
Los hippies que viven del recuerdo
El consumo y la tecnología terminaron por derrotarlos, según dicen quienes llegaron a El Bolsón en la década del 60
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El BOLSON.- Hace muchos años que los hippies que algunas vez vinieron se convirtieron en leyenda. Aquella rebeldía contestataria se desmoronó ante las seductoras alternativas de la globalización y un pragmatismo modelo fin de siglo se adueñó de los que alguna vez llevaron el emblema del flower power pintado sobre su frente.
"Los hippies ya no son lo que eran antes. Se echaron a perder. A veces, cuando me los cruzo, se los digo en la cara, y me dicen que tengo mala onda. Pero es que me duele. Me duele ver a los que fueron parte de todo eso y ahora están en otra, o a los que se disfrazan para aparentar."
A pesar de la firmeza de sus palabras, Lila Ursino conserva la dulzura en sus ojos claros. El cuerpo menudo, el rostro de líneas finas y su hablar pausado parecen reflejar una vida intensa. Hace diez días cumplió 48 años. Como dice Lila, "vividos a lo bestia".
"Hablo de los hippies porque soy una de ellos. El haber vivido como tal me da autoridad para hacerlo", aunque "sin pontificar", advierte esta mujer.
Lila es pintora. Prefiere el óleo "y el color azul", que se desparrama generosamente en los cuadros que expone en la única galería, estrenada aquí hace unas semanas con su impulso. A su taller asisten alumnos de buena posición, pero ella no tiene ambages en decirlo. Es "una concesión con el sistema" que le permite mantener a dos hijos y conservar viva aquella utopía de los setenta.
"Mi adhesión al movimiento -afirma- comenzó por pura intuición, teniendo como referencia unos pocos lemas, símbolos, música. No me ocupé de adentrarme en la filosofía, estudiarla como para poder hacer un libro de historia que siga paso a paso su evolución e involución." Lo que escribió en cambio fue un libro de poesías, un volumen a la espera de editor donde se amontonan "amores, desamores, cuentos, paparruchadas y un relato", según reza el subtítulo de su versión por computadora.
"El gusto por el Sur -recuerda Lila en su libro- comenzó allá por el año 1962, cuando con toda mi familia viajamos a Bariloche y alrededores."
En busca del paraíso
En un lado y otro fue recogiendo datos, "cuando andaba en la búsqueda del paraíso -escribe-; cuando no sabía cómo haría para conocer bien el lugar; cuando no sabía que un lugar es su gente parada, sentada o acostada en una geografía".
Mientras avanzaba su vida en la ciudad de Buenos Aires, Lila no cesaba de soñar con ese mundo que se tejía en su imaginación. "En la Casa del Chubut había un mapa de la provincia donde se distinguía un punto muy pequeño llamado El Hoyo de Epuyén. Era mi objetivo utópico".
Hace 18 años, una mañana de marzo, dejó de serlo. "Llegué al lugar con hija, gato, cuatro bagayos , algo de dinero y... un pánico terrible. No sabía qué me esperaba allí. Sólo buscaba la comunidad hippie. En pocos días la encontré. Mejor dicho, encontré las ruinas de lo que quiso ser la mentada comunidad".
Literalmente, la casa de Jaime Benegas, donde Lila pasó la primera noche, estaba en estado calamitoso, como las ruinas de un antiguo naufragio. Y, entre ellas, perduraba el náufrago que fracasó en su intento de convertir en comunidad organizada una compleja trama de delirios personales, frustraciones, anhelos y utopías. "Al segundo día de mi llegada supe que el sufrimiento sería grande. De todos modos decidí quedarme", dice Lila.
Ya para entonces, el término hippie en El Bolsón había pasado a ser peyorativo y era rápidamente reemplazado por el término "locos". Una locura que, para algunos, era elección de vida.
"Para cuando llegué de la filosofía había minga . Sólo quedaba una hermosa leyenda, por ejemplo, de las primeras copadas de los locos con sus familias. Los arrestos en masa. Pasaban varios días presos por la usurpación de terrenos que por último les fueron concedidos sin más trámites ni peleas. Era parte del plan que se empezaba a cumplir. Esto era ya historia para los años Ô80: la historia de las primeras familias. Hoy, para los ´90, están casi todas desmembradas. Muchos han muerto. Otros, con el cerebro tomado."
Allí, con el tiempo, Lila encontró su espacio. Un verano construyó su cabaña, donde vive sola con Emiliano, de 9 años. Una huerta, un arroyo, un caballo al que llaman "el petiso" y los frutales completan el paisaje.
A su alrededor, las cosas han cambiado. Lo que antes era campo es casi un barrio; Natalia, su hija mayor, se fue a Buenos Aires, y de El Bolsón que conoció quedan vestigios. Pero en ese legendario valle de la cordillera, Lila encontró otra tierra. Otro cielo.
"Si mirás el cielo que está sobre mí, seguramente yo esté viendo el que está sobre ti y puede que en ese recorrido las miradas se choquen entre sí. Nadie se alarme si en pleno día cayera una extraña lluvia de gotas como estrellas. Nadie se alarme. Son estrellas. Cierto que nuestros cielos son diferentes. El mío abre hacia el Sur, el tuyo se ve abrumado, casi encajonado", escribió.
