
Los holandeses que se arraigaron aquí
Los primeros colonos de los Países Bajos llegaron a nuestro país en 1889, a bordo del vapor Leerdam
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En vísperas del casamiento de nuestra compatriota Máxima Zorreguieta con el príncipe Guillermo Alejandro de Orange convendría echar una mirada al pasado y ver cómo los lazos entre ambas naciones se fortalecieron con la inmigración de los Países Bajos.
Si bien no fue de las más numerosas -sólo representó el 0,17 por ciento del total que llegó a estas costas-, la holandesa fue una inmigración pujante y laboriosa, que sigue haciendo un aporte inestimable a la vida del país.
Para entender la idiosincrasia de los holandeses, que llegaron a fines de 1880, vale la pena recordar lo escrito por Gerardo Oberman, pastor de las Iglesias Reformadas en la Argentina, que marca una diferencia con aquellos que emigraron a los Estados Unidos.
"Hacia aquel país nórdico fueron grupos muy homogéneos, casi siempre liderados por un pastor. Los motivos eran de índole religiosa: luego de la Secesión de 1834, muchos de los que habían adherido al movimiento consideraron necesario salvaguardar la pureza de su fe lejos de ambientes que influyeran negativamente sobre ellos", sostiene.
En cambio, quienes llegaron a la Argentina hacia fines del siglo XIX -dice- no vinieron impulsados por razones religiosas, sino "empujados por el hambre y la miseria. La emigración fue espontánea y se dio en forma desorganizada", dice Oberman, que nació en Kampen, Holanda, y se licenció en Teología.
"Esto es perjudicial, visto no sólo desde el plano religioso, sino también a nivel social", sostiene.
A su entender, grupos previamente organizados desde Holanda habrían podido defender con más fuerza sus derechos una vez desembarcados en el país de las promesas. Y agrega: "Pero la triste realidad es que acá cada uno se vio librado a su propia suerte".
Hubo, a lo largo de los últimos 400 años, distintas incursiones de holandeses por estas tierras, pero hasta principios del siglo XIX se trató solamente de marinos, aventureros y comerciantes que no querían quedar fuera de las bondades de la apertura de nuevas rutas comerciales a escala mundial, particularmente a partir de los siglos XVI y XVII.
Después de la Organización Nacional empiezan a llegar profesionales, en buena medida ingenieros y arquitectos, cuyos nombres figuran en el origen de las más importantes obras de infraestructura que encaró el país.
Según datos proporcionados por la Embajada Real de los Países Bajos, de los 10.000 holandeses que emigraron hacia estas tierras antes de la Segunda Guerra Mundial, aproximadamente 4000 lo hicieron en 1889, aprovechando la oportunidad de viajar que les ofrecía gratuitamente el gobierno argentino. Alrededor de 50 familias que habían zarpado del puerto de Amsterdam llegaron a Buenos Aires a bordo del vapor Leerdam. Tuvieron que soportar largas y riesgosas travesías.
Una vez en Buenos Aires, fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes y luego trasladados en tren hasta la ciudad de Tres Arroyos, desde donde partieron en carretas hasta los campos de don Benjamín del Castillo, en Micaela Cascallares, y al establecimiento La Hibernia, de Enrique Butty, cerca de lo que hoy es Nicolás Descalzi, en la provincia de Buenos Aires. Entre las familias pioneras se puede mencionar a los Banninga, Blom, Dekker, De Vries, Ebbens, Eveleens, Gysel, Hemkes, Jansen, Kalle, Kerkhoff, Klink, Kloosterman, Knollinger, Lehman, Minaarde, Noordermeer, Otto, Pluis, Smit, Van Dam, Van Dijk, Van der Molen, Van der Ploeg, Van Waarde, Verdonschot, Visbeek, Wilgenhoff, Wisse, Zijlstra (cuyas fotos ilustran la nota) y Zwedig.
Hacia 1910, además del de Tres Arroyos había otros tres asentamientos de holandeses en el país, en Rosario, Buenos Aires y Comodoro Rivadavia. Para esa época, el pastor protestante A. C. Sonneveldt funda en Buenos Aires el Neederland School.
En 1913, el pastor S. J. Rijper organiza el Colegio Holandés en Tres Arroyos, uno de los más antiguos y reconocidos de la zona, y el único de la comunidad que continúa funcionando.
Se formó en aquella ciudad una próspera comunidad de familias de agricultores. La religión calvinista, la educación al estilo holandés y la organización cooperativa fueron las bases del desarrollo de la colectividad. Fruto del esfuerzo y de las ideas comunes surgieron la Cooperativa Rural Alfa, una de las más solventes del país, que agrupa a los productores agropecuarios holandeses de la zona, y la Asociación Cultural y Espiritual de la Iglesia Reformada, todas instituciones que reflejan el espíritu de progreso.
Hoy sus descendientes argentinos se integraron a la vida nacional y se destacan en las áreas agropecuaria y comercial, así como en la académica.
Los que dejaron obras
Waldorp, Johan Abel Adriaan (1824-1893): ingeniero hidráulico; en 1881, el gobierno argentino lo contrató para la supervisión de los grandes proyectos de infraestructura.
Dates, Willem Hendrik Johannes (1851-?): ingeniero, continuó las obras del puerto de Ensenada.
Dirks, Pieter Jacobus (1852-?): ingeniero hidráulico; trabajó en el mejoramiento de Puerto Belgrano (en 1902) y el puerto de Santa Fe (de 1904 a 1911).
Doyer, Johannes J. (1862-1939): arquitecto, dirigió la estación del Once (1896), la de Bahía Blanca (1908) y la terminal del Ferrocarril Pacífico. En 1906 fue presidente de la Sociedad Central de Arquitectos.
Folkers, Hendrik: arquitecto, levantó la sede del Club Español.
Paats, Diederich Friedrich Wilhelm: cónsul del Reino de los Países Bajos hasta 1885; partidario de Bartolomé Mitre, participaba en política.
Ten Kate, Herman Frederik Carel (1858-1931): médico (doctorado en Berlín) y antropólogo, acompañó a Francisco P. Moreno en expediciones al Noroeste.
Weyenberg, Hendrik (1842-1885): médico, biólogo doctorado en Gšttingen (Alemania), bajo la dirección del famoso científico alemán Germán Burmeister, que lo trajo a la Argentina. En 1872 fue nombrado catedrático de Zoología en la Universidad Nacional de Córdoba.
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