo que une sexo y muerte de alguna manera.
-¿Y la historia más simpática?
-Como el cuadro "Las Meninas", que incluye a Velázquez, la Recoleta exhibe a uno de sus cuidadores: David Alleno, un italiano que llegó a Buenos Aires hacia 1880 y que trabajó en el cementerio hasta 1910. Al retirarse, compró con sus ahorros una bóveda y, orgulloso, se hizo representar en mármol, con escoba, balde, sombrero y pañuelo al cuello.
-¿Era común que la persona que iba a ocupar la tumba se interesara por su diseño?
-Entre las anécdotas y leyendas de la Recoleta incluso está la del dispositivo eléctrico que, según se dice, mandó a instalar en su ataúd Alfredo Gath -el de la célebre tienda Gath & Chaves- para poder abrirlo, por miedo a ser enterrado vivo.
-¿Tuvieron que descartar muchas historias a la hora de publicar el libro?
-Muchísimas. Por ejemplo, la de Mariano, el hijo de Cornelio Saavedra, que llegó a ser gobernador de la provincia de Buenos Aires y presidente del Banco de la Provincia, pero que se mantuvo alejado de la ostentación hasta en la muerte, contrariando las costumbres de la época. Como no lo pudimos incluir en el cuerpo del libro, aparece en el prólogo, porque es un gran ejemplo.
-Con este primer libro de ambos en la calle, ¿cuáles son sus próximos proyectos?
-Cada uno seguirá su camino... a menos, claro, que nos ofrezcan hacer Recoleta II, o Chacarita I, y luego II y III, que nos encantaría.
Un sitio con historia
En el lugar que hoy ocupa el cementerio, originariamente sólo había un convento: el de los frailes recoletos, que comenzó a construirse en 1715, gracias a los fondos donados por el capitán don Pedro de Bustinza en 1705 y a la donación de terrenos por parte de don Fernando Miguel de Valdez e Inclán y su mujer, Gregoria de Hurtado.
La iglesia del Pilar -puesta bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza- se inauguró el mismo día de la festividad de esta Virgen: el 12 de octubre, en 1732.
El camposanto contiguo al convento, donde hasta ese momento sólo eran enterrados los frailes de la Orden, se transformó en cementerio público en 1822.
A partir de entonces, el cementerio recibió el nombre oficial de Cementerio de Miserere, o Cementerio General del Norte, aunque el pueblo prefirió designarlo con el nombre del barrio, "La Recoleta", que finalmente se impuso y sigue vigente hasta hoy.
El cumpleaños trágico de Rufina Cambacérés
Según María Rosa Lojo y Roberto Elissalde, el miedo a ser enterrado vivo, que popularizó en sus cuentos Edgar Allan Poe, se instaló en el imaginario popular local en gran parte a raíz de la trágica historia de Rufina Eugenia Cambacérés.
Poco se sabe de la joven, nacida en 1883, hija de Eugenio Cambacérés y de una artista de origen incierto. Sólo que era rubia y muy bella. También, que tuvo un síncope mientras se vestía el día que cumplía 19 años. Iba a festejarlo en el Teatro de la Opera.
Pero en realidad, Rufina no había muerto y fue enterrada en forma prematura, como se comprobó luego por el desplazamiento del ataúd y por las marcas que dejó la joven en un desesperado e inútil intento por liberarse.
Su padre, Eugenio Cambacérés, era un hombre de fortuna que se había dedicado un tiempo a la política, ámbito en el que dio que hablar, no sólo por sus ideas anticlericales, sino por haberse atrevido a denunciar la corrupción de su propio partido. Mayor escándalo aún produjo su literatura, como "Sin rumbo" o "En la sangre", donde expuso la inmoralidad y la hipocresía de las clases más altas.
Cambacérés murió joven de tuberculosis, y ni su hija ni su viuda fueron aceptadas por las damas porteñas. Lo cual no impidió a esta última enamorar a otro hombre notable: el mismísimo Hipólito Yrigoyen, con el que convivió hasta su muerte y al que dio un hijo varón.