Oscar Giménez, actual periodista de una radio de El Bolsón, recuerda: "Este era un paraíso raro para ellos, con bares que todavía tenían palenques para atar caballos. Las mujeres hippies se bañaban en el río desnudas y los hombres de campo se desvelaban".
Dice que la relación entre hippies, indios mapuches y gauchos se fue aceitando: "Había un intercambio. Los distintos grupos aprendían cosas dispares de los otros". Hoy, el fracaso del hippismo en El Bolsón es visto por Giménez de la siguiente manera: "Los hippies quisieron aquí alejarse del sistema, pero terminaron entrando, porque ellos mismo se dieron cuenta de que no estaban preparados para estar afuera. Les ganó el consumo y la tecnología".
Pelo largo y vinchas para los veteranos llenos de melancolía
El BOLSON, Río Negro.- A veces cuesta reconocerlos. Se hace difícil imaginarlos como hace casi 30 años caminando por la Recoleta con los desafiantes pelos largos, los vestidos de "bambulla", las vinchas de colores, los bolsos tejidos, los pañuelos hindúes, las sandalias, los collares de mostacillas, su olor de incienso y pachulí y los ojos idos, mirando otro mundo: el que les mostraban la marihuana y el ácido.
Con la caída del movimiento en el nivel mundial, con el fracaso en las metrópolis, muchos de esos jóvenes argentinos intentaron un refugio en donde mantener su estilo de vida. Y se vinieron a El Bolsón, en busca del paraíso, en donde poder alcanzar "la era de Acuario". Pero no pudieron, se los devoró el sistema. Aquellos hippies tuvieron que adaptarse, bien podría decirse en términos actuales que no les quedó otra que reciclarse.
Y aquí están, cada uno en su casa y lejos del intento de vivir en comunidad, que también fracasó. Unos siguen, melancólicos, viviendo de las artesanías, otros aprendieron algo del campo y la huerta. Los más se hicieron comerciantes, maestros y hasta empleados.
Lejos están de aquellos que despreciaban el trabajo y no soportaban el pelo corto, el traje o la corbata. De vez en cuando aparece alguno que trata mantener la vieja filosofía, con el círculo del símbolo hippie de la paz pintado en la pared, pero no mucho más que eso.
Por su inserción social prefieren no hablar de drogas, aunque existe, como que hay plantaciones de marihuana para consumo interno que todos saben que están. Conviene hacer un poco de historia.
Los comienzos
El estallido fue en San Francisco (EE.UU.), en 1967, un lugar atrapado por la música y que atraía a jóvenes disconformes con el sistema de vida norteamericano. Allí aparecieron hombres y mujeres con túnicas que practicaban una suerte de cómodo budismo y más allá del dominante jazz se entregaron a otros ritmos casi lentos y orientales como los sonidos de una cítara que se mezclaban con los sentidos propuestos por la ingesta del LSD. En una nota publicada en La Nación , Carlos Alberto Montaner sintetizó: "Hay en el hippismo un obvio componente religioso, aunque se trata de una religión sin dios, sin altares, sin otra liturgia que la del LSD y sin otro incienso que el del cannabis".
En la Argentina, la corriente hippie llegó con una velocidad inusual y rápidamente nació la primera comunidad en La Plata.
La más famosa fue la Cofradía de la Flor Solar, con su reducto en el barrio de Almagro, pero sin ninguna duda los pelilargos se mostraban a sus anchas en la plaza de la Recoleta, en donde rápidamente armaron la feria artesanal.
La Galería del Este, con entrada por Maipú y salida por Florida, fue otro lugar de encuentro y de venta de atuendos típicamente hippies. Mujeres con túnicas transparentes y hombres con pelos largos visitaban a menudo las comisarías del gobierno de Juan Carlos Onganía, lugares que se habían convertido prácticamente en peluquerías.
Pedro y Pablo cantaban que "es mejor tener el pelo libre que la libertad con fijador", atacaban con su Marcha de la Bronca y ridiculizaban a Onganía con una canción titulada Johnny Bigote.
Mientras los hippies escuchaban a Almendra, a Manal o a Jimi Hendrix, otra parte de la juventud se preparaba para una política de violencia.
Fuera de esos grupos, una muchachada que amaba las cosas de la tierra se juntaba en casas o en peñas para entonar lo más lindo de nuestro folklore, que por fortuna pasaba por uno de sus mejores momentos. Así, antagónicamente, se mezclaban diversos grupos en la Capital y en el Gran Buenos Aires. "El blues del éxodo", que cantaba María José Cantilo, también definió luego lo que fue el intento de El Bolsón.
A ella, con el tiempo no le fue nada bien, ya que en los noventa quedó casi por tres años presa en el penal de Ezeiza por vender LSD en Buenos Aires. En aquel procedimiento, dispuesto por el juez Roberto José Marquevich, se le incautaron a su socio (el francés Lafleur) 20.000 dosis de ácido: el secuestro más grande de nuestra historia.
En el mismo procedimiento cayó en El Bolsón su hija Abril y el padre de ésta, Jaime Benegas, otro traficante.
Por ese tiempo, la utopía de la comunidad hippie de El Bolsón ya estaba deshecha.




